domingo, 23 de julio de 2017

Como siempre

Y entonces
vos te vas
y yo desaparezco.

¿El que va para dónde?

Cuando alguien en la calle me pregunta dónde para un colectivo, mi primera respuesta es "¿el que va para dónde?". No sé si lo pregunto para no mandarlo al lugar contrario, para tener unos instantes más que me permitan abrir el archivo mental de paradas y recorridos de colectivos o simplemente para estirar la conversación.
Elongaba yo en la reja de la plaza, aprovechando que no hacía frío, luego de correr siete kilómetros a una velocidad lamentable, mientras mis ríos de sudor se iban secando al aire fresco de la noche. Sin que la viera ni la oyera venir, una chica apareció desde mi izquierda, inició la conversación tal vez con un "disculpame" y me preguntó dónde paraba el 97. Repetí mi pregunta automática, "¿el que va para dónde?", y ella señaló con el dedo antes de que su lengua recibiera la orden de su cerebro y dijera "para Mataderos". Bah, ese es el recuerdo: no hay video que lo atestigüe. Me gustaría que lo hubiera para corroborar la exactitud de mi memoria.
Pensé el medio instante que mi GPS mental tardó en cargar y le dije, ayudándome con un par de ademanes: "Hacés una cuadra por esta y en la esquina, una a la izquierda". Pese a que la calle en cuestión estaba bastante iluminada, más que las otras con las que hace esquinas irregulares, algo le generó temor y me preguntó si no pasaba nada. Acá la literalidad seguro que falla, pero la idea era esa. Le dije que estaba todo bien, que incluso había gente caminando, mientras mis ojos encontraban a dos personas paseando sus respectivos perros sin que mis palabras llegaran a mencionarlos. No la noté muy convencida, y creo que ya se estaba alejando cuando pude darle una alternativa: "Si no querés ir por ahí, hacés una por esta y en la esquina doblás para allá".
Me agradeció, la vi irse, dudando todavía sobre cuál de los caminos seguir, hasta que descartó mi primera sugerencia y eligió perderse en la oscuridad de la calle que le dictó su intuición. Mientras, yo pensaba en que no había descripto bien el lugar de la parada. No hay poste en esa esquina, es una de las paradas implícitas que abundan en los barrios, y me quedó rebotando en la cabeza la ausencia de más detalles sobre el lugar: el colegio, el kiosco, el almacén. Pensé en seguirla, para ver si mis indicaciones le habían resultado claras y útiles. Di por terminada la elongación y caminé un par de pasos hacia la esquina, pero desistí antes de llegar. Ya fue, me dije. Aparte, capaz que la sigo, se da cuenta, y, temores de estos tiempos, flashea cualquiera. Mejor no.
Volví sobre mis pasos y di una vuelta más a la plaza, caminando. Uno de los borrachines nocturnos me vio pasar mientras salía del lugar reparado donde había hecho pis y me dijo "seis vueltas, ¿no?". "¡Dieciséis!", le respondí con una satisfacción que borró la frustración por el tiempo y por no haber podido sacarle una vuelta a la cincuentona que no falla ni una de las noches de los días hábiles y corre casi una hora. Terminé de rodear la plaza, con sus rejas ya cerradas, pero con bastante gente en su interior (?), y, en vez de irme a casa, doblé de nuevo, agarré la cortada y fui a ver si la chica había llegado a destino.
De lejos, entre los árboles frondosos y los autos estacionados, creí verla, justo en la esquina, no a diez o quince metros, donde se supone que para el bondi. Más cerca, con la vista más franca, reparé inevitablemente en un nene sentado en el umbral del almacén, tirándose al piso, como jugando, y luego vi a la chica esta y a otra mujer, que debería ser la madre del niño. Junto al kiosco que no acepta monedas de diez centavos, cerrado pero iluminado, había un par de personas más.
Entonces noté que no me había quedado claro el recuerdo de su cara ni el de ninguna característica física o de su ropa, a la que apenas recuerdo en colores oscuros, negra o azul. Como si todo el tiempo que hablamos yo hubiera buscado con la mirada los lugares a los que hacía referencia en mi explicación en vez de mirarla concretamente algunos segundos, los suficientes para hacer un contacto visual que imprimiera en mi memoria. Eso, sumado a la lejanía y la oscuridad, me hizo dudar en un principio, pero ya en la esquina, sin cruzar, y luego cruzando para el otro lado, quedando en diagonal, me convencí de que era ella.
Miré unos segundos más. Pensé en pasar a su lado, confirmar plenamente mi convicción mirándole las zapatillas oscuras con vivos blancos –lo único que en ese momento podía identificar de su apariencia– o recibiendo alguna palabra suya y, si había chance, mentirle que estaba yendo a casa. Pero deseché la idea. Ya fue, me dije nuevamente. Y me volví con el silencio de la noche alrededor. Y con el de la incomunicación en la sangre. El primero duró hasta que pasé por la casa de la otra cuadra, donde parece que había una reunión o una fiesta, y el hip hop, el rap o no sé qué mierda sonaban muy fuerte. Se oía intensa la música desde la vereda de enfrente mientras yo pensaba cómo sería tener que convivir con vecinos así.
Crucé la calle justo enfrente de casa y, al asomarme para ver si venía un auto, vi al colectivo saliendo de esa parada. Me quedé en la vereda, elegí el lugar más iluminado y cuando pasó miré hacia su interior, a ver si la reconocía, a ver si ella miraba por la ventanilla y me reconocía. No sucedió. Justo detrás venía otro bondi, y mantuve la mirada, y la posición, y la expectativa, pero lo único que recuerdo de este fue su puerta central con vidrios polarizados.
Unos minutos después, en la ducha, se me ocurrió escribirlo acá, para publicarlo quién sabe cuándo; en un momento en el que, de otro modo, solo serían recuerdos borrosos, un pasado perdido. Tal vez sea un intento de estirar esa comunicación, la de una voz amena dirigiéndose a mí con naturalidad, un intercambio cuya transcripción requeriría más de seis guiones de diálogo, la certeza de haber sido útil, el bonus de cazar en el aire su duda extra y resolverla. O el de tentar aquí la posibilidad de otra comunicación, la cual se revela cada vez más y más improbable.
En esa conjunción módica de tiempo y espacio fui una persona sin marcas relevantes de freakez, dentro del mundo, pudiendo interactuar fluida y favorablemente con alguien que también está allí, "moviéndome en el medio de la sociedad en general y moviendo por mi parte ese medio mismo". De tanto mirarla o de tan intensa impresión que me dejó, terminó haciéndome ver de forma inevitable su reverso: que algo así solo puede suceder a raíz de una cuestión muy específica, en un lugar muy acotado (en otro barrio no podría haber pasado, por ejemplo), y que inexorablemente será igual de fugaz porque no tengo nafta para más. Y aun cuando se den estas condiciones, será necesaria, además, la alineación de otros mil azares para que ocurra esa intersección.

Allá por el 87

Allá por el 87, nuestras biblias eran negras, redondas e inconseguibles. Fuimos la encarnación de copistas medievales multiplicándolas en casetes condenados a terminar sus días –pronto– como guedejas de cinta atascada. No parábamos hasta que el soplido de la cinta y la fricción notable de la púa eran la mayor parte del ruido informe que devolvían los parlantes del doble casetera.
Nos esculpía el aire desplazado por esos sonidos y lo que creíamos ser escuchándolos.
Después, los TDK de sesenta se volvieron accesibles. Vinieron los compacts, con su promesa de perfección y eternidad, y las disquerías. Cuando Tower abrió la sucursal de Florida ya había pasado el furor. La acumulación comenzaba a revelar sus límites. El don no se transmite por ósmosis.
Tres o cuatro miles de dólares cubiertos de polvo me miran desde el mueble, a dos metros de mi cabeza. Saben que, si están en condiciones, su destino será Mercado Libre.

El mundo según los milenials

Hay unos chabones, unos artistas jóvenes, sub 30 seguramente (o sub 32, el tiempo pasa), no podría decir nada de ellos, salvo su nombre artístico, Pool & Marianela. Es probable que sean unos Mondongo wannabe, pero quien dice eso es apenas mi intuición.
La cosa es que estos pibes realizan una muestra, instalación, performance, no sé qué, y a raíz de eso les hacen una entrevista en un diario. La nota, ya en el primer párrafo, menciona que el día del estreno, "como festejo, hubo sushi, pero también choripán". Para el tal Pool, "son los dos símbolos de la Argentina, casi antónimos: el choripán siempre se comprendió como Perón y el sushi, como Menem".
El dato erróneo es lo primero que resalta, y notar su reproducción incuestionada por parte del periodista complaciente es lo segundo… Me da un poco de vergüenza señalar esto, casi la misma que me da señalar un error de ortografía, porque nunca falta quien lo minimiza y se enoja y dice "¿nueve por seis?, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, es lo mismo, nazi grammar de las maths, lo importante es lo que se quiere decir" (?).
Así que todo bien, pero el sushi fue la característica de la Alianza, no del menemismo, el cual sucumbía a las delicias de la pizza con champán. Todo bien, pero la identificación del choripán no es tanto con Perón, sino con el peronismo, con las movilizaciones a cambio de un tentempié. Todo bien, pero no me parece que sea "desde siempre", sino que esa contraprestación resaltó mucho más en estos últimos ¿doce?, ¿quince? años. Todo bien, pero hay una distinción sustancial entre quien come esa comida emblemática y es parte del ejercicio del poder y quien la come como espectador, arriado hasta una plaza, bebiendo ya no Coca Cola, sino, apenas, Manaos. Todo bien, pero postular cosas tan contemporáneas como símbolos de la Argentina casi equivale a decir que el país comenzó hace veinte, treinta o, como mucho, cincuenta años.
Igual, puede ser solo una mala comprensión del cool Pool, un entrecruzamiento de recuerdos o de conceptos. Más de conceptos que de recuerdos, habida cuenta de que cuando Diego recibió de Enrique, la pisó entre dos y encaró hacia la leyenda, este pibe no había nacido, o casi. Aunque, pienso, si partió de ese error para su obra, ¿será que toda su obra está mal? Mirá si se entera y dice "qué cagada". Mirá si rompe todo (?).
El tema central, de todas maneras, no es ese, sino la reconstrucción de los hechos que llevan a cabo las nuevas generaciones. No sé cuán extendida está esta confusión, si solo le pasa a Pool o también a más gente. Recuerdo, sin proponérmelo demasiado, otras similares: la palabra hiperinflación como sinónimo de Alfonsín, pero nunca de Menem y el plan Bonex; la igualación entre corralito y corralón y el silencio sobre la desaparición de los cacerolazos cuando asumió Duhalde, sobre la pesificación asimétrica y sobre las compensaciones a los bancos; la represión a las organizaciones armadas de izquierda comenzando con militares como marcianos bajando estilo Independence Day el 24 de marzo (nunca antes); a los revisionistas de la historia reciente extendiendo el inicio de esa represión hasta la época malvada de Isabel y López Rega, pero dejando siempre a salvo a Perón; o a los incomprensibles sub 30 o sub 32 que reivindican al peronismo y a Perón por izquierda, pese a que él fue quien promovió a Villar y a Margaride, mandó secuestrar a Ana Guzzetti e inauguró el uso de la palabra "exterminar" referida a la guerrilla de izquierda.
Veo a los hinchas de River aplaudiendo más a Ponzio o a Cavenaghi que a Francescoli, leo el epígrafe de una foto de Messi, Suárez y Neymar en la fiesta del casamiento reciente que dice "la mejor delantera de la historia"… Di Stéfano, Puskas, Gullit, Van Basten, Kopa y Fontaine no existieron: el fútbol, como la historia, ha comenzado con los milenials.
Recuerdo, por fin, cuando en unos años el futuro San Francisco de Buenos Aires muera sin haber regresado a su patria y desde ese mismo momento los militantes del nacionalismo socialcristiano (a.k.a., peronismo) comparen su muerte con la de San Martín y culpen a la dictadura de Macri de que no haya podido volver.

Mala mía

Me voy a hacer una remera que diga "mala mía" y la voy a usar la próxima vez que te vea. Ah, ¿que es demasiado probable que no nos veamos más? Bueno, la voy a hacer igual porque seguro que la voy a necesitar más adelante, con gente a la que aún ni conocí.
Va a decir "mala mía" grande en el pecho y abajo, en un costado, en letra chica, algo así como "todo puede tener su explicación, pero intentarla sería tedioso, intrincado o probablemente te chuparía un huevo". Si no se carga mucho de texto, agregaría que no pediré disculpas, pero que lo lamento y que este error no se repetirá. (Mi contumacia creará otros errores, pero este ya no).
Igual, no fui yo. Era otra persona. Yo no soy ese. ¡Yo no uso diminutivos! ¡Yo no escucho el programa de Andy! Tanto no lo soy que, para que se notara, y como no había espacio para que se notara de otra manera, hice que otro lo fuera, así podía diferenciarme.
Si tuviera la oportunidad de hablar esto con vos, lo negaría todo. No por el consejo de aquella abogada que me dijo que hay que negar todo, siempre: por lo engorroso de la explicación, por la incertidumbre acerca de su comprensión y, sobre todo, por la freakez que revelaría. Esa que yo intentaba maquillar desde que me preguntaste "¿cómo estás?", pregunta social, función fática del lenguaje, no más que eso, y se me escapó un "más o menos", y al toque vi que no, que de esa manera no, que desde el lugar de la persona atribulada no se va a ningún lado, a ningún lado al que yo quiera ir. Traté de enmendar rápido el error, "algunas cosas mejor, otras peor, como todos", y no, no soy como todos. Y se nota. :/
Negar no quiere decir que me crea mi negación. Me molesta, y, si pudiera hacer control zeta, lo haría. Me molesta por el resultado, aunque eso siempre se sabe después (hay minas que dicen haber empezado a salir con un tipo porque las sedujo que él las siguiera no sé cuántas cuadras por la calle, hay gente a la que se levantan con la pregunta del programa ese). Me molesta porque lo miro ahora y resulta tan obvio que era una boludez y que mantenía insalvable el hiato que estaba creando entre virtualidad y realidad. Me molesta más al descubrir por qué usé ese otro nombre y que usarlo fue, seguramente, la torpeza más reveladora.
Me molesta mucho cuando, buscando una explicación, noto que es una consecuencia de no poder decir las cosas: lo no dicho siempre busca una forma de salir. Si hubiera podido decirte, sin atormentarme porque estabas laburando, por la diferencia de edad y de vida, por el temor al desubique irrecuperable, "ey, tus manos", "ey, la expresividad de tu cara", "ey, tu dedo, sin guante, levemente frío, en mi labio"; si hubiera encontrado un lugar para decirlo a salvo de la sombra eterna de la gente forra que se ofendió cuando dije algo, y sin la sombra extra de pensar que si vos te ofendés o despreciás también serás una forra.
Si hubiera podido blanquear la inevitable stalkeada que te pegué y decirte "feliz cumple", no lo habría dicho de ese otro modo. Si el "voy a pensar en vos el 24" hubiera tenido más repercusión, no te habría dicho "feliz navidad" por esa otra vía. Si hubiera podido ser yo un rato…, habría arruinado todo con mi freakez. No, mejor no. ¿Cómo contar mis problemas con el sueño, con la glucemia (o lo que sea), con la sociabilidad? ¿Cómo responder preguntas como "¿qué hacés?" o "¿qué vas a hacer?" sin chirriar de incomodidad ni balbucear un sudor frío? ¿Cómo referir estos agujeros, estos diagnósticos poco confiables o directamente ausentes, esta vida que nunca fue propia? ¿Cómo hablar de lo que hablo acá con gente que no me conoce de acá? ¿Cómo sostener el equilibrio entre lo que (creo que) soy, lo que quiero ser y lo que quiero mostrar (y no mostrar) para no espantar gente?
La explicación se haría más intrincada si dijera que se me hizo necesario parar la maquinita mental de pensar tanto tiempo y tan intensamente en algo que llevaba meses sin moverse y que claramente no iba a arrancar. La manera de hacerlo fue como tirar las sustancias por el inodoro para dejar de consumir. La manera de hacerlo resultó la travesura del niño que inevitablemente deja una pista para que lo descubran.
Lo que no me puedo explicar es por qué hice exactamente lo que había dicho que no iba a hacer. Apenas intuyo una relación entre la pérdida de lo lúdico y lo lúcido del stalkeo y comprender, imprecisa o inconscientemente, que no había lugar para mí, que no había forma de que yo pudiera estar en una de tus fotos públicas del Face, esas que vi tantas veces buscando reencontrarme con algunas de las microexpresiones que me activaron ciertos circuitos neuroquímicos.
No consideré el precio a pagar porque cuando uno hace algo creyendo que no será descubierto no lo evalúa: así de infantil es la cosa (casi lo mismo vale para este post). El precio fue una mala cara, un beso omitido, una despedida evitada con un desmarque oportuno y la dinamitación de la posibilidad ser un buen recuerdo.
Yo, que siempre quiero dejar buenos recuerdos, que siempre quiero que me dejen un buen recuerdo los que se van, debía saber que, finalmente, no iba a poder dejarte más que eso. Lo anticipaste con aquella frase precisa como tu bisturí: vos te ibas a ir y yo iba a desaparecer. Pero quería que ese recuerdo, al producirse, no sé cuándo ni por qué, disparara un rush de neurotransmisores vinculados con algo grato y no el repelús que, me temo, quedará asociado a mi nombre.
Eso es lo que más me molesta, haber dejado una mala imagen. Encima, una imagen espantosamente alejada de la que yo tenía de mí. "Lo importante no es lo que nos pasa, sino cómo lo manejamos" es la frase que tengo para evitar que me sancionen –de nuevo– por lo que me pasa. No hubo ocasión de decirla. Y lo manejé como Chano. Como si al notar que era invisible llevando las cosas así, hubiera elegido dejar de serlo dándoles un punto de giro suicida para chocar la calesita tan torpemente, tan sin revancha, para que fuera otra lápida más sobre mí. Toda mía. A la pared de la incomunicación que me dejaba sin poder decir palabras le respondí con otra más grande, con una que me impidiera seguir pensándolas. Y entre ellas me golpeo la cabeza con las dos mientras muero emparedadx.

Como la segunda persona es un recurso expresivo, pero vos no vas a leer esto y sí otra gente, trashumantes cibernéticos guiados por el azar, los algoritmos de los motores de búsqueda o alguna huella dejada por mí por ahí, considero oportuno decir que no pasó nada demasiado grave. No se murió nadie, no hubo gritos ni reproches, no hubo palabras groseras ni respuestas destempladas, ni otras cosas que no se me ocurren: apenas un mal manejo en las redes sociales. Así son nuestros conflictos en estos tiempos.

domingo, 28 de mayo de 2017

Sus uñas espinas

Las vi salir del telo justo cuando mi campo visual comenzó a abarcar la esquina donde está la entrada. Dudaron unos segundos sobre qué dirección tomar, señalaron un par de puntos cardinales y finalmente decidieron cruzar y caminar por la calle donde yo debía doblar.
Caminamos cuatro cuadras a la misma velocidad. La mayor parte del tiempo, fui detrás de ellas, pero un par de veces cambié el ritmo y las superé para evitar la incomodidad que puede surgir cuando alguien camina detrás tuyo mucho tiempo.
Durante ese trayecto no tuvieron solo un gesto afectuoso: ni un beso, ni una agarrada de manos, ni siquiera una mirada larga en algún semáforo. Cualquier SJW podría suponer que se trataba de una forma de evitar posibles miradas inquisidoras u otras formas de violencia, simbólica o no. Pero no sólo era ausencia de gestos.
En cuatro cuadras por una calle silenciosa, a la distancia cercana que me dejaba oír parte de su conversación, no hubo una palabra que evocara el momento que acababan de vivir. Ni un "te quiero" o un "cómo me gustás", ni un comentario sobre algún hecho específico del turno compartido o una referencia a las características organolépticas de sus fluidos. Ni la tocada de codo o el vocativo "amor" que se dedicaron las chicas que paseaban su perro (con collar de color arco iris) en la plaza cercana la otra noche.
Una de ellas, la más locuaz, hablaba de su viaje a Uruguay y de cómo un pibe las siguió a ella y a otra amiga unas cuadras cuando iban a sacar el pasaje. Usó las palabras "chabón", "chorear" y "turbio", y dijo que las seguía "como un perrito". Agregó que en un momento el fulano, ante la negativa de ellas a no sé qué propuesta, dijo "estas feministas…", lo que terminó de sellar su suerte tanto en aquel momento como ahora, cuando la otra chica no pudo creer que hubiera dicho eso y bufó una mezcla de asombro y fastidio.
En la última cuadra antes de que yo doblara hacia un lado y ellas, hacia el otro, la chica locuaz siguió refiriendo su más terrena cotidianidad: habló algo de la facultad, de que ayer había ido a percusión, tal vez algo de una reunión… No más.
Su look tampoco permitía inferir nada: ninguna de las dos tenía ese lenguaje corporal de las superchongas, que me saca una sonrisa cuando las veo repetir estereotipos masculinos, ni el corte de pelo o la camisa a cuadros de una tomboy. Dos chicas comunes, in the middle of their twenties, vestidas como cualquier chica que va a Sociales, ponele; sin las sienes rapadas ni expansores en los lóbulos de las orejas. Lo más llamativo eran el jean verde musgo y las botitas un poco sucias de una de ellas y, sobre todo, la tremenda pronación de su pisada.
Nadie que las hubiera visto por la calle podría imaginar su relación. Y yo, que las vi salir del telo, podría haber pensado, finalmente, que eran dos empleadas del lugar, que salían una vez cumplido su horario de trabajo, aunque era claro que no tenían el physique du rol de una trabajadora de la limpieza. Ahora se me ocurre que podría haber flasheado que eran dos chicas universitarias haciendo algún trabajo práctico sobre los hoteles alojamiento.
Sin embargo, lo primero que vi cuando las tuve cerca, cuando me ganaron la cuerda de la vereda y comenzamos a compartir por cuatro cuadras una tarde de Congreso, fue tan inequívoco como encadilante. El rectángulo de piel enmarcado por los breteles del top negro, semisuperpuestos sobre los del corpiño de la chica más locuaz, presentaba, justo en el medio, entre ambos omóplatos, un manojo de surcos, rojos y frescos, del ancho de un puño pequeño, del largo de unos dedos semiextendidos, el signo vital más intenso y cercano que se me reveló en mucho tiempo.

Soundtracks (No tengo MP3 ni Spotify ni nada)

Entonces, como siempre, la música está en el aire, en la cabeza, en el azar.
Woman in love, por Barbra Streissand, en el 53, una noche, volviendo del colegio, en el semáforo de las torres –que todavía no estaban–, en el estéreo del bondi-driver. Hace más de una vida de eso.
Rock'n roll nigger, de Patti Smith, en mi piel, cada vez que la realidad me recuerda lo outside que estoy. Es decir, muy seguido.
A veces estoy cansado, de Moris, en el minicomponente del ciego que fuma y fuma sentado en la medianoche de Indep y Sáenz Peña, mientras tapiza de colillas la vereda y apuran sus panchos los comensales del chiringuito contiguo. (Desde la vereda de enfrente la intuí entre el tránsito. Esperé un semáforo para que los autos y los micros cesaran su ruido o para cruzar, y cuando lo hice ya había terminado la canción, e iba por otra: recordé una frase, la googleé y ¡era la que viene después en ese disco!).
Semen up, escrito por la tribu de la calle Carlos Calvo en la pared de la casa colectiva que está cerca de Pozos, las mil veces que pasé por ahí para ir a trabajar, al colegio, o, años antes, a Cemento, a ver a Patricio Rey.
Trátame suavemente, la versión de Soda, en la radio que sonaba en un octavo piso, octavo efe de foca, con Yamila, antes de que me dijera "Yamila me llamo". Nos tratamos suavemente esa tarde, esa hora, con Lapegüe de fondo, con una empatía profesional que subió un nivel cuando lo dijo, en la inminencia de la despedida, y me dejó con ganas de más, de verla una vez más. Mientras ella tenía la boca ocupada, yo tomaba nota mental de la canción pensando en este post. Después tomé su leche.
Las dos que están pegadas en el disco de Los Pillos, Descansa y Baila para mí, en Ballester, a la altura del puente, en esa cuadra donde la señal de la radio cercana se sobreponía al agujero negro que la anulaba tan cerca de la antena, aunque se escuchara bien bastante más lejos.
Tres de Sué Mon Mont. Besos, La misma miel y Diferencias. Las tres, una atrás de otra, cantándolas, de golpe, sin saber por qué, la otra tarde en Da Knoll, San Martín entre Mosconi y la ruta. Hasta que, al doblar la esquina, me di cuenta de por qué. De por qué en ese lugar. (Esas tres, pero no Lejos. Aún no).

La (plaza) internacional

El Rodrigo de epoxi custodia la vereda vestido de boxeador. Mira sin ver a unos judíos que pendulan como involcables en trance en la única ventana iluminada del edificio ese.
Bajo hasta la altura del semáforo, el verde lleva a la plaza donde se oyen voces de al menos cinco países diferentes. Yo busco palabras para salir de acá. Las que tengo son siempre las mismas porque llevo meses sin intercambiarlas con nadie, las que tengo solidifican el rechazo en los pocos espacios donde puedo: dejo un comentario en un blog por cierto texto me gusta mucho y allí mismo me agradecen. So, dejo un link con mis palabras referidas a lo que narra el autor. El silencio elocuente que recibo me pone en mi lugar. Así en la calle como en el blog, mejor evitar el ulterior contacto conmigo. (Tomo nota, licenciado, de no molest… comentarte más). En otro lado, un prestigioso publica un poema de una chica que habla de la locomotora del subte. Pero a ese poema no le falta trabajo.
Es inevitable el refugio en las drogas berretas. No las de los nenitos de once o doce que fuman porro en la plaza. Las que produce mi cabeza, donde amortigua la alfombra de los runners el sonido de tus tacos. Donde, una cuadra más allá, saco a colación al famoso narcotraficante mexicano y veo tu cara virando de la sorpresa a la risa cuando lo nombro para preguntarte si te chapo o no te chapo.

El vende humo Darío Sztajnszrajber

Ya nos hemos referido aquí al autodenominado docente de filosofía (?) Darío Sztajnszrajber. Fue en ocasión de una de las tantas masacres cometidas por Israel en Palestina, cuando el diario Clarín publicó dos columnas de opinión que en teoría buscaban presentar dos campanas. Curiosamente, o no, ambas eran tañidas por judíos proisraelíes. Por un lado, un halcón que justificaba las operaciones del ejército ocupante y apenas podía disimular su antisemitismo (versión antiárabe) y su islamofobia. Por el otro, este muchacho, que supuestamente estaba allí para dar la visión humanista y comprensiva, pero que mostraba la hilacha ascosionista cuando equiparaba los muertos a manos israelíes con los muertos provocados por cada cohete palestino sin decir que la relación suele ser de cien a uno. O cuando omitía en toda su parrafada emocional la palabra "ocupación".
En estos años desarrolló una ascendente carrera mediática que tuvo como base su programa de canal Encuentro, lógica recompensa para un militante kirchnerista, y, como esos profesionales cuyo histrionismo revela una frustrada vocación actoral (Guido Süller, Mauricio D'Alessandro), ganó un lugar en las agendas de los productores: en este caso, en la letra efe de filósofo. Así llegó como invitado a varios programas de radio y televisión y como columnista a ¡TyC! y FM Metro.
Al paso, construyó un nicho de mercado desde donde amplió el espectro, tratando de abarcar todos los rubros, es decir, de no dejar ubre sin ordeñar. Desembarcó en los escenarios ofreciendo un espectáculo, en el que orilla el standup filosófico o algo así, para el que hay que sacar entrada por Ticketek: un currito familiar que comparte con su esposa. También gira por el país, dando charlas, algunas de ellas compartidas con el historiador oficialista Felipe Pigna. Y, aunque mi googleada no llegó a tanto, seguro que publicó varios libros sobre su tema.
Una deliberada intención de mostrarse participante de lo popular, para contrastar con la burbuja elitista y alejada de lo cotidiano que sería propia de su actividad, lo lleva a manifestarse futbolero, hincha de Estudiantes y defensor del bilardismo, que, según él, "democratiza" el fútbol. Tanto, quizá, como la corrupción democratiza la política.
La web me topa con esta declaración suya: "Hago público mi apoyo al modelo de país que se inauguró con los gobiernos kirchneristas". O sea: estamos ante un filósofo para quien existe algo llamado modelo de país y para quien el kirchnerismo encarna algo así. Tengo ganas de dejar el post acá…
Bueno, en honor al trabajo que ya me tomé, sigo (?).
Esta vez lo cruzo en el zapping, como invitado en el programa que Laura Oliva tiene en Canal de la Ciudad (???), hablando sobre la ansiedad, la angustia existencial y cosas por el estilo. En un momento, viendo hacia dónde quería llevar el diálogo su interlocutora, el tipo se ataja y tiene la prudencia de decir: "Yo no tengo idea sobre cómo la psiquiatría o la psicología tratan el tema [de la ansiedad]".
Darío chamuya, con la cadencia rabínica de su hablar, en un estilo que intercala una palabra culta especializada con otra muy coloquial. Esas palabras y su look estratégicamente desaliñado le permiten acortar la distancia entre la filosofía y nuestras ordinarias existencias de espectadores, parece. De pronto, manda una fruta tan grande que me hace pegar un grito en el sillón. Dice, en pretendido alarde de erudición, que las palabras estúpido y estudio tienen la misma etimología.
Callate, payaso berreta, digo, o pienso, mientras busco con la mirada el estante de la biblioteca donde reposan los cuatro tomos, verdes y gordos, del Corominas, como si ese solo vistazo confirmara mi certeza puramente intuitiva de que el chabón está batiendo cualquiera.
Otro día engancho una repetición del programa, que me refresca el hecho, y finalmente busco a ver si está el video en Youtube. Lo encuentro, y, con la cita textual al alcance de la mano, o de los oídos, me ensucio los dedos con el polvo que se acumula en los muebles de este living para fijarme.
Tenía razón yo.
(Como las cosas en la web no son eternas, transcribo el diálogo).

D.S.: Si uno está todo el tiempo cuestionándose todo, se vuelve como medio estupefacto. Queda medio idiota porque no podés dar un paso.
L.O.: No, es imposible. Es imposible.
D.S.: Ahora: yo le temo más al que no se pregunta nada veinticuatro horas por día porque también se vuelve idiota, pero de otra manera. Es una competencia entre idiotas.
L.O.: La vida… qué lindo… Ese es un lindo titular: la humanidad es una competencia entre idiotas.
D.S.: El idiota que queda así como… La palabra "estupefacto" tiene en su raíz la idea de estudio. Ese estupefacto, estúpido, tiene la misma raíz que estudio. Mirá qué loco. El que estudia demasiado, el que piensa demasiado, queda estupidizado, porque el sentido común, hegemónico, generalizado, no necesita gente que esté cuestionándose todo. Necesita gente que reproduzca lo que hay, que… este… no esté todo el tiempo yendo a fondo…
L.O.: Analizando…
D.S.: … sino que sus prácticas sean constantes.

En el tomo II (pp. 456 y ss.), Corominas dice que estudio deriva del latín studium, 'aplicación, celo, ardor, diligencia' y que la primera documentación corresponde a Gonzalo de Berceo. Sus derivados son estudiar, estudiante, estudiador, estudiantil, estudiantina, estudiantino, estudiantón, estudiantuelo, estudioso y estudiosidad.
En cambio, de estúpido dice que fue tomada del latín stupide 'aturdido, estupefacto', 'estúpido', derivado de stupere 'estar aturdido", y documentada por vez primera en 1691 por Martínez de la Parra. Cita al diccionario de autoridades (1732), que afirma que es "voz latina y de poco uso", y continúa con consideraciones que no vienen a cuento, hasta que enumera sus derivados: estupidez, estupor y estupendo. Luego, refiere los compuestos estupefacción, estupefactivo, estupefacto y estupefaciente.
La comprobación del dato confirma mi intuición previa sobre la truchez de este muñeco, vislumbrada en la pátina sospechosa que trasluce su puesta en escena. Si para darle cuerpo a tu opinión ¡en un programa de cable! necesitás chapear con palabras ajenas quizá sea porque no les tenés mucha confianza a las tuyas. Si para decirnos que usás remeras rockeras como nosotros, pero que no sos igual a nosotros, necesitás exhibir tu saber compulsivamente y, encima, fraguándolo; es decir, si necesitás embaucar a tus espectadores, no sos ni un Paenza de la filosofía. Sos casi un Bucay.
Descubierta una falla, es imposible no dudar del rigor que tendrán todas sus otras afirmaciones. Todo lo que diga sonará a ruido, todo lo que escriba se verá borroso y desenfocado. Seguramente, por el humo con cuya venta que se gana la vida.

sábado, 22 de abril de 2017

Dos poemas runners de Alexi Pappas (y uno que no)

Leave It There
Tengo la mala costumbre
de guardar cosas
mucho más de
lo que debería.

Viejos recibos, tarjetas de cumpleaños
de mi ortodoncista,
blocs que me llevé de los hoteles para
mi oficina inexistente.

Pero yo sé
que hay un momento,
–al final de la carrera,
cuando se ve la cinta de llegada–,

en el que hay que
sacar todo.

Lo prometo.


Seis el kilómetro, ponele, en un buen día
Como corro sin música, sola y de noche,
el sonido que me acompaña es
el de mis pasos.
El piso te agarra y te suelta en
las proporciones exactas,
el aire entra y sale
del cuerpo con la fluidez de un óvalo
cuando alcanzás la velocidad de crucero,
y la suela contra el suelo es un metrónomo que
te acerca al trance.
El viaje sería perfecto si pudiera
correr con los ojos cerrados,
envuelta en la brisa dulce que descuelga
las primeras hojas del otoño.
Por el medio de una calle
toda para mí,
abriendo los ojos apenas medio instante,
cada diez o doce pasos,
para actualizar mi GPS vestibular
y volver a cerrarlos.
O llevándolos abiertos sin que importe demasiado.
Corriendo en línea recta hacia no sé dónde
sin tener que preocuparme por cómo volver.


Breaking Tape
Sucedió
como imagino
que se sentiría
abrir de golpe grandes puertas de dos hojas

del tipo
de una mansión
o una casa de muñecas.

Me veía
quizá

como una princesa muy fuerte
acometiendo a través de la entrada

hacia el castillo
que construí para mí.

(Falta de) Reciprocidad

La falta de reciprocidad del deseo es una de las tragedias de la humanidad. Más aún: toda falta de reciprocidad respecto de cierto tipo de sentimientos y/o emociones es un vacío ardiente.
Pero deberíamos poder manejar eso. Onda que el asunto no es lo que te pasa, sino cómo lo manejás. Si te ponés molesto, es una cagada. Si se te prende fuego la cotidianidad, o el sexo, o la cabeza y no podés parar de pensar, de darle contacto a esos circuitos cerebrales, si sos un yonki de esa neuroquímica, pero no jodés a nadie, qué sé yo… Sería como criticar a otro por ser diabético: es lo que te tocó. Manejalo lo mejor posible para vos y, sobre todo, para tu entorno.
También debería poder manejarlo quien rechaza. Si alguien te dice, desde el mejor lugar que encuentra, todo lo bueno que le pasa con vos, y vos lo descalificás –el "estás confundido" paga dos pesos para eso– o te enojás, sos un dechado de pelotudez. Si encima te jactás, delante de esa persona, con tus amigas o con quien sea, de que nunca podrá acceder a vos; si se lo refregás, aunque sea levemente, como al pasar, por la cara, sos una mierda, una pobre infeliz que necesita pajearse con ese poder.
No espero una empatía propia de quien cantaba "viéndote sufrir puedo sentir tu sufrimiento", no pretendo que sufras como sufro cuando me rechazás. Aspiro a un momento, apenas un momento, de respeto y comprensión. Y a la gravedad que se impone ante cada tragedia.

Sin brindis

Sé la hora exacta.
El motor creciendo
entre el vacío de las calles y
algunos petardos ansiosos me hizo
desviar un ojo
un instante
de la trayectoria del pacman y buscar
el ángulo inferior derecho de la pantalla.
Son las 23:58 y pasa
un bondi por la puerta de casa.
El chofer y sus improbables pasajeros
comenzarán el año esperando
el verde en el semáforo de Sáenz.

Recuerdos de la fuck (Azulejos)

Este año pasé más de veinte veces por Marcelo T a la altura de las facultades. Casi todas esas veces pasé por el 2330, giré la cabeza hacia la derecha y noté la escasez de pancartas y carteles, que deja a la vista la palabra "intendencia" sobre la puerta del sucucho ese al que recurrí la mañana en que casi me desmayo y no me ofrecieron ni un vaso de agua. Tampoco me preguntaron qué me pasaba o, un rato más tarde, si ya me sentía mejor. Nada. Me podía haber sentado por mi cuenta en el pupitre donde me dijeron que me sentara antes de seguir con lo suyo. Me podría haber desmayado y nadie lo habría notado.
Pienso en ese momento, cuando, sin saberlo, se estaba rompiendo una parte de mi vida; en todo el tiempo y la energía al pedo que puse en ese lugar, en toda la gente de mierda que me crucé allí; pero no escupo, como sí lo hago al pasar por el colegio al que fui en mi niñez. Más que nada, para no correr el riesgo de que alguno de los homeless que viven en esa vereda lo tome como algo personal.
Quizá fue por la acumulación de esas dos docenas de veces, o, más probable, porque las veces que fui en diciembre tuve que cruzar la calle para evitar la vereda donde pegaba un sol picante. La cosa es que me pintó el recuerdo de aquella mañana calurosa en que, yendo por esa misma vereda, decidí comprar un agua mineral chiquita en un kiosco, lamentable gasto para alguien que ahorraba con fruición en busca de un departamento que nunca pudo comprar.
El kiosquero me dio una botella de la heladera, le pedí una natural –porque me gusta el agua natural, no fría–, y me dijo que hacía tanto calor que la natural estaba caliente. Y me llevé la fría. Crucé la calle, entré al edificio y fui al aula donde debía dar el final de Economía, al que me condenaron por haber abandonado la materia el cuatrimestre anterior. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas. Tres materias por cuatri más un laburo eran demasiado, y la humillación y el desprecio que me dispensó una compañera, Sabrina Abrán, hija de mil intestinos purulentos, a la hora de armar los grupos para un trabajo práctico fueron la puntilla que sentenció mi deserción.
Sacamos una hoja, que se impregnó con la mugre de los pupitres, como solía suceder. El pelado mala onda (ahí lo googleé, Daniel Sintás se llama) dictó las preguntas en su castellano enfrentado con la sintaxis, y era todo tan abstruso que debí consultarle si cierta pregunta se respondía con cierto texto. El tipo medio que me boludeó, diciéndome que era un conjunto, algo global, una cosa así. Logré aclararle que me refería a ese texto en cuanto eje de la respuesta, aunque tal vez hubiera convenido ejercitar la honestidad brutal y decirle que era obvio que cada pregunta correspondía a un texto y que las palabras que había dictado no conformaban un sentido. (No. No hubiera convenido: era su palabra contra la mía, y en casos así siempre pierdo).
Todos los docentes de Economía que padecí en ese lugar tenían notables problemas con la sintaxis. Pasaron muchos años, pero sucedió tantas veces que me llamó la atención, y ese recuerdo perdura hasta hoy. Onda que pueden explicar sin mayor drama cómo se calcula el beneficio marginal o el costo de oportunidad, pero la concordancia nominal parece resultarles inaprehensible.
Esa cátedra era especialmente una cagada, hostil y expulsora como todas, pero con un plus: el titular era directivo de la AFJP de Banco Nación y entonces usaba los teóricos para hacer publicidad del sistema privado de jubilaciones en general y de su AFJP en particular. Y los ayudantes bardeaban a los alumnos desde su módico olimpo diciendo "la nota es inmodificable" cuando les preguntabas si podías ver el examen. ¡Ey!, yo no te hablé de eso: te dije que quería ver el examen porque no solía sacarme cuatro o cinco, como subrepticiamente me pusieron ustedes.
Además, cada profesor hacía lo que quería en su práctico, los cuales no tenían casi relación con los teóricos, y, a fin de cuentas, era como cursar dos materias distintas. Es un poco desolador ver cómo uno quedaba tan a merced del azar, de que hubiera horarios compatibles con el trabajo, de las decisiones incomprensibles y anárquicas de cada cátedra, de algo tan decisivo para mí como era la existencia o no de trabajos grupales, de docentes que te ignoraban o te matoneaban, de unos contenidos deslavazados e inútiles, lo cual conformaba un deliberado conjunto de procedimientos desmoralizantes y, finalmente, expulsores, tendientes a reducir el alumnado a partir de la supervivencia del más apto, pero no el más apto académicamente, sino el más capaz de adaptarse a ese lugar de mugre, maltrato y militancia.
Y cuando, Google mediante, me entero de que el titular de la cátedra cambió, pero los tres encargados de los prácticos continúan en sus puestos quince años después, tengo muchas ganas de ir y manifestarles vivamente, con los puños cerrados sobre sus quijadas, lo que pienso de ellos, de su trato hacia nosotros y del clima de mierda que tenía su cátedra.
Porque, además de los docentes, había algunos alumnos del orto, como la mencionada soreta que me ninguneó de modo vil, dándome vuelta la cara y dejándome en banda, sin dirigirme la palabra, a la hora de armar un grupo para un práctico; la naba que, cuando el profesor nos informaba de las maravillas del sistema privado de jubilaciones, levantaba la mano y preguntaba cómo había que hacer para realizar aportes voluntarios, o la otra forra maleducada que una vez coincidió conmigo en la parada del bondi de vuelta y, cuando la reconocí de toque y quedé con la mirada expectante para hacer algún mínimo ademán de saludo, decidió ignorarme alevosamente.
Y otros, la gran mayoría, no tan chotos, apenas en el grado estándar de la invisibilización, entes circulando a una distancia irreductible que manifestaba lo indeseada que les resultaba cualquier intersección y a los que, seguro, nada de todo esto los afectaba; y otros más que transitaban ese lugar con una abulia que los llevaba a decir: "¿Nunca tuviste un aplazo?". No, flaco, nunca tuve un aplazo y no me levanto a las seis de la mañana para sacarme un cuatro. Y dos o tres con los que nos hablábamos no porque los sintiera especialmente afines, sino porque, como decía uno de ellos, "somos los únicos que nos damos bola"; tal vez el mismo que una vez me dijo: "Falté el lunes. Decime qué hicieron porque a mí nadie me habla".
Durante el examen me vinieron ganas de hacer pis, unas ganas intensas, no recuerdo si incontenibles o si solo desconcentrantes, pero definitivamente incómodas. Le pedí permiso al profesor para ir al baño, y el tipo puso tal cara de ojete que me hizo pensar en decirle "si querés meo acá; total, tengo la botellita". Supongo que pensó que me iba a copiar, que tenía un machete para leer en el baño, pero me dijo que sí, casi como por obligación. Hoy, lustros más tarde, puedo decirte que no, que no tenía ningún machete: que tenía ganas de mear y que no necesitaba machete. Pelado forro.
Corte que fui, meé, volví, terminé el examen con la certeza de haber aprobado… La escena siguiente me muestra fuera del aula, esperando. Creo que, a medida que terminábamos, nos hacían salir para esperar en el pasillo. Éramos unos pocos, una media docena, la escoria del curso, y la mayoría eran de esos a los que no viste casi nunca, contrariamente a mí, que trataba de ir a todas las clases. Eso me desalentaba mucho: si me rompo el orto y llego al mismo lugar al que llega otro que no viene nunca, ¿para qué mierda vengo?
Aparecieron otros tipos de la cátedra, más encumbrados que el dolape, entraron de una al aula y cerraron la puerta, como si su deliberación fuese cuestión de Estado. Antes de que salieran y nos informaran los resultados de su cónclave, vimos pasar a una chica, escaleras abajo, llorando. No supimos si la habían bochado o si, digamos, se había peleado con el novio; pero claramente no se trataba de un presagio alentador.
Finalmente, aprobé con seis, la nota más alta de esa mañana. Apuesto a que habían tomado la decisión de que nadie del final aprobara con más de seis para que no tuviera una nota igual o superior a la de aquellos que habían promocionado. Otro de los que iba seguido aprobó con cinco. Pese a eso, se recibió, prontamente fue docente auxiliar ad honórem, becario de Conicet y participante en diversos congresos.
Mientras esperábamos, noté, con la sorpresa que me sobreviene cuando encuentro en cualquier lado un objeto igual a uno que tengo o tuve –como el frasco donde una de mis dentistas guarda cosas de su consultorio y acá usábamos para guardar el paquete de harina–, que los azulejos del pasillo eran exactamente iguales a los de la cocina de casa: amarillos, cuadrados, de quince por quince…
Casualidades que suceden a veces, por algún motivo se habían roto dos azulejos de la cocina. Y yo me encontraba con estos, semidespegados de la pared, sujetos por cinta de embalar transparente, sin tener que ir a un corralón de materiales o a los negocios de la avenida Alberdi. No sé cuánto los miré, no sé si procedí de una o si fui madurando la decisión mientras trataba de sociabilizar con mis compañeros y prometía que "si apruebo, invito cerveza para todos". Supongo que lo habré referido de algún modo, casi como para preparar el terreno.
La cosa es que en un momento procedí: sin preocuparme por las miradas ajenas, despegué dos azulejos de la cinta –no recuerdo si tuve que hacer algo de fuerza para despegarlos de la pared o si el Klaukol ya había claudicado– y los guardé en la bolsa gris de Musimundo donde tenía el cuaderno, la birome, los resúmenes, la botella de agua y tal vez alguna fruta para comer.
Aún hoy están en la cocina de casa, en la columna que sobresale alrededor del caño de bajada. Es lo más importante que me dio la fuckultad en mi paso por sus aulas.

viernes, 17 de marzo de 2017

El verano termina

Cuando sacás la campera del placar.
Cuando sacás la frazada del placar.
Cuando las chicas ya no usan havaianas (y se suma otro verano en el que no me cogí a una chica que use havaianas).
Cuando ya no da sacarse la remera mientras caminás por la vereda del sol.
Cuando sacás el mosquitero de la ventana para poder cerrarla porque está fresco para dormir con la ventana abierta.
Cuando se terminan los jueves de Dancing en el Konex (uh, este año hubo sólo unos pocos jueves y no fui a ninguno).
Cuando el vecino se levanta y, como siempre, hace ruido y me despierta, y al despertarme apenas se ve un atisbo de crepúsculo entrando por las rendijas de la persiana.
Cuando te volvés a acordar de aquella canción de los Doors.
Cuando ya no huele a durazno una ráfaga de la corriente de aire en la verdulería.
Cuando es 20 de marzo. Cuando anochece un 20 de marzo y se forman nubes negras sobre el descampado que cruza el 341 y se levanta viento, anticipando una tormenta que, sin embargo, pasará sin agua, pero bajando la temperatura. (Cuando te bajás del colectivo y tenés que correr porque hace frío).
Cuando te das cuenta de que te subiste al bondi de día y llegás de noche.
Cuando cierra la heladería. No, ese no es el fin del verano: ese es el fin del año.

Yo no tengo la culpa si naciste mujer

–Yo no tengo la culpa si naciste mujer. ¿Naciste mujer? Tenés que fregar los pisos. Yo nací hombre, tengo que salir a buscar la plata –dice él, levantando su voz de alcohol y sustancias.
–Bueno, andá a buscarla –responde ella, con su bebé de (pocos) meses en brazos.
–¿Te falta?
–¡Qué machista! –tercia otra, tal vez la misma rubia teñida que un rato antes, cuando pasé a la ida, amamantaba a su bebé sentada en el umbral de ese edificio de dos pisos, conformando una escena de las que me hacen pensar "mirá si me mudo y me tocan vecinos así".
–Machista no. Es así… ¿Te falta? –insiste él, justificando que no salga a buscarla, mientras sus voces van quedando atrás y solo alguna palabra sobresale, pero ya no alcanza a conformar un sentido.
De lo que yo no tengo la culpa es de que seas una forra negra cabeza rolinga noséqué, o una calentona irrefrenable, o ambas cosas, que se abrió las gambas para ese trogoldita que, botella de cerveza en mano, camina en cueros y en patas por la vereda, donde estacionó su auto, mientras todos están a su alrededor como si fuera un tótem de cuatro ruedas, y circulan birra y faso frente a bebés de meses sobre el fondo del anochecer que cae tras esa avenida de barrio de un confín de la ciudad.
No tengo la culpa de que te hayas dejado seducir por ese espécimen y le hayas dicho que sí, ni de que hayas cogido sin forro y te hayas dejado acabar adentro. No tengo la culpa de que ni siquiera se te haya ocurrido abortar.
Con gente como vos ninguna empatía me surge, ni me va a surgir cuando te deje y no te pase alimentos, o cuando te cuernee o cuando te maltrate de modo más contundente.

Visitando guardias, juntando maltrato

Venía pensando hace bastante tiempo en ir a la guardia psi de algún hospital público porque a veces me latía la cabeza, del lado derecho, como anticipando una convulsión producto de la incomunicación. O algo así.
Y no es casual que haya decidido ir, cruzarme toda la ciudad en bondis, y después esa zona horrible a pie, cuando se desvaneció de golpe el lugar que más palabras me hacía producir, aun cuando pocas de ellas pudieran llegar a destino. Cuando mi dentista, casi siempre muy amable, me cortó menos cincuenta y ni un beso me dio para saludarme (y se escabulló para no despedirse de mí), se me acabaron las posibilidades –ínfimas– de palabras. Entonces, no demoré más, como suelo demorar siempre, me puse los lentes y fui de una al hospital.
¿Cuánto sopor causa el aire acondicionado de los trenes y colectivos que tienen esas ventanas que no se pueden abrir? Bostezos que se multiplican y una caída considerable en la energía hasta llegar al lugar donde debo bajarme. (Y una mina de voz taladrante y acento shileno sentada medio viaje en el asiento inmediatamente posterior, quemándome la cabeza mientras hablaba con su pareja del tipo que se la quiso levantar diciéndole "te dejo manejar mi Audi" y cosas así).
Al llegar veo que en estos años que llevo sin ir pusieron aire acondicionado en la guardia. Y sacaron los bancos de madera, reemplazándolos por sillas individuales plásticas (unidas con un coso por abajo) que tienen los apoyabrazos muy altos, de modo que sea imposible acostarse a dormir. En una pared, no podía faltar, un afiche de ATE dice que "Macri es hambre". Cuatro pacientes esperan: madre de 30 con nena de 3, octogenario con señora lumpen que lo acompaña, tipo de barba de cuarenta y tantos, muy flaco y con la piel como despellejada o quemada, y mina medio gordita, de treintayalgo, que se muerde los labios, como masticándoselos, que casi no cierra la boca, seguramente por la medicación, y que en un momento deja ver cicatrices en su antebrazo izquierdo, cubierto el resto del tiempo por la campera que lleva doblada en él.
En la hora y pico que durará la espera, mientras va llegando más gente, el viejo se queja de lo lento que atienden. El de seguridad viene, se fija si están atendiendo y le dice al viejo que ya viene otro médico. Antes o después, un chabón entra, se acerca al de barba, se presenta como interno del hospital, le pregunta si le puede hacer una pregunta "con todo respeto" y le ofrece ropa en venta, "mirá lo que es este buzo, es de marca". Ante la respuesta negativa, el interno olvida sus buenos modos: le pide plata, después le pide una moneda; pide cualquier cosa porque su logro es, simplemente, sacarle algo. El tipo le dice que no comió nada en todo el día y le corta el speech pedigüeño.
Salgo de la sala de espera para evitar al lumpen y trato de dialogar con los gatos, maullándoles. (Te dije que estoy en crisis de in-comunicación). No me responden. Como mucho, me miran, interrumpiendo su paseo por el parque. Pero ninguno me responde ni se acerca demasiado.
Pasa el tiempo, el vendedor de ropa sigue insistiéndole a cada uno que llega a la guardia. O tal vez no a todos, tal vez sea indescifrablemente selectivo. Entra una interna paraguaya, claramente sufriente, malvestida con un camisón rotoso, ojotas y una camperita sobre los hombros para protegerse del fresco. Le pregunta si tiene crédito para llamar a Paraguay a un tipo de cierto buen pasar que acompaña a su esposa. El tipo es muy desagradable con ambos, con el vendedor y sobre todo con la interna, a la que le dice "por eso tenés que estar acá" cuando ella le cuenta su historia, cierta o no.
De pronto, empiezan a atender más rápido, los pacientes entran y salen con velocidad de los cubículos de atención. Me toca a mí: una casi cincuentona petisa, flaca y mal teñida pregunta quién sigue, y mi boca pronuncia "yo", pero mi cabeza dice "cagué". Desde el primer momento, desde la primera impresión que exhibe su lenguaje corporal, sé que la empatía será un quimera.
Por supuesto, no se presenta. No dice ni su nombre ni su especialidad ni nada. Ni siquiera sé si es médica, salvo por su lenguaje corporal despreciativo, el cual me da más certeza que cualquier título. Me toma los datos en un papelito, en una hoja del recetario; me pregunta, además, si tengo obra social. Le digo que tengo el plan Cobertura Porteña. Me pregunta, con tono despectivo, qué es eso. Es un plan del gobierno de la ciudad, le aclaro, y, como otra vez me dijeron que no sirve para nada, le digo que no sé si califica. Las que no califican son mis palabras…
Me pregunta por qué fui. No me parecía que diera decir que me muero de incomunicación, que –lo noté el otro día– necesito un abrazo grato y el movimiento de energía y de neuroquímicos que genera, ni mencionar mis problemas con las drogas, que reaparecen cuando reaparecen en mi cabeza o en mi boca esas palabras ("el jueves toca Dancing, te invito") que no puedo decirle a nadie a quien me dé ilusión decírselas o las imágenes de cómo sería si sucediera. Entonces trasladé en el tiempo un hecho que me sucedió hace un par de años, alguna de mis batallas con el pánico. Me mira con mirada hueca y me interrumpe a cada rato, como si tomara un examen de mala gana.
Cuando quise decir que eso se potenciaba por el contexto que estoy viviendo, me cortó de nuevo y llevó la conversación hacia un lugar del que nunca volvió. Así, no pude decir que estuve diez días sin hablar más que con cuatro personas. Que esperé los días para ver a mi dentista y romper esa racha casi como un preso los tacha del almanaque; para, además de hablar, encontrar un toque de comunicación, y que estuvo re cortante ("ah, Olga, hola" dijo con el tono que se usa ante lo inevitable, casi como un "ah, vos", y la vez siguiente ni un beso me dio). Y que quizá no nos veamos más. No pude decir que se murió mi viejo, lo cual suele garpar. No pude decir que estoy bebiendo más. No pude decir que vivo con una persona al borde del delirio místico (o definitivamente en él, ya no sé), que el abogado me bardea diciendo "lo vamos a hacer entrar al siglo XXI" porque no tengo teléfono y que entre ambos me puentean con las cosas que nos incumben a los tres.
No pude decir que no pude decir "feliz cumpleaños" un par de veces que me hubiera gustado, que habría sido un destello de comunicación si esas dos palabras hubiesen sido pronunciadas y bien recibidas. (No pude decir que pensé en mandarle por mail la última oración a una de esas personas y que desistí cuando volví a recordar todo su silencio, el mismo que me había hecho desistir de decírselo). No pude decir toda la energía que pongo acá, todo el tiempo que me lleva buscar una palabra, cuyo resultado será la nuda nada.
Me dice que lo que refiero es algo "leve" y que haga psicoterapia. "¿Qué posibilidades tenés?", me pregunta. "¿Qué me quiere decir?", le respondo. Entiendo que se refiere a posibilidades económicas, pero ni decirle que soy pobre puedo, que tengo los ingresos de un indigente, que no tengo trabajo y que, seguramente, no podré tenerlo. Me dice que use el plan ese, y todo es tan rápido que no puedo decirle que esa cobertura del GCBA sólo tiene médicos clínicos. Agrega, sobre mis palabras, o sobre mi preparación de palabras, que en el hospital están dando turnos para junio.
Dale. Total, puedo sufrir tres meses más, puedo convivir tres meses más con la cercanía de la convulsión o del estallido. Es una sensación re copada. "Si no, venís de vuelta", dice cuando ya me lleva en su ola hasta la puerta. Y ni una buena tira al final, ni un "si pudiste dominarlo antes, ahora también deberías poder". Nada. Cero empatía, cero contacto, cero comunicación. Te tiran a la basura, a esa avenida oscura y desolada.
(Al día siguiente, llamo al teléfono del dichoso plan para confirmar si hay psicoterapia, y, obviamente, la respuesta es negativa. Y cuando le pregunto, retóricamente, a la mina que me atiende, que sí me dio su nombre y apellido –porque los telefonistas están obligados a identificarse, pero los médicos no–, qué hago ahora que la médica me dio un dato mal, me responde que vaya al hospital donde hice el trámite, que allí me van a dar folletería. No quiero folletería, quiero respeto y atención, reventados hijosdelamierda).
Nadie se entera ni de la cagada de la médica anónima mandándome a un lugar que no es, ni de su desconocimiento de los planes que ofrece su propio empleador, ni de mi padecimiento ni de nada. Cero reclamo acreditado. Todo funciona perfecto, en todo estás vos. Y el esfuerzo que uno hace tratando de pedir ayuda ANTES de reventar es al pedo. Parece que quieren que uno reviente, que vaya hecho mierda, temblando y mordisquéandose los labios como la chica de las cicatrices. Que sea eso. Que seamos mierda.
Ya es de noche y no quiero cruzar esa zona laberíntica e inhóspita. Entonces doy la vuelta para salir por Agronomía. No sé qué bondi tomarme ni dónde bajarme. Cuando llega el 146, de pedo le digo "hasta Medrano". Me cobra 6,25 y en el cuadro tarifario veo que la sección termina en Medrano.
Viajo en el primer asiento. En una parada, golpea la puerta un tipo apurado que está hablando por celular. El chofer le abre, el tipo le pregunta si va a Acoyte y Alberdi, el chofer le dice que no, mientras yo, simultáneamente, también le digo que no y de la nada agrego que se tome el 135, al que vi hace un rato delante nuestro. Demasiadas, irrefrenables ganas de hablar parece que tengo, porque me sale un dato –correcto– de un colectivo que jamás en mi vida tomé.
Llegando a destino pienso en pasarme una parada para caminar menos, pero es tan obvio que estamos en Medrano, y yo estoy en el primer asiento, y capaz el chofer se acuerda de que pedí hasta allí, que no me parece. Bajo, empiezo a caminar, decido volver caminando y no tomarme otro colectivo que me dejaría a un par de cuadras de casa. En un momento del largo trayecto, veo un billete verde nuevo en el piso. En un solo movimiento me agacho, lo recojo y lo aprieto en la mano, sin guardarlo en el bolsillo para que el forcejeo que debería hacer con los bolsillos rotos del pantalón no evidencie que encontré plata. Un par de cuadras después abro la mano y develo la incógnita: no es uno de quinientos, como la otra vez, pero son cinco pesitos. Gracias, digo, como siempre. Gracias a quien corresponda.
Sigo caminando, no sé cuántas cuadras ya, y en un momento diviso, unos metros más allá, en la esquina, a un perro sin correa ni bozal que deambula indeciso, sin saber si agarrar por la calle o por la avenida. No sé si está perdido o si sus desaprensivos dueños lo sacan a pasear en esas condiciones. Cruzo la calle para evitarlo mientras digo, casi en broma, "juira, perro", y antes de llegar a la otra vereda descubro un sol brillando en el asfalto de la noche: una moneda de un peso que rápidamente va a parar a mi mano mientras esta vez le agradezco primero al perro. Y luego, sí, a quien corresponda, a esa misma entidad a la que, últimamente, además de agradecerle, le pedía "ayudame con S......." sin que lo haya hecho. Me da plata a veces, pero no está para darme amor.
Paso por la plaza que está cerca de casa y a esa hora, tipo ocho y pico, hay bastante gente corriendo. Un hijo de puta estacionó la mitad de su auto en la vereda y las varias personas que vienen en fila india deben pasar por el estrecho margen que dejó el sorete ese. Algunas caminan, otras corren, creo que hay una mujer con un cochecito de bebé. Me hago a un lado para que pasen, mostrando, como siempre, solidaridad runner. Una chica un poco petisa, tal vez un poco gordita, piel blanca, remera blanca, viene a buena velocidad, supera a quienes encabezaban el grupo, me mira, me mira, pasa a mi lado mirándome, y cuando supera mi posición dice "gracias" con una sonrisa amplia, gustosa. "De nada", le digo alzando la voz porque se va, se va, se fue. Dios santo, cuánto hacía que no me pasaba eso: una piña en la frente fue. Una fucking sonrisa, de eso estamos hablando. No de hablar con alguien (situación en que arruinaría todo a la segunda interlocución), no de un beso (chocaría dientes, como la última vez, en julio, con la escort joven de concha maloliente). Una mísera fucking enorme sonrisa.
Voy llegando a la esquina y decido doblar, en vez de seguir hacia mi casa. Doblar para cruzarla de nuevo, una vez más. "Yo sé que esto no se hace", me digo, pero, bueno, es lo que hay. Doblo, llego a la otra esquina, sigo esquivando corredores, y la mina no aparece. Doy toda la vuelta, hasta el sector de la posta aeróbica, donde hay un par de chicas con remeras blancas que podrían ser ella y una con un chabón de barba en el coso ese donde te sentás y levantás tu peso tomándote de unos manubrios. No sé si alguna es ella. No quiero mirar mucho. Ya fue. Quizá lo soñé.
Ayer y hoy fui a esa hora, pero tampoco estaba. Capaz que lo único que me queda es poner un monolito allí, junto al árbol, como un monumento a la sonrisa. Y escribir acá para no convulsionar. Porque ni siquiera puedo suicidarme, que es lo que correspondería, y dedicárselo a todos los que me dejaron de lado. (Bueno, a los que me dejaron de lado malamente; los otros… qué le vamos a hacer).