domingo, 6 de julio de 2008

laceci_07 (también se ríe de mí)

Fui al cíber y me tocó una máquina junto a una pendeja bastante arregladita que firmaba fotologs. Al rato se puso a hablar por celular en voz considerablemente alta, y poco después llegó al local su interlocutora, quien se sentó junto a ella.
Vestía su celu, su cámara digital (este adjetivo delata mi edad) y un piercing en la nariz, y ameritaba un pijazo más que la otra. Hablaron del cole, de sus amigos/compañeros, del pool donde paran; le sacaron fotos a su fotolog (www.fotolog.com/laceci_07) y chatearon con unos chabones pidiendo que las invitaran a tomar un helado.
En un momento chusmeo su pantalla para ver qué están mirando. Ellas lo notan, cuchichean un instante, lo que contrasta notablemente con la exhibición de la conversación que venían haciendo, y se cagan de risa. Mal.
De mí.
No es la primera vez que me pasa. Una tarde caminaba en cueros frente a la Rural, por Santa Fe, y una flaca sentada en un bar, en las sillas de la vereda, vomitó su risa al verme pasar, abrumándome, o avergonzándome, tanto que un par de cuadras después doblé por Darregueyra y me puse la remera. En un pasillo de PuTan, del lado de Bonifacio, me crucé dos veces en tres minutos con dos minas, cuando iba al baño y cuando volvía, y esa segunda vez, al verme, se miraron y se rieron. En la parada del colectivo, otra vio, mirando desde detrás de mí, el aumento que tenían mis anteojos y también se rio. Y otra llamó a su amiga –“vení a ver esto”– mientras yo pasaba cargando no sé qué cosa rumbo a mi ex laburo, a unas casas de distancia, y no pudieron reprimir esa risita que quizá sea consecuencia de algún daño neurológico. Y otra más le advirtió “es horrible” a su compañera cuando ambas caminaban detrás de mí, una noche, cerca de Alto Palermo, y seguramente mi pelo largo les había llamado la atención. Y hubo otra que dijo en voz alta: “Mirá, el Tío Cosa”, cuando todo el pelo me quedó en la cara, acá, cerca de casa, en la esquina donde dobla el viento. Y una pendeja con uniforme de secundario privado berreta se acercó cuando bajé de un taxi y me empujó levemente, y cuando salí de la sorpresa y giré para ver adónde había ido, o qué había pasado, la vi junto con sus compañeritas, en la vereda de enfrente, cagándose de risa.
Si aún no me convertí en un asesino serial misógino despellejador de pendejas pelotudas, bueno, calculo que nunca lo seré…

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