domingo, 28 de mayo de 2017

Sus uñas espinas

Las vi salir del telo justo cuando mi campo visual comenzó a abarcar la esquina donde está la entrada. Dudaron unos segundos sobre qué dirección tomar, señalaron un par de puntos cardinales y finalmente decidieron cruzar y caminar por la calle donde yo debía doblar.
Caminamos cuatro cuadras a la misma velocidad. La mayor parte del tiempo, fui detrás de ellas, pero un par de veces cambié el ritmo y las superé para evitar la incomodidad que puede surgir cuando alguien camina detrás tuyo mucho tiempo.
Durante ese trayecto no tuvieron solo un gesto afectuoso: ni un beso, ni una agarrada de manos, ni siquiera una mirada larga en algún semáforo. Cualquier SJW podría suponer que se trataba de una forma de evitar posibles miradas inquisidoras u otras formas de violencia, simbólica o no. Pero no sólo era ausencia de gestos.
En cuatro cuadras por una calle silenciosa, a la distancia cercana que me dejaba oír parte de su conversación, no hubo una palabra que evocara el momento que acababan de vivir. Ni un "te quiero" o un "cómo me gustás", ni un comentario sobre algún hecho específico del turno compartido o una referencia a las características organolépticas de sus fluidos. Ni la tocada de codo o el vocativo "amor" que se dedicaron las chicas que paseaban su perro (con collar de color arco iris) en la plaza cercana la otra noche.
Una de ellas, la más locuaz, hablaba de su viaje a Uruguay y de cómo un pibe las siguió a ella y a otra amiga unas cuadras cuando iban a sacar el pasaje. Usó las palabras "chabón", "chorear" y "turbio", y dijo que las seguía "como un perrito". Agregó que en un momento el fulano, ante la negativa de ellas a no sé qué propuesta, dijo "estas feministas…", lo que terminó de sellar su suerte tanto en aquel momento como ahora, cuando la otra chica no pudo creer que hubiera dicho eso y bufó una mezcla de asombro y fastidio.
En la última cuadra antes de que yo doblara hacia un lado y ellas, hacia el otro, la chica locuaz siguió refiriendo su más terrena cotidianidad: habló algo de la facultad, de que ayer había ido a percusión, tal vez algo de una reunión… No más.
Su look tampoco permitía inferir nada: ninguna de las dos tenía ese lenguaje corporal de las superchongas, que me saca una sonrisa cuando las veo repetir estereotipos masculinos, ni el corte de pelo o la camisa a cuadros de una tomboy. Dos chicas comunes, in the middle of their twenties, vestidas como cualquier chica que va a Sociales, ponele; sin las sienes rapadas ni expansores en los lóbulos de las orejas. Lo más llamativo eran el jean verde musgo y las botitas un poco sucias de una de ellas y, sobre todo, la tremenda pronación de su pisada.
Nadie que las hubiera visto por la calle podría imaginar su relación. Y yo, que las vi salir del telo, podría haber pensado, finalmente, que eran dos empleadas del lugar, que salían una vez cumplido su horario de trabajo, aunque era claro que no tenían el physique du rol de una trabajadora de la limpieza. Ahora se me ocurre que podría haber flasheado que eran dos chicas universitarias haciendo algún trabajo práctico sobre los hoteles alojamiento.
Sin embargo, lo primero que vi cuando las tuve cerca, cuando me ganaron la cuerda de la vereda y comenzamos a compartir por cuatro cuadras una tarde de Congreso, fue tan inequívoco como encadilante. El rectángulo de piel enmarcado por los breteles del top negro, semisuperpuestos sobre los del corpiño de la chica más locuaz, presentaba, justo en el medio, entre ambos omóplatos, un manojo de surcos, rojos y frescos, del ancho de un puño pequeño, del largo de unos dedos semiextendidos, el signo vital más intenso y cercano que se me reveló en mucho tiempo.

Soundtracks (No tengo MP3 ni Spotify ni nada)

Entonces, como siempre, la música está en el aire, en la cabeza, en el azar.
Woman in love, por Barbra Streissand, en el 53, una noche, volviendo del colegio, en el semáforo de las torres –que todavía no estaban–, en el estéreo del bondi-driver. Hace más de una vida de eso.
Rock'n roll nigger, de Patti Smith, en mi piel, cada vez que la realidad me recuerda lo outside que estoy. Es decir, muy seguido.
A veces estoy cansado, de Moris, en el minicomponente del ciego que fuma y fuma sentado en la medianoche de Indep y Sáenz Peña, mientras tapiza de colillas la vereda y apuran sus panchos los comensales del chiringuito contiguo. (Desde la vereda de enfrente la intuí entre el tránsito. Esperé un semáforo para que los autos y los micros cesaran su ruido o para cruzar, y cuando lo hice ya había terminado la canción, e iba por otra: recordé una frase, la googleé y ¡era la que viene después en ese disco!).
Semen up, escrito en la pared de la casa colectiva que está cerca de Pozos por la tribu de la calle Carlos Calvo, las mil veces que pasé por ahí para ir a trabajar, al colegio, o, años antes, a Cemento, a ver a Patricio Rey.
Trátame suavemente, la versión de Soda, en la radio que sonaba en un octavo piso, octavo efe de foca, con Yamila, antes de que me dijera "Yamila me llamo". Nos tratamos suavemente esa tarde, esa hora, con Lapegüe de fondo, con una empatía profesional que subió un nivel al acercarse la despedida, y yo me quedé con ganas de más, de verla una vez más. Mientras ella tenía la boca ocupada, yo tomaba nota mental de la canción pensando en este post. Después tomé su leche.
Las dos que están pegadas en el disco de Los Pillos, Descansa y Baila para mí, en Ballester, a la altura del puente, en esa cuadra donde la señal de la radio cercana se sobreponía al agujero negro que la anulaba tan cerca de la antena, aunque se escuchara bien bastante más lejos.
Tres de Sué Mon Mont. Besos, La misma miel y Diferencias. Las tres, una atrás de otra, cantándolas, de golpe, sin saber por qué, la otra tarde en Da Knoll, San Martín entre Mosconi y la ruta. Hasta que, al doblar la esquina, me di cuenta de por qué. De por qué en ese lugar. (Esas tres, pero no Lejos. Aún no).

La (plaza) internacional

El Rodrigo de epoxi custodia la vereda vestido de boxeador. Mira sin ver a unos judíos que pendulan como involcables en trance en la única ventana iluminada del edificio ese.
Bajo hasta la altura del semáforo, el verde lleva a la plaza donde se oyen voces de al menos cinco países diferentes. Yo busco palabras para salir de acá. Las que tengo son siempre las mismas porque llevo meses sin intercambiarlas con nadie, las que tengo solidifican el rechazo en los pocos espacios donde puedo: dejo un comentario en un blog por cierto texto me gusta mucho y allí mismo me agradecen. So, dejo un link con mis palabras referidas a lo que narra el autor. El silencio elocuente que recibo me pone en mi lugar. Así en la calle como en el blog, mejor evitar el ulterior contacto conmigo. (Tomo nota, licenciado, de no molest… comentarte más). En otro lado, un prestigioso publica un poema de una chica que habla de la locomotora del subte. Pero a ese poema no le falta trabajo.
Es inevitable el refugio en las drogas berretas. No las de los nenitos de once o doce que fuman porro en la plaza. Las que produce mi cabeza, donde amortigua la alfombra de los runners el sonido de tus tacos. Donde, una cuadra más allá, saco a colación al famoso narcotraficante mexicano y veo tu cara virando de la sorpresa a la risa cuando lo nombro para preguntarte si te chapo o no te chapo.

El vende humo Darío Sztajnszrajber

Ya nos hemos referido aquí al autodenominado docente de filosofía (?) Darío Sztajnszrajber. Fue en ocasión de una de las tantas masacres cometidas por Israel en Palestina, cuando el diario Clarín publicó dos columnas de opinión que en teoría buscaban presentar dos campanas. Curiosamente, o no, ambas eran tañidas por judíos proisraelíes. Por un lado, un halcón que justificaba las operaciones del ejército ocupante y apenas podía disimular su antisemitismo (versión antiárabe) y su islamofobia. Por el otro, este muchacho, que supuestamente estaba allí para dar la visión humanista y comprensiva, pero que mostraba la hilacha ascosionista cuando equiparaba los muertos a manos israelíes con los muertos provocados por cada cohete palestino sin decir que la relación suele ser de cien a uno. O cuando omitía en toda su parrafada emocional la palabra "ocupación".
En estos años desarrolló una ascendente carrera mediática que tuvo como base su programa de canal Encuentro, lógica recompensa para un militante kirchnerista, y, como esos profesionales cuyo histrionismo revela una frustrada vocación actoral (Guido Süller, Mauricio D'Alessandro), ganó un lugar en las agendas de los productores: en este caso, en la letra efe de filósofo. Así llegó como invitado a varios programas de radio y televisión y como columnista a ¡TyC! y FM Metro.
Al paso, construyó un nicho de mercado desde donde amplió el espectro, tratando de abarcar todos los rubros, es decir, de no dejar ubre sin ordeñar. Desembarcó en los escenarios ofreciendo un espectáculo, en el que orilla el standup filosófico o algo así, para el que hay que sacar entrada por Ticketek: un currito familiar que comparte con su esposa. También gira por el país, dando charlas, algunas de ellas compartidas con el historiador oficialista Felipe Pigna. Y, aunque mi googleada no llegó a tanto, seguro que publicó varios libros sobre su tema.
Una deliberada intención de mostrarse participante de lo popular, para contrastar con la burbuja elitista y alejada de lo cotidiano que sería propia de su actividad, lo lleva a manifestarse futbolero, hincha de Estudiantes y defensor del bilardismo, que, según él, "democratiza" el fútbol. Tanto, quizá, como la corrupción democratiza la política.
La web me topa con esta declaración suya: "Hago público mi apoyo al modelo de país que se inauguró con los gobiernos kirchneristas". O sea: estamos ante un filósofo para quien existe algo llamado modelo de país y para quien el kirchnerismo encarna algo así. Tengo ganas de dejar el post acá…
Bueno, en honor al trabajo que ya me tomé, sigo (?).
Esta vez lo cruzo en el zapping, como invitado en el programa que Laura Oliva tiene en Canal de la Ciudad (???), hablando sobre la ansiedad, la angustia existencial y cosas por el estilo. En un momento, viendo hacia dónde quería llevar el diálogo su interlocutora, el tipo se ataja y tiene la prudencia de decir: "Yo no tengo idea sobre cómo la psiquiatría o la psicología tratan el tema [de la ansiedad]".
Darío chamuya, con la cadencia rabínica de su hablar, en un estilo que intercala una palabra culta especializada con otra muy coloquial. Esas palabras y su look estratégicamente desaliñado le permiten acortar la distancia entre la filosofía y nuestras ordinarias existencias de espectadores, parece. De pronto, manda una fruta tan grande que me hace pegar un grito en el sillón. Dice, en pretendido alarde de erudición, que las palabras estúpido y estudio tienen la misma etimología.
Callate, payaso berreta, digo, o pienso, mientras busco con la mirada el estante de la biblioteca donde reposan los cuatro tomos, verdes y gordos, del Corominas, como si ese solo vistazo confirmara mi certeza puramente intuitiva de que el chabón está batiendo cualquiera.
Otro día engancho una repetición del programa, que me refresca el hecho, y finalmente busco a ver si está el video en Youtube. Lo encuentro, y, con la cita textual al alcance de la mano, o de los oídos, me ensucio los dedos con el polvo que se acumula en los muebles de este living para fijarme.
Tenía razón yo.
(Como las cosas en la web no son eternas, transcribo el diálogo).

D.S.: Si uno está todo el tiempo cuestionándose todo, se vuelve como medio estupefacto. Queda medio idiota porque no podés dar un paso.
L.O.: No, es imposible. Es imposible.
D.S.: Ahora: yo le temo más al que no se pregunta nada veinticuatro horas por día porque también se vuelve idiota, pero de otra manera. Es una competencia entre idiotas.
L.O.: La vida… qué lindo… Ese es un lindo titular: la humanidad es una competencia entre idiotas.
D.S.: El idiota que queda así como… La palabra "estupefacto" tiene en su raíz la idea de estudio. Ese estupefacto, estúpido, tiene la misma raíz que estudio. Mirá qué loco. El que estudia demasiado, el que piensa demasiado, queda estupidizado, porque el sentido común, hegemónico, generalizado, no necesita gente que esté cuestionándose todo. Necesita gente que reproduzca lo que hay, que… este… no esté todo el tiempo yendo a fondo…
L.O.: Analizando…
D.S.: … sino que sus prácticas sean constantes.

En el tomo II (pp. 456 y ss.), Corominas dice que estudio deriva del latín studium, 'aplicación, celo, ardor, diligencia' y que la primera documentación corresponde a Gonzalo de Berceo. Sus derivados son estudiar, estudiante, estudiador, estudiantil, estudiantina, estudiantino, estudiantón, estudiantuelo, estudioso y estudiosidad.
En cambio, de estúpido dice que fue tomada del latín stupide 'aturdido, estupefacto', 'estúpido', derivado de stupere 'estar aturdido", y documentada por vez primera en 1691 por Martínez de la Parra. Cita al diccionario de autoridades (1732), que afirma que es "voz latina y de poco uso", y continúa con consideraciones que no vienen a cuento, hasta que enumera sus derivados: estupidez, estupor y estupendo. Luego, refiere los compuestos estupefacción, estupefactivo, estupefacto y estupefaciente.
La comprobación del dato confirma mi intuición previa sobre la truchez de este muñeco, vislumbrada en la pátina sospechosa que trasluce su puesta en escena. Si para darle cuerpo a tu opinión ¡en un programa de cable! necesitás chapear con palabras ajenas quizá sea porque no les tenés mucha confianza a las tuyas. Si para decirnos que usás remeras rockeras como nosotros, pero que no sos igual a nosotros, necesitás exhibir tu saber compulsivamente y, encima, fraguándolo; es decir, si necesitás embaucar a tus espectadores, no sos ni un Paenza de la filosofía. Sos casi un Bucay.
Descubierta una falla, es imposible no dudar del rigor que tendrán todas sus otras afirmaciones. Todo lo que diga sonará a ruido, todo lo que escriba se verá borroso y desenfocado. Seguramente, por el humo con cuya venta que se gana la vida.

sábado, 22 de abril de 2017

Dos poemas runners de Alexi Pappas (y uno que no)

Leave It There
Tengo la mala costumbre
de guardar cosas
mucho más de
lo que debería.

Viejos recibos, tarjetas de cumpleaños
de mi ortodoncista,
blocs que me llevé de los hoteles para
mi oficina inexistente.

Pero yo sé
que hay un momento,
–al final de la carrera,
cuando se ve la cinta de llegada–,

en el que hay que
sacar todo.

Lo prometo.


Seis el kilómetro, ponele, en un buen día
Como corro sin música, sola y de noche,
el sonido que me acompaña es
el de mis pasos.
El piso te agarra y te suelta en
las proporciones exactas,
el aire entra y sale
del cuerpo con la fluidez de un óvalo
cuando alcanzás la velocidad de crucero,
y la suela contra el suelo es un metrónomo que
te acerca al trance.
El viaje sería perfecto si pudiera
correr con los ojos cerrados,
envuelta en la brisa dulce que descuelga
las primeras hojas del otoño.
Por el medio de una calle
toda para mí,
abriendo los ojos apenas medio instante,
cada diez o doce pasos,
para actualizar mi GPS vestibular
y volver a cerrarlos.
O llevándolos abiertos sin que importe demasiado.
Corriendo en línea recta hacia no sé dónde
sin tener que preocuparme por cómo volver.


Breaking Tape
Sucedió
como imagino
que se sentiría
abrir de golpe grandes puertas de dos hojas

del tipo
de una mansión
o una casa de muñecas.

Me veía
quizá

como una princesa muy fuerte
acometiendo a través de la entrada

hacia el castillo
que construí para mí.

(Falta de) Reciprocidad

La falta de reciprocidad del deseo es una de las tragedias de la humanidad. Más aún: toda falta de reciprocidad respecto de cierto tipo de sentimientos y/o emociones es un vacío ardiente.
Pero deberíamos poder manejar eso. Onda que el asunto no es lo que te pasa, sino cómo lo manejás. Si te ponés molesto, es una cagada. Si se te prende fuego la cotidianidad, o el sexo, o la cabeza y no podés parar de pensar, de darle contacto a esos circuitos cerebrales, si sos un yonki de esa neuroquímica, pero no jodés a nadie, qué sé yo… Sería como criticar a otro por ser diabético: es lo que te tocó. Manejalo lo mejor posible para vos y, sobre todo, para tu entorno.
También debería poder manejarlo quien rechaza. Si alguien te dice, desde el mejor lugar que encuentra, todo lo bueno que le pasa con vos, y vos lo descalificás –el "estás confundido" paga dos pesos para eso– o te enojás, sos un dechado de pelotudez. Si encima te jactás, delante de esa persona, con tus amigas o con quien sea, de que nunca podrá acceder a vos; si se lo refregás, aunque sea levemente, como al pasar, por la cara, sos una mierda, una pobre infeliz que necesita pajearse con ese poder.
No espero una empatía propia de quien cantaba "viéndote sufrir puedo sentir tu sufrimiento", no pretendo que sufras como sufro cuando me rechazás. Aspiro a un momento, apenas un momento, de respeto y comprensión. Y a la gravedad que se impone ante cada tragedia.

Sin brindis

Sé la hora exacta.
El motor creciendo
entre el vacío de las calles y
algunos petardos ansiosos me hizo
desviar un ojo
un instante
de la trayectoria del pacman y buscar
el ángulo inferior derecho de la pantalla.
Son las 23:58 y pasa
un bondi por la puerta de casa.
El chofer y sus improbables pasajeros
comenzarán el año esperando
el verde en el semáforo de Sáenz.

Antes de que vos te vayas y yo desaparezca

(La máquina de cortar con enter queda a tu cargo)

Cicatrices por segunda
Cualquier excusa es buena
Poco placentero
¿Las ambulancias terminan devorándose todo?
Sólo sucede en sueños
Una blusa blanca
Los días del humo
Tiempo y espacio
Ella duerme al lado mío
Yo voy por escalera
Hay cadáveres (versión vegana) 
V.onus track

Recuerdos de la fuck (Azulejos)

Este año pasé más de veinte veces por Marcelo T a la altura de las facultades. Casi todas esas veces pasé por el 2330, giré la cabeza hacia la derecha y noté la escasez de pancartas y carteles, que deja a la vista la palabra "intendencia" sobre la puerta del sucucho ese al que recurrí la mañana en que casi me desmayo y no me ofrecieron ni un vaso de agua. Tampoco me preguntaron qué me pasaba o, un rato más tarde, si ya me sentía mejor. Nada. Me podía haber sentado por mi cuenta en el pupitre donde me dijeron que me sentara antes de seguir con lo suyo. Me podría haber desmayado y nadie lo habría notado.
Pienso en ese momento, cuando, sin saberlo, se estaba rompiendo una parte de mi vida; en todo el tiempo y la energía al pedo que puse en ese lugar, en toda la gente de mierda que me crucé allí; pero no escupo, como sí lo hago al pasar por el colegio al que fui en mi niñez. Más que nada, para no correr el riesgo de que alguno de los homeless que viven en esa vereda lo tome como algo personal.
Quizá fue por la acumulación de esas dos docenas de veces, o, más probable, porque las veces que fui en diciembre tuve que cruzar la calle para evitar la vereda donde pegaba un sol picante. La cosa es que me pintó el recuerdo de aquella mañana calurosa en que, yendo por esa misma vereda, decidí comprar un agua mineral chiquita en un kiosco, lamentable gasto para alguien que ahorraba con fruición en busca de un departamento que nunca pudo comprar.
El kiosquero me dio una botella de la heladera, le pedí una natural –porque me gusta el agua natural, no fría–, y me dijo que hacía tanto calor que la natural estaba caliente. Y me llevé la fría. Crucé la calle, entré al edificio y fui al aula donde debía dar el final de Economía, al que me condenaron por haber abandonado la materia el cuatrimestre anterior. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas. Tres materias por cuatri más un laburo eran demasiado, y la humillación y el desprecio que me dispensó una compañera, Sabrina Abrán, hija de mil intestinos purulentos, a la hora de armar los grupos para un trabajo práctico fueron la puntilla que sentenció mi deserción.
Sacamos una hoja, que se impregnó con la mugre de los pupitres, como solía suceder. El pelado mala onda (ahí lo googleé, Daniel Sintás se llama) dictó las preguntas en su castellano enfrentado con la sintaxis, y era todo tan abstruso que debí consultarle si cierta pregunta se respondía con cierto texto. El tipo medio que me boludeó, diciéndome que era un conjunto, algo global, una cosa así. Logré aclararle que me refería a ese texto en cuanto eje de la respuesta, aunque tal vez hubiera convenido ejercitar la honestidad brutal y decirle que era obvio que cada pregunta correspondía a un texto y que las palabras que había dictado no conformaban un sentido. (No. No hubiera convenido: era su palabra contra la mía, y en casos así siempre pierdo).
Todos los docentes de Economía que padecí en ese lugar tenían notables problemas con la sintaxis. Pasaron muchos años, pero sucedió tantas veces que me llamó la atención, y ese recuerdo perdura hasta hoy. Onda que pueden explicar sin mayor drama cómo se calcula el beneficio marginal o el costo de oportunidad, pero la concordancia nominal parece resultarles inaprehensible.
Esa cátedra era especialmente una cagada, hostil y expulsora como todas, pero con un plus: el titular era directivo de la AFJP de Banco Nación y entonces usaba los teóricos para hacer publicidad del sistema privado de jubilaciones en general y de su AFJP en particular. Y los ayudantes bardeaban a los alumnos desde su módico olimpo diciendo "la nota es inmodificable" cuando les preguntabas si podías ver el examen. ¡Ey!, yo no te hablé de eso: te dije que quería ver el examen porque no solía sacarme cuatro o cinco, como subrepticiamente me pusieron ustedes.
Además, cada profesor hacía lo que quería en su práctico, los cuales no tenían casi relación con los teóricos, y, a fin de cuentas, era como cursar dos materias distintas. Es un poco desolador ver cómo uno quedaba tan a merced del azar, de que hubiera horarios compatibles con el trabajo, de las decisiones incomprensibles y anárquicas de cada cátedra, de algo tan decisivo para mí como era la existencia o no de trabajos grupales, de docentes que te ignoraban o te matoneaban, de unos contenidos deslavazados e inútiles, lo cual conformaba un deliberado conjunto de procedimientos desmoralizantes y, finalmente, expulsores, tendientes a reducir el alumnado a partir de la supervivencia del más apto, pero no el más apto académicamente, sino el más capaz de adaptarse a ese lugar de mugre, maltrato y militancia.
Y cuando, Google mediante, me entero de que el titular de la cátedra cambió, pero los tres encargados de los prácticos continúan en sus puestos quince años después, tengo muchas ganas de ir y manifestarles vivamente, con los puños cerrados sobre sus quijadas, lo que pienso de ellos, de su trato hacia nosotros y del clima de mierda que tenía su cátedra.
Porque, además de los docentes, había algunos alumnos del orto, como la mencionada soreta que me ninguneó de modo vil, dándome vuelta la cara y dejándome en banda, sin dirigirme la palabra, a la hora de armar un grupo para un práctico; la naba que, cuando el profesor nos informaba de las maravillas del sistema privado de jubilaciones, levantaba la mano y preguntaba cómo había que hacer para realizar aportes voluntarios, o la otra forra maleducada que una vez coincidió conmigo en la parada del bondi de vuelta y, cuando la reconocí de toque y quedé con la mirada expectante para hacer algún mínimo ademán de saludo, decidió ignorarme alevosamente.
Y otros, la gran mayoría, no tan chotos, apenas en el grado estándar de la invisibilización, entes circulando a una distancia irreductible que manifestaba lo indeseada que les resultaba cualquier intersección y a los que, seguro, nada de todo esto los afectaba; y otros más que transitaban ese lugar con una abulia que los llevaba a decir: "¿Nunca tuviste un aplazo?". No, flaco, nunca tuve un aplazo y no me levanto a las seis de la mañana para sacarme un cuatro. Y dos o tres con los que nos hablábamos no porque los sintiera especialmente afines, sino porque, como decía uno de ellos, "somos los únicos que nos damos bola"; tal vez el mismo que una vez me dijo: "Falté el lunes. Decime qué hicieron porque a mí nadie me habla".
Durante el examen me vinieron ganas de hacer pis, unas ganas intensas, no recuerdo si incontenibles o si solo desconcentrantes, pero definitivamente incómodas. Le pedí permiso al profesor para ir al baño, y el tipo puso tal cara de ojete que me hizo pensar en decirle "si querés meo acá; total, tengo la botellita". Supongo que pensó que me iba a copiar, que tenía un machete para leer en el baño, pero me dijo que sí, casi como por obligación. Hoy, lustros más tarde, puedo decirte que no, que no tenía ningún machete: que tenía ganas de mear y que no necesitaba machete. Pelado forro.
Corte que fui, meé, volví, terminé el examen con la certeza de haber aprobado… La escena siguiente me muestra fuera del aula, esperando. Creo que, a medida que terminábamos, nos hacían salir para esperar en el pasillo. Éramos unos pocos, una media docena, la escoria del curso, y la mayoría eran de esos a los que no viste casi nunca, contrariamente a mí, que trataba de ir a todas las clases. Eso me desalentaba especialmente: si me rompo el orto y llego al mismo lugar al que llega otro que no viene nunca, ¿para qué mierda vengo?
Aparecieron otros tipos de la cátedra, más encumbrados que el dolape, entraron de una al aula y cerraron la puerta, como si su deliberación fuese cuestión de Estado. Antes de que salieran y nos informaran los resultados de su cónclave, vimos pasar a una chica, escaleras abajo, llorando. No supimos si la habían bochado o si, digamos, se había peleado con el novio; pero claramente no se trataba de un presagio alentador.
Finalmente, aprobé con seis, la nota más alta de esa mañana. Apuesto a que habían tomado la decisión de que nadie del final aprobara con más de seis para que no tuviera una nota igual o superior a la de aquellos que habían promocionado. Otro de los que iba seguido aprobó con cinco. Pese a eso, se recibió, prontamente fue docente auxiliar ad honórem, becario de Conicet y participante en diversos congresos.
Mientras esperábamos, noté, con la sorpresa que me sobreviene cuando encuentro en cualquier lado un objeto igual a uno que tengo o tuve –como el frasco donde una de mis dentistas guarda cosas de su consultorio y acá usábamos para guardar el paquete de harina–, que los azulejos del pasillo eran exactamente iguales a los de la cocina de casa: amarillos, cuadrados, de quince por quince…
Casualidades que suceden a veces, por algún motivo se habían roto dos azulejos de la cocina. Y yo me encontraba con estos, semidespegados de la pared, sujetos por cinta de embalar transparente, sin tener que ir a un corralón de materiales o a los negocios de la avenida Alberdi. No sé cuánto los miré, no sé si procedí de una o si fui madurando la decisión mientras trataba de sociabilizar con mis compañeros y prometía que "si apruebo, invito cerveza para todos". Supongo que lo habré referido de algún modo, casi como para preparar el terreno.
La cosa es que en un momento procedí: sin preocuparme por las miradas ajenas, despegué dos azulejos de la cinta –no recuerdo si tuve que hacer algo de fuerza para despegarlos de la pared o si el Klaukol ya había claudicado– y los guardé en la bolsa gris de Musimundo donde tenía el cuaderno, la birome, los resúmenes, la botella de agua y tal vez alguna fruta para comer.
Aún hoy están en la cocina de casa, en la columna que sobresale alrededor del caño de bajada. Es lo más importante que me dio la fuckultad en mi paso por sus aulas.

viernes, 17 de marzo de 2017

El verano termina

Cuando sacás la campera del placar.
Cuando sacás la frazada del placar.
Cuando las chicas ya no usan havaianas (y se suma otro verano en el que no me cogí a una chica que use havaianas).
Cuando ya no da sacarse la remera mientras caminás por la vereda del sol.
Cuando sacás el mosquitero de la ventana para poder cerrarla porque está fresco para dormir con la ventana abierta.
Cuando se terminan los jueves de Dancing en el Konex (uh, este año hubo sólo unos pocos jueves y no fui a ninguno).
Cuando el vecino se levanta y, como siempre, hace ruido y me despierta, y al despertarme apenas se ve un atisbo de crepúsculo entrando por las rendijas de la persiana.
Cuando te volvés a acordar de aquella canción de los Doors.
Cuando ya no huele a durazno una ráfaga de la corriente de aire en la verdulería.
Cuando es 20 de marzo. Cuando anochece un 20 de marzo y se forman nubes negras sobre el descampado que cruza el 341 y se levanta viento, anticipando una tormenta que, sin embargo, pasará sin agua, pero bajando la temperatura. (Cuando te bajás del colectivo y tenés que correr porque hace frío).
Cuando te das cuenta de que te subiste al bondi de día y llegás de noche.
Cuando cierra la heladería. No, ese no es el fin del verano: ese es el fin del año.

Yo no tengo la culpa si naciste mujer

–Yo no tengo la culpa si naciste mujer. ¿Naciste mujer? Tenés que fregar los pisos. Yo nací hombre, tengo que salir a buscar la plata –dice él, levantando su voz de alcohol y sustancias.
–Bueno, andá a buscarla –responde ella, con su bebé de (pocos) meses en brazos.
–¿Te falta?
–¡Qué machista! –tercia otra, tal vez la misma rubia teñida que un rato antes, cuando pasé a la ida, amamantaba a su bebé sentada en el umbral de ese edificio de dos pisos, conformando una escena de las que me hacen pensar "mirá si me mudo y me tocan vecinos así".
–Machista no. Es así… ¿Te falta? –insiste él, justificando que no salga a buscarla, mientras sus voces van quedando atrás y solo alguna palabra sobresale, pero ya no alcanza a conformar un sentido.
De lo que yo no tengo la culpa es de que seas una forra negra cabeza rolinga noséqué, o una calentona irrefrenable, o ambas cosas, que se abrió las gambas para ese trogoldita que, botella de cerveza en mano, camina en cueros y en patas por la vereda, donde estacionó su auto, mientras todos están a su alrededor como si fuera un tótem de cuatro ruedas, y circulan birra y faso frente a bebés de meses sobre el fondo del anochecer que cae tras esa avenida de barrio de un confín de la ciudad.
No tengo la culpa de que te hayas dejado seducir por ese espécimen y le hayas dicho que sí, ni de que hayas cogido sin forro y te hayas dejado acabar adentro. No tengo la culpa de que ni siquiera se te haya ocurrido abortar.
Con gente como vos ninguna empatía me surge, ni me va a surgir cuando te deje y no te pase alimentos, o cuando te cuernee o cuando te maltrate de modo más contundente.

Visitando guardias, juntando maltrato

Venía pensando hace bastante tiempo en ir a la guardia psi de algún hospital público porque a veces me latía la cabeza, del lado derecho, como anticipando una convulsión producto de la incomunicación. O algo así.
Y no es casual que haya decidido ir, cruzarme toda la ciudad en bondis, y después esa zona horrible a pie, cuando se desvaneció de golpe el lugar que más palabras me hacía producir, aun cuando pocas de ellas pudieran llegar a destino. Cuando mi dentista, casi siempre muy amable, me cortó menos cincuenta y ni un beso me dio para saludarme (y se escabulló para no despedirse de mí), se me acabaron las posibilidades –ínfimas– de palabras. Entonces, no demoré más, como suelo demorar siempre, me puse los lentes y fui de una al hospital.
¿Cuánto sopor causa el aire acondicionado de los trenes y colectivos que tienen esas ventanas que no se pueden abrir? Bostezos que se multiplican y una caída considerable en la energía hasta llegar al lugar donde debo bajarme. (Y una mina de voz taladrante y acento shileno sentada medio viaje en el asiento inmediatamente posterior, quemándome la cabeza mientras hablaba con su pareja del tipo que se la quiso levantar diciéndole "te dejo manejar mi Audi" y cosas así).
Al llegar veo que en estos años que llevo sin ir pusieron aire acondicionado en la guardia. Y sacaron los bancos de madera, reemplazándolos por sillas individuales plásticas (unidas con un coso por abajo) que tienen los apoyabrazos muy altos, de modo que sea imposible acostarse a dormir. En una pared, no podía faltar, un afiche de ATE dice que "Macri es hambre". Cuatro pacientes esperan: madre de 30 con nena de 3, octogenario con señora lumpen que lo acompaña, tipo de barba de cuarenta y tantos, muy flaco y con la piel como despellejada o quemada, y mina medio gordita, de treintayalgo, que se muerde los labios, como masticándoselos, que casi no cierra la boca, seguramente por la medicación, y que en un momento deja ver cicatrices en su antebrazo izquierdo, cubierto el resto del tiempo por la campera que lleva doblada en él.
En la hora y pico que durará la espera, mientras va llegando más gente, el viejo se queja de lo lento que atienden. El de seguridad viene, se fija si están atendiendo y le dice al viejo que ya viene otro médico. Antes o después, un chabón entra, se acerca al de barba, se presenta como interno del hospital, le pregunta si le puede hacer una pregunta "con todo respeto" y le ofrece ropa en venta, "mirá lo que es este buzo, es de marca". Ante la respuesta negativa, el interno olvida sus buenos modos: le pide plata, después le pide una moneda; pide cualquier cosa porque su logro es, simplemente, sacarle algo. El tipo le dice que no comió nada en todo el día y le corta el speech pedigüeño.
Salgo de la sala de espera para evitar al lumpen y trato de dialogar con los gatos, maullándoles. (Te dije que estoy en crisis de in-comunicación). No me responden. Como mucho, me miran, interrumpiendo su paseo por el parque. Pero ninguno me responde ni se acerca demasiado.
Pasa el tiempo, el vendedor de ropa sigue insistiéndole a cada uno que llega a la guardia. O tal vez no a todos, tal vez sea indescifrablemente selectivo. Entra una interna paraguaya, claramente sufriente, malvestida con un camisón rotoso, ojotas y una camperita sobre los hombros para protegerse del fresco. Le pregunta si tiene crédito para llamar a Paraguay a un tipo de cierto buen pasar que acompaña a su esposa. El tipo es muy desagradable con ambos, con el vendedor y sobre todo con la interna, a la que le dice "por eso tenés que estar acá" cuando ella le cuenta su historia, cierta o no.
De pronto, empiezan a atender más rápido, los pacientes entran y salen con velocidad de los cubículos de atención. Me toca a mí: una casi cincuentona petisa, flaca y mal teñida pregunta quién sigue, y mi boca pronuncia "yo", pero mi cabeza dice "cagué". Desde el primer momento, desde la primera impresión que exhibe su lenguaje corporal, sé que la empatía será un quimera.
Por supuesto, no se presenta. No dice ni su nombre ni su especialidad ni nada. Ni siquiera sé si es médica, salvo por su lenguaje corporal despreciativo, el cual me da más certeza que cualquier título. Me toma los datos en un papelito, en una hoja del recetario; me pregunta, además, si tengo obra social. Le digo que tengo el plan Cobertura Porteña. Me pregunta, con tono despectivo, qué es eso. Es un plan del gobierno de la ciudad, le aclaro, y, como otra vez me dijeron que no sirve para nada, le digo que no sé si califica. Las que no califican son mis palabras…
Me pregunta por qué fui. No me parecía que diera decir que me muero de incomunicación, que –lo noté el otro día– necesito un abrazo grato y el movimiento de energía y de neuroquímicos que genera, ni mencionar mis problemas con las drogas, que reaparecen cuando reaparecen en mi cabeza o en mi boca esas palabras ("el jueves toca Dancing, te invito") que no puedo decirle a nadie a quien me dé ilusión decírselas o las imágenes de cómo sería si sucediera. Entonces trasladé en el tiempo un hecho que me sucedió hace un par de años, alguna de mis batallas con el pánico. Me mira con mirada hueca y me interrumpe a cada rato, como si tomara un examen de mala gana.
Cuando quise decir que eso se potenciaba por el contexto que estoy viviendo, me cortó de nuevo y llevó la conversación hacia un lugar del que nunca volvió. Así, no pude decir que estuve diez días sin hablar más que con cuatro personas. Que esperé los días para ver a mi dentista y romper esa racha casi como un preso los tacha del almanaque; para, además de hablar, encontrar un toque de comunicación, y que estuvo re cortante ("ah, Olga, hola" dijo con el tono que se usa ante lo inevitable, casi como un "ah, vos", y la vez siguiente ni un beso me dio). Y que quizá no nos veamos más. No pude decir que se murió mi viejo, lo cual suele garpar. No pude decir que estoy bebiendo más. No pude decir que vivo con una persona al borde del delirio místico (o definitivamente en él, ya no sé), que el abogado me bardea diciendo "lo vamos a hacer entrar al siglo XXI" porque no tengo teléfono y que entre ambos me puentean con las cosas que nos incumben a los tres.
No pude decir que no pude decir "feliz cumpleaños" un par de veces que me hubiera gustado, que habría sido un destello de comunicación si esas dos palabras hubiesen sido pronunciadas y bien recibidas. (No pude decir que pensé en mandarle por mail la última oración a una de esas personas y que desistí cuando volví a recordar todo su silencio, el mismo que me había hecho desistir de decírselo). No pude decir toda la energía que pongo acá, todo el tiempo que me lleva buscar una palabra, cuyo resultado será la nuda nada.
Me dice que lo que refiero es algo "leve" y que haga psicoterapia. "¿Qué posibilidades tenés?", me pregunta. "¿Qué me quiere decir?", le respondo. Entiendo que se refiere a posibilidades económicas, pero ni decirle que soy pobre puedo, que tengo los ingresos de un indigente, que no tengo trabajo y que, seguramente, no podré tenerlo. Me dice que use el plan ese, y todo es tan rápido que no puedo decirle que esa cobertura del GCBA sólo tiene médicos clínicos. Agrega, sobre mis palabras, o sobre mi preparación de palabras, que en el hospital están dando turnos para junio.
Dale. Total, puedo sufrir tres meses más, puedo convivir tres meses más con la cercanía de la convulsión o del estallido. Es una sensación re copada. "Si no, venís de vuelta", dice cuando ya me lleva en su ola hasta la puerta. Y ni una buena tira al final, ni un "si pudiste dominarlo antes, ahora también deberías poder". Nada. Cero empatía, cero contacto, cero comunicación. Te tiran a la basura, a esa avenida oscura y desolada.
(Al día siguiente, llamo al teléfono del dichoso plan para confirmar si hay psicoterapia, y, obviamente, la respuesta es negativa. Y cuando le pregunto, retóricamente, a la mina que me atiende, que sí me dio su nombre y apellido –porque los telefonistas están obligados a identificarse, pero los médicos no–, qué hago ahora que la médica me dio un dato mal, me responde que vaya al hospital donde hice el trámite, que allí me van a dar folletería. No quiero folletería, quiero respeto y atención, reventados hijosdelamierda).
Nadie se entera ni de la cagada de la médica anónima mandándome a un lugar que no es, ni de su desconocimiento de los planes que ofrece su propio empleador, ni de mi padecimiento ni de nada. Cero reclamo acreditado. Todo funciona perfecto, en todo estás vos. Y el esfuerzo que uno hace tratando de pedir ayuda ANTES de reventar es al pedo. Parece que quieren que uno reviente, que vaya hecho mierda, temblando y mordisquéandose los labios como la chica de las cicatrices. Que sea eso. Que seamos mierda.
Ya es de noche y no quiero cruzar esa zona laberíntica e inhóspita. Entonces doy la vuelta para salir por Agronomía. No sé qué bondi tomarme ni dónde bajarme. Cuando llega el 146, de pedo le digo "hasta Medrano". Me cobra 6,25 y en el cuadro tarifario veo que la sección termina en Medrano.
Viajo en el primer asiento. En una parada, golpea la puerta un tipo apurado que está hablando por celular. El chofer le abre, el tipo le pregunta si va a Acoyte y Alberdi, el chofer le dice que no, mientras yo, simultáneamente, también le digo que no y de la nada agrego que se tome el 135, al que vi hace un rato delante nuestro. Demasiadas, irrefrenables ganas de hablar parece que tengo, porque me sale un dato –correcto– de un colectivo que jamás en mi vida tomé.
Llegando a destino pienso en pasarme una parada para caminar menos, pero es tan obvio que estamos en Medrano, y yo estoy en el primer asiento, y capaz el chofer se acuerda de que pedí hasta allí, que no me parece. Bajo, empiezo a caminar, decido volver caminando y no tomarme otro colectivo que me dejaría a un par de cuadras de casa. En un momento del largo trayecto, veo un billete verde nuevo en el piso. En un solo movimiento me agacho, lo recojo y lo aprieto en la mano, sin guardarlo en el bolsillo para que el forcejeo que debería hacer con los bolsillos rotos del pantalón no evidencie que encontré plata. Un par de cuadras después abro la mano y develo la incógnita: no es uno de quinientos, como la otra vez, pero son cinco pesitos. Gracias, digo, como siempre. Gracias a quien corresponda.
Sigo caminando, no sé cuántas cuadras ya, y en un momento diviso, unos metros más allá, en la esquina, a un perro sin correa ni bozal que deambula indeciso, sin saber si agarrar por la calle o por la avenida. No sé si está perdido o si sus desaprensivos dueños lo sacan a pasear en esas condiciones. Cruzo la calle para evitarlo mientras digo, casi en broma, "juira, perro", y antes de llegar a la otra vereda descubro un sol brillando en el asfalto de la noche: una moneda de un peso que rápidamente va a parar a mi mano mientras esta vez le agradezco primero al perro. Y luego, sí, a quien corresponda, a esa misma entidad a la que, últimamente, además de agradecerle, le pedía "ayudame con S......." sin que lo haya hecho. Me da plata a veces, pero no está para darme amor.
Paso por la plaza que está cerca de casa y a esa hora, tipo ocho y pico, hay bastante gente corriendo. Un hijo de puta estacionó la mitad de su auto en la vereda y las varias personas que vienen en fila india deben pasar por el estrecho margen que dejó el sorete ese. Algunas caminan, otras corren, creo que hay una mujer con un cochecito de bebé. Me hago a un lado para que pasen, mostrando, como siempre, solidaridad runner. Una chica un poco petisa, tal vez un poco gordita, piel blanca, remera blanca, viene a buena velocidad, supera a quienes encabezaban el grupo, me mira, me mira, pasa a mi lado mirándome, y cuando supera mi posición dice "gracias" con una sonrisa amplia, gustosa. "De nada", le digo alzando la voz porque se va, se va, se fue. Dios santo, cuánto hacía que no me pasaba eso: una piña en la frente fue. Una fucking sonrisa, de eso estamos hablando. No de hablar con alguien (situación en que arruinaría todo a la segunda interlocución), no de un beso (chocaría dientes, como la última vez, en julio, con la escort joven de concha maloliente). Una mísera fucking enorme sonrisa.
Voy llegando a la esquina y decido doblar, en vez de seguir hacia mi casa. Doblar para cruzarla de nuevo, una vez más. "Yo sé que esto no se hace", me digo, pero, bueno, es lo que hay. Doblo, llego a la otra esquina, sigo esquivando corredores, y la mina no aparece. Doy toda la vuelta, hasta el sector de la posta aeróbica, donde hay un par de chicas con remeras blancas que podrían ser ella y una con un chabón de barba en el coso ese donde te sentás y levantás tu peso tomándote de unos manubrios. No sé si alguna es ella. No quiero mirar mucho. Ya fue. Quizá lo soñé.
Ayer y hoy fui a esa hora, pero tampoco estaba. Capaz que lo único que me queda es poner un monolito allí, junto al árbol, como un monumento a la sonrisa. Y escribir acá para no convulsionar. Porque ni siquiera puedo suicidarme, que es lo que correspondería, y dedicárselo a todos los que me dejaron de lado. (Bueno, a los que me dejaron de lado malamente; los otros… qué le vamos a hacer).

miércoles, 8 de febrero de 2017

El puente

Tengo terror a las alturas. Un miedo cerval, literalmente paralizante, como el de la última vez que viajé en avión, cuando cruzar el puente peatonal sobre la costanera para llegar a Aeroparque fue un sufrimiento enceguecedor mientras mi madre casi me arrastraba de la mano.
En especial a los balcones y a los puentes. Sobre todo si las barandas no son muy altas, totalmente altas, hasta arriba, hasta el techo, como el puente de la estación Liniers, por ejemplo. Ahí está todo bien.
Puedo cruzarlos, sin embargo. De hecho, al menos tres veces me propuse cruzarlos para tratar de vencer esta tara irracional. Y lo logré. Pude cruzar dos veces el puente de Bustamante y una vez el de Constitución sobre la 9 de Julio. Pero claramente no pude superar el miedo. Sufrí como un cerdo mal degollado y decidí no intentarlo más. (Los puentecitos de mierda junto a los diques en Puerto Madero puedo cruzarlos porque son cortitos, pero siempre voy por la calzada, y nunca por el sector peatonal).
Esta tarde, cuando pido el boleto, la máquina me devuelve, junto con el pitido de confirmación, la mala noticia de que estoy menos quince en la Sube. Mala noticia por el saldo negativo y más mala porque voy a Valentín Alsina, donde no hay subte y la estación de tren está en zona no recomendable. Y no sé si es fácil encontrar otro lugar donde cargarla, en especial uno donde no cobren el recargo ilegal que muchos lugares cobran.
El viaje se hace lento, pese al Metrobús y sus paradas excesivamente espaciadas, al entrar en Pompeya. Vamos casi a paso de hombre, y supongo que puede deberse a que la calle principal de Alsina está cerrada por arreglos. Pero me llama la atención que quienes vienen de provincia no tengan ese problema y pasen a velocidad normal.
En el primer semáforo después del puente descubro la razón. Además de esa calle (Perón ex Alsina no es una avenida, por más doble mano que sea) cortada, en la avenida que baja del puente hay un solo carril libre en sentido provincia porque están hormigoneando la calle, seguramente para las paradas de los colectivos.
Miro un poco la zona, buscando dónde cargar la Sube, pero no encuentro. Voy a donde quería ir, y mientras voy o mientras vuelvo me doy cuenta de que podría cruzar el puente caminando. No por la pasarela lateral, junto al vacío, y separado de este sólo por la baranda bajita. Por la vereda estrecha que hay junto a la calzada, a la que recién hoy descubrí a través de la ventanilla del bondi lenteja. No un día normal, con autos y camiones y colectivos pasando rápido por el asfalto ondulado del puente. Hoy, que el tránsito está trabado y nadie va a más de veinte por hora.
Con el riesgo objetivo disminuido por la velocidad escasa y el temor a dos barandas de distancia, vuelvo al lugar con la decisión tan tomada que dejé de prestar atención a los negocios donde cargan la Sube, total, la cargo después, donde sale el bondi, en la plaza frente a la iglesia. O en la estación. Paso por esos locales lúgubres, abandonados desde hace años, cruzo la avenida, encaro para este lado del puente y empiezo a caminar por la vereda. Alguno en bici se manda por ahí y hace mucho más rápido que los autos y los camiones.
De pronto, la pared maciza que tengo a mi izquierda desaparece y a la altura de la vía, mientras la cuesta arriba se acentúa y yo me alejo más del suelo, lo que empieza a separarme del vacío es una puta baranda que me llega más o menos a la cintura. Dudo, me detengo, miro para abajo, a la gente que camina por la calle rumbo a la escalera para cruzar por la pasarela lateral. Trato de seguir, camino un poco más, me corro porque viene otro ciclista, y no puedo más.
Y me vuelvo.
Ni siquiera llegué a la reanudación de la pared, que está unos metros más allá, después de un segundo tramo de baranda, según veo ahora en Street View. (Mido en la web y compruebo que sólo pude hacer ciento y pico de metros de los cerca de quinientos cincuenta que tiene el trayecto total). De golpe, no pude seguir. Simplemente no pude.
Tenerlo tan fácil, con las condiciones más cercanas a las óptimas, y no poder hacerlo fue una bomba de fragmentación.
Supongo que el origen del terror se remonta al balcón del departamento de mi abuela, un noveno piso a la calle con una baranda estándar, sin cerramiento. Alguna vez me habrán dicho una de esas cosas que les dicen a los chicos para asustarlos y que no jodan, y ahí se cagó todo.
Fuuuuuuuuuuuuck. Acabo de recordar que siendo chico –chico chico, cinco o seis años– fuimos con el jardín o con el colegio no sé a dónde, a un lugar donde había dos toboganes, uno de ellos notoriamente más alto que el otro. Yo, re pulenta, quise subir a donde se subían no sé si todos, pero unos cuantos, tal vez la mayoría: al más alto. Y en la mitad de la escalera me venció el miedo y tuve que romper esa especie de línea de producción que son los toboganes. Me acuerdo del color con el que iluminaba el sol, y que di media vuelta, pedí permiso a quienes estaban detrás mío, que tuvieron que correrse a un costado del peldaño o retroceder hasta el piso, y me bajé. (Por suerte no recuerdo si lloré, qué me dijeron o cómo lo manejé).
Vuelvo, con una lápida sobre mi alma, a la avenida. Pregunto dónde mierda cargar la Sube, me dicen, la cargo (¡no me cobran de más!), busco dónde mierda paran los bondis desviados por la calle cortada mientras pienso en todo esto, los encuentro, me vuelvo.
Pienso, también, en cuántas cosas más de este tenor habrá en mí. Intuyo la comunicación, los horarios, el cuerpo (andar sin remera, el garche)… Seguramente habrá otras que ni siquiera se me ocurren.
Y la resistencia que agito en el otro post se ve, de golpe, tan ridícula. Ninguna resistencia, idiota. Situaciones así muestran nudamente lo que hay y lo que no hay. Y lo que hay es esto, que no deja lugar para nada: ni para palabras como estas, con las que paso todo el mucho tiempo que me lleva ordenarlas y buscar una mejor; ni para entusiasmos previsiblemente vanos con nadie; ni para pasar por la web a ver si un comment, si un mail…, ni para pensar qué carajo haré con mi vida cuando caiga, finalmente, la ola que nunca cae.
No es una cuestión de los demás, no es una cuestión de voluntad propia: es una cuestión de no poder, de no estar en condiciones. Y cuando te encontrás con esto, que seguramente se intuye –como dijo la chica lúcida alguna vez–, cuando es tan abrumadoramente obvio que debajo de cualquier cosa, de diversas formas, aparecerá esto, ¿de qué te disfrazás?, ¿cómo lo maquillás?, ¿cómo lo cambiás? ¿Cómo seguís? Sí, ya sé: olvidándome. Hasta el próximo puente o hasta la próxima situación no tan fácilmente identificable donde me encuentre con que, desbordante de confianza y de símil normalidad, intento lo que hacen todos y no puedo. Hasta que la realidad me lo estrelle de nuevo en la cara. Y el circuito eterno vuelva a ocurrir.

Resistencia (La endogamia de las redes sociales)

La web como lugar para conectarse con el afuera es parte del pasado. Desde hace un tiempo, tal vez desde que el uso del teléfono para acceder a internet se multiplicó enormemente, comenzó a dejar de ser un espacio donde uno emitía para el infinito, para el universo, para todos, dejando una huella, o tratando de dejarla, y se transformó en algo cada vez más endogámico, en el que sólo nos relacionamos con gente que ya conocemos.
Antes, tenías un Fotolog y lo podía ver cualquiera. Facebook mató a Fotolog, y sus diversos filtros de privacidad limitan la posibilidad de que se vea lo que publicás: nadie que vos no quieras podrá verlo (salvo Facebook, su software de reconocimiento facial, la NSA y algunos pocos más).
Y si bien Facebook mató a Fotolog, lo que más se le asemeja es Instagram, que vendría a ser como Fotolog, pero con videos y sin Cumbio. Y con la obligatoriedad de tener teléfono. Y con la chance de que la cuenta sea privada. También Twitter tiene la opción de cuenta privada, de que tus contenidos sean visibles solo para quienes vos querés. Pero, como escuché el otro día, la gente usa la opción de cuenta privada en Instagram muchísimo más que en Twitter porque es más importante lo que se muestra que lo que se dice.
Hasta no hace mucho, grabar un video con el celular tenía como destino subirlo a Youtube. Es decir, ponerlo a disposición de todos, de cualquiera que llegara a ese link a través de los algoritmos de Google. Entonces, los usuarios podían, por ejemplo, repasar fragmentos del recital al que habían ido o al que no habían podido ir. Luego, no hace mucho, eso cambió, y ya no se grababa pensando en Youtube, sino para "compartírselo a" los amigos de Facebook, usando el verbo de esta forma novedosa, tan horrísona como incorrecta, sin la etimológica preposición "con". Ahora, tan poco tiempo después, es, simplemente, para mandarlo por WhatsApp.
Así, de todas las personas que pelaron celu y grabaron en el último recital de SMM al que fui, ni una lo subió a Youtube. Ni una. Ni siquiera los que grabaron con cámara profesional para la banda.
De similar modo, hubo un tiempo en que sacar fotos de tus vacaciones o del lugar donde vivías era para subirlas a Google Earth, a través de Panoramio, recientemente asesinado por Google. Cualquiera podía ver tus fotos de Necochea, de tu barrio o de tu viaje a Nueva York; podía ver las fotos de todos los usuarios y podía buscar en el mapa las fotos de cada lugar. Ahora, casi nada de eso queda. Más allá de que Flickr sobrevive (y más acá de que es una reverenda mierda para eso), Facebook conquistó también ese territorio, y allí solo las verán tus amigos, a menos que decidas publicarlas públicamente. Y que, en ese caso, uno tenga la suerte de caer en tu perfil y ganas de ahondar en tus álbumes, los cuales suelen tardar vidas en cargar.
El tiempo de los blogs pasó hace mucho. Los que pueden escribir se mudaron al absurdamente solipsista Tumblr o se radicaron en Twitter, donde no hace falta tener la capacidad de hilar más de dos oraciones (los que no, se comunican con memes en Facebook). Twitter, de hecho, es lo más parecido a un lugar de aquellos donde uno emitía para el afuera. Sin embargo, prevalece también allí, como en Facebook, la lógica numérica de la multitud: cuanto más seguidores o amigos tengas, más groso sos. Y si no te conmueve la grositud del número, o no podés alcanzarla, tanto en un lugar como en otro tus amigos, parientes y demás integrantes de tu entorno serán el núcleo duro de tus seguidores, y, por ende, el público más probable de tus envíos.
De esta forma, todos circulamos en micromundos donde nadie puede entrar, reforzando lo que ya tenemos, salvo que no tengamos nada. Donde subís 1423 fotos, de las cuales son públicas menos del diez por ciento porque lo que elegís mostrar está dirigido a tu público cautivo, a reforzar la imagen que tienen de vos los que ya te conocen.
Como yo no tengo amigos ni seguidores ni nada; como no tengo familia ni conocidos de los diversos ámbitos en los que (no) me muevo, y como a la gente de mi pasado en general sólo querría verla para escupirle la cara, sigo en Blogger. O porque lo que tengo para decir –que no puedo decírselo a nadie de otro modo– excede los 140 caracteres. O porque alguna vez funcionó y hubo signos vitales. Sigo como una forma de resistencia. Resistencia contra todos, contra todo. Contra la nada.

lunes, 6 de febrero de 2017

Una comunicación esencial

Tiran luces sus músculos faciales cuando le agradezco, a instancias del tipo que cobra, su gestión, aunque nunca supe exactamente cuál fue o si puso plata de su bolsillo.
Un toque baja el fulgor, y caigo en nuestras manos, que convergieron, motu proprio, en el mismo punto del universo. Entre pacientes ansiosos o somnolientos, está sucediendo uno de los gestos que más profundo resuena en mí.
De tanto recordarlo sin encontrar la ocasión propicia para decírselo, comprendí que se trataba de una comunicación esencial pese a la carcasa abollada de la sociabilidad.