martes, 31 de agosto de 2010

No me soporto a mí misma

Trato de no entrar a los cybers que no indican el precio en la vidriera o en la puerta. Ni a cada negocio que no exhibe el precio de lo que ofrece. Si querés vender algo, una hora de cyber o un jean, ¡facilitá las cosas!: decime cuánto cuesta y qué características tiene. Trato de no entrar porque me molesta mucho preguntar en los negocios, y seguramente eso me ocurre porque sospecho que, si no tienen lo que quiero como quiero, van a ofrecerme dedicada y convincentemente otra cosa, y la voy a terminar comprando como una perejila, sin poder negarme, sin poder ver que no es lo que quiero, sin poder decir que no.
Pero a veces no queda otra: es domingo, es tarde, ninguno tiene disquetera-compactera-USB, necesito, lo que sea. Eso fue lo que pasó la otra vez. Estaba en un lugar inhóspito, tenía que hacer unas cosas en una compu, ya había caminado un rato buscando, y me metí en el primer cyber abierto que encontré. Aunque no tenía el precio a la vista.
Le pregunto al pibe cuánto cuesta y cada cuánto tiempo fraccionan, y alcanzo a mentirle que ando con la moneda justa, la excusa que alguna vez se me ocurrió para preguntar el precio en un cyber y poder decir que no con un argumento que, al resultarme razonable, me evita sentirme incómoda. Mientras atiende otra cosa, me responde que cobran “un peso la media hora”. Antes de que me diga cuánto cuesta la hora, me anticipo y completo diciendo: “Y dos pesos la hora…”.
La reconcha mía, la de mi madre y la de todas las mujeres de mi familia. ¿Por qué mierda digo “dos pesos”? ¿Quién carajo me manda a hablar por el otro? ¿Por qué no puedo quedarme callada?
Y no importa si, en vez de dos pesos, cobraba uno cincuenta; si era de esos cybers que cobran más cara la primera fracción. Lo que importa, y me revienta de mí, es que les hago el laburo a los otros.
Algo así me dijo la otra vez el médico que me conoce de niña pues atendía a mi abuelx: que trataba de anticipar las cosas, lo que piensan los demás, y me parece que agregó que también era así en mi infancia.
Lo mismo cuando mi dentista suspende la cirugía programada porque se va de viaje, es su cumpleaños, ambas cosas o lo que haya sido. No me llama ella para avisarme: llama la secretaria del lugar público donde atiende y deja un mensaje en el contestador pidiéndome que la llame.
Cuando llamo, la mina me dice que la cirugía se suspendió. Antes de que me explique las razones, sean verdaderas o inventadas, la interrumpo y le digo que “ya sé, creo que ella estaba por viajar”, o algo así. “Ah, ya sabés”, me contesta, y no me agradece que le haya evitado tener que poner la voz para justificar la ausencia de la doctora, que, finalmente, no se debió a un imponderable, sino a su comodidad.
De nuevo, ¿por qué no me puedo callar? ¿Qué mierda quiero demostrar hablando? ¿Que entendí, que soy inteligente, perspicaz, avispada, que tengo alta empatía? ¿Por qué carajo me llevan en su ola? Porque más allá de que me impida hacer pie la potencia que pudiera tener, muchas veces soy yo quien se monta en ella…
Cruzo la calle por la senda peatonal en una esquina sin semáforo y ya no me apuro cuando viene un auto si tengo la certeza de que el conductor me vio. Aprendí a mantener mi paso, a defender mi lugar, a no hacerle el trabajo al otro, a un otro que no me interesa y al que no le intereso.
Cruzo la calle por la senda peatonal en una esquina con semáforo y ya no me apuro si el muñequito rojo comienza a titilar, ni me inmuto cuando un pelotudo quiere hacerse el pistero y acelera el motor con el auto detenido. Porque sé que no va a arrancar. No va a hacerlo aunque el semáforo se me ponga en rojo ni aunque se le ponga en verde.
Eso lo aprendí sola. Sin verlo en otrxs. Me costó años de peatona, pero al final me di cuenta. Y lo hago a propósito ahora. Camino despacio a propósito delante de ellos, y les hago gestos de que voy cruzando por la senda si no paran. Y si me putean, como me putean, les devuelvo la puteada aunque no me oigan.
Bueno: voy a tener que aprender a quedarme callada también. Me pregunto si eso incluirá a este blog.

Inflación

El 17 de mayo compré la poesía completa de Fabián Casas en una librería que está a unas casas de la casa donde vivía Casas. Me costó 65 mangos.
-¿Te lo envuelvo para regalo?
-Sí, por favor. Pero dejalo abierto porque quiero leerlo antes de regalarlo.
-Te lo dejo presentado, y vos después lo cerrás. (…) No lo ajusté mucho, así lo podés sacar. ¿Querés dedicarlo?
-No. No… Hay una canción de Gabo Ferro que dice: “No habrá fotos nuestras ni libros dedicados”…

(“Es una de las cosas más lindas que me regalaron en mi vida”)

El 19 de agosto lo compré de nuevo, para mí. Lo compré en el mismo lugar. Me atendió la misma mina. Me costó 69 mangos.
Se reprodujo en tres meses, en la endogamia de la pila del Horla, en la promiscuidad de esa mesa de novedades. No reprodujo su tamaño, no tiene más poemas. No sé si reprodujo su valor, ahora que va por la segunda edición. Reprodujo su precio a un ritmo importante: más del 6% en 3 meses, 24% anualizado.
Me pongo de mal humor cuando me dice el precio. Pero quiero tenerlo. Y cuando entro a un lugar y pido algo, me es muy difícil decir “no” aunque el precio sea mayor que el esperado. (Sí, por eso quiero que las cosas digan el precio en la vidriera).
-¿Te lo envuelvo para regalo? –Mientras, de nuevo, pega el puto sticker de la librería en la portadilla.
-No, no. Es para mí.
-¿Una bolsita?
-Sí, por favor.

Acrecienta mi fastidio recordar que están fuera de esa completud poética las canciones de Pez&Minimal.

Es de noche cuando llego a casa. Dejo el libro y camino más de quince cuadras para ir a la farmacia y cambiar el paquete de forros que compré ayer. Estaban vencidos.
(El placer de la transacción, el que da gastar, se hace arduo: ayer la librería ya había cerrado y los forros estaban vencidos, hoy me cobran más de lo esperado).

Me quedo sentado en el borde de la cama después de sacarme los lentes. Desnudo y con el pelo húmedo por la ducha, hojeo el libro un poco. Encuentro esto:

BRASAS

Toda la noche caminando sobre brasas
y a lo lejos las puertas de los autos
que se cierran de un golpe.
Estás harto de la comida seriada de los aviones
y del doble que crece a costa de tus nervios
tratando de conquistar el mundo
o metabolizar el día.
Que está extraviado. La buena onda
se echó a perder hace una semana.
A los jeans mojados les crecieron hongos.
Y las palabras que elaboraste de disculpa
son las migas que deja un paranoico
para saber cómo volver a casa.

La bronca por los cuatro mangos extras se disuelve. Recuerdo especialmente mi fastidio porque siento que no me importa, que no importa. Cuatro, ocho, doce mangos más. Los vale, me digo, y pienso en qué determina el valor en casos como este.
Y me voy a dormir en la frecuencia mental que construye el trabajoso milagro de las palabras ordenadas. Que cambian el aire, y la cabeza, y que sedimentan.

“Nos pone mal tener miedo en nuestro propio colegio”

El imberbe se llama Iván, y el zócalo del noticiero no consigna su apellido. Pertenece al centro de estudiantes de un colegio cuyos alumnos protestan para reclamarle soluciones a ese enemigo tan obvio que es el gobierno macrista por las condiciones edilicias y, a partir de eso, por toda su política educativa.
Ivancito no tiene la gimnasia oratoria de un cuadro político estudiantil y habla frente a las cámaras con la voz entrecortada de quien estudió tanto para el examen que las palabras le salen ajenas. En su discurso casi no hay terminología militante, sino palabras del lenguaje cotidiano, y eso lo hace más natural, más creíble, y genera más empatía. Es uno de nosotros, el hijo de uno de nosotros, un pibe común contando con expresiones comunes que “nos pone mal tener miedo en nuestro propio colegio”. A él y a sus compañeros los pone mal “su” colegio. ¡Pobrecitos…!
¿Sabés algo, nene? Ese colegio de mierda no es “mi” colegio, y no creo que pueda ser el colegio de nadie. Los que sienten algún tipo de pertenencia respecto de esa cárcel la sienten porque tienen vocación de carceleros (como algunos compañeros míos de entonces, que hoy son preceptores) y/o porque los obnubilan la soberbia y el engreimiento que se les cría por ir a un colegio estatal más o menos conocido por el nombre, y no por un número o dos.
Yo también sentía miedo en ese colegio. Miedo, angustia, desamparo… Y sentía eso no porque se desprendiera mampostería, cosa que ya pasaba, sino porque el cuerpo docente buscaba eso. Recuerdo al regente de la primaria diciendo ¿casi? textualmente en el funesto viaje de fin de curso, ante no sé qué comportamiento nuestro que en esa época se juzgaba indisciplinado, que no le tuviéramos miedo cuando gritaba, que le tuviéramos miedo cuando hablaba despacio. Diciéndolo despacio, con un énfasis reforzado por el tono medido de su voz, disfrutando la última vez que nos iba a causar miedo. Y reprochándonos que algunos tuviéramos la remera del colegio puesta cuando cometíamos las ínfimas tropelías de que éramos capaces. (Ey, infeliz, me ponía esa mierda, que encima era de una tela horrible, porque no tenía otra).
Y, la verdad, no le tenía demasiado miedo a ese tipo. No entonces. Tenía más miedo de que mis compañeros se dieran cuenta de que tenía problemas intestinales y que me había cagado un par de veces; de que notaran el olor mientras sentía el palomón secarse en mi culo durante un interminable viaje en micro por no sé qué supuesto atractivo turístico de Punilla; de que descubrieran que me lavaba los calzoncillos mientras “me duchaba” y los ponía a secar en el bolso; de que no se secaran, porque me quedaba sin ropa interior, y encima mi madre –muy ocupada, seguramente, en darles plata a los docentes para que compraran alfajores el día de mi cumpleaños y, de improviso, me hicieran repartírselos a mis compañeros– me había puesto menos calzoncillos de los necesarios.
Más que miedo era asco lo que tenía cuando llegaba la hora de ducharse en esa bañera, y me lavaba como podía en el lavabo; tenía repelús de compartir la cama matrimonial con otro compañero en ese hotel sindical donde nos alojábamos. Y ahí no tenía escapatoria… Sentía encogerse mi espíritu y mi capacidad de adaptación cuando se hablaba de que quizá se organizara una reunión-fiesta-loquefuera con pibes de otro colegio, de un colegio con minas, y uno de mis compañeros se vestía y peinaba como si fuese a protagonizar una escena de Pelito.
No tenía miedo, sino aversión a la exposición, y eso me pasaba incluso cuando no era en contra mía, cuando un yosapa docente pedía un aplauso para mí porque tenía puesta una remera que decía “Necochea”, y, según él, eso era destacable ya que todos usaban remeras con inscripciones en inglés… Y tal vez hubiera algo de miedo en esa aversión, en prever, en imaginar, en tratar de evitar.
Tenía náuseas cuando había que ir con un jarrito y llenarlo en una fuente con agua de procedencia desconocida a la hora del almuerzo o la cena; una fuente por la que pasaban todos los jarros y todas las manos mientras el cuerpo docente bebía Coca Cola.
En ese colegio estaba incorporado el miedo. A que se le cruzaran los cables a algún maestro y se entretuviera en humillaciones hasta que uno llorara, como les pasó a varios, y seguramente también a mí (no, no me acuerdo bien, y no quiero hacer memoria). ¿Qué placer perverso encontrarían en basurear a una criatura hasta desmoronar su ser, hasta que deseara literalmente que lo tapara la tierra, es decir, la muerte? Porque no era un loco, o dos. Eran, con sus matices, la gran mayoría.
Miedo a que te dijeran “vaya al baño y lávese la cara, a ver si así se despierta” porque, según esa sádica profesora de francés, tenías cara de dormido. A que el libretista de telenovelas se sacara y les gritara a niños de ocho años con su aspecto desaforado, reforzado por su pelo mal peinado y sus tupidos bigotes; a que su colega del otro tercero, militar retirado, escribiera una larga tarea en el pizarrón y nos amenazara con que todos íbamos a tener que hacer esa tarea si uno se movía. Una tarea que, por otra parte, era de grados superiores, de cosas que no nos habían enseñado.
Me daba miedo la clase de Educación Física, que hubiera que trepar esos caños imposibles, que nos hicieran armar equipos porque me iban a elegir entre los últimos, que te hicieran el pasamanos con el bolso o con la ropa en el vestuario, y tener que andar corriéndolos en calzones o totalmente desnudo (“G……., se te ven los calzones”, me dijo Orgatxo en el medio de un partido, y que eso se repitiera también me daría una forma de miedo porque después me los arremangaba bajo el pantalón corto en ese tiempo en que todos usaban slip, menos yo, y desde ese entonces odio la palabra calzones).
Daba miedo perderse un gol con el arco vacío y que el profesor te dijera a los gritos, frente a todos, que salieras, que no podías jugar. Y me daba mucho miedo que me pasara como a un compañero, más malo que yo al fóbal, al cual en una época lo llamaba aparte para impartirle unas nociones sobre cómo pegarle al balón. Horror me daba quedar en el lugar del chico con dificultades que evidentemente necesita ayuda, una ayuda prestada delante de todos, para que todos se enteren, y para que todos ayudemos porque somos solidarios. Esa forma de quedar rebajado, minúsculo, impotente, y, consecuentemente, a expensas de las burlas de los compañeros, o de esa torpe y falsa comprensión que es aún más desagradable porque no era otra cosa que refregarte su capacidad para hacer algo tan sencillo frente a tu incompetencia.
Cuando las autoridades me gritaron malamente por ir con zapatillas (¡se me había roto el único par de zapatos que tenía!), tuve miedo. Y todo el rollo que me hice a priori por si me descubrían y la intención de pasar inadvertido eran una forma o una consecuencia del miedo.
Miedo o angustia o abatimiento o quemazón cerebral y espiritual sentí cuando mis padres contrataron el servicio de transporte escolar y me indicaron mal a cuál camioneta tenía que subir, y el tipo terminó su recorrido y quedaba yo en el último asiento. No conocía esa canción de Jimi Hendrix que dice “wait a minute, something is wrong”, pero veía que todos se iban bajando y que el chabón no venía para el lado de casa, y me daba cuenta de que estaba todo cada vez más wrong, de que no era razonable que su recorrido incluyera cruzar media Buenos Aires para llevar a un solo pasajero después de dejar a los demás en una zona específica; de que iba a tener que afrontar una situación en la que no quería estar, y sin que fuese mi culpa; de que iba a tener que hablar y explicar, y no sabía en qué momento hacerlo… Supongo que el conductor (que también era maestro) tampoco sabría, porque los hechos se desencadenaron cuando sólo un delantal blanco asomaba tras la penúltima fila de asientos. Y no me acuerdo más. Mucha negación, por suerte.
Y una leve y diaria forma del miedo se manifestaba al gritarle otro conductor a un chico de nueve años “Arroyo, el culo te abrocho” cuando el pibe bajaba de la Chevrolet frontal naranja, y yo temía que también bromeara con mi apellido, propenso a ese tipo de rimas.
Cuando me decían mono, o negro (incluso los docentes), en cambio, no tenía miedo, sino odio. Cuando no sé que trabajo no había hecho en Actividades Prácticas en segundo grado, y el sorete ese de bigotes y nuca rapada me empezó a llamar y yo me escondí bajo el pupitre y ninguno de los forros compañeros que tenía fue capaz de decir “no vino”, y el tipo seguía gritando mi apellido, y no me acuerdo cómo terminó, ahí sí tuve miedo.
Ir al baño mezclaba el miedo y el desconocimiento. Así, una vez, en segundo grado, terminé meándome encima, y saliendo al final de todos con la ilusión de que no se notara. Creo que nunca fui al baño allí en ocho años. Cuando me pusieron un tres en Dibujo, en sexto o séptimo, tuve miedo de llevármela a examen. Y tenía miedo cada día que había Dibujo: cada hora de Dibujo era un sufrimiento, como cada hora de Francés, de Historia, de Gimnasia…
Seguro que tuve miedo cuando me llamó el de Educación Física de primer año porque no tenía un solo presente en su hora –te ponían presente después de ducharte, o sea, había que ponerse en bolas delante de todos para que te pusieran presente, y la única vez que fui no había agua caliente y nos dejaron ir sin ducharnos-. “Usted no vino nunca”. “Sí, vine tres veces”. “Entonces tiene un dos”.
Seguro que tuve miedo ante una clase de Dibujo, porque el tipo me había amenazado con que si no completaba la carpeta me iba a poner un uno. El forro ese no entendía que detestaba su materia porque era muy consciente de mis totales limitaciones en ese terreno; al pelado ese no le importaba que completar la carpeta implicara obligarme a hacer algo que odiaba porque era –y soy– de madera dibujando: él necesitaba sumergirme en mi incapacidad y en la angustia de estar obligado a hacer lo que me salía mal.
Esa mañana se hizo tarde, y seguramente me ilusioné con que no iba a ir, pero al final no habré tenido alternativa, habrán fallado todos mis argumentos, mis dolores de panza, la fiebre que surge del termómetro contra la bombita, mi llanto tal vez. Me acuerdo que fui en taxi, porque se había hecho tarde. Cuando llegué, me volví caminando. Y en casa inventé una historia de que el tachero no me había querido llevar por ser chico, o que me había maltratado, o algo así.
Demasiado miedo en ese lugar de mierda. Miedo con cada boletín, a medida que se profundizaba mi deterioro académico. Miedo de primero a séptimo: miedo al maestro que nos amenazaba con una jeringa cuando nos “portábamos mal”, miedo cuando la soreta de Francés advertía que no se podía faltar a la prueba, así que “no se tomen ni un jugo de naranja, para que no les dé diarrea”. Miedo en primer año, de que me vieran caminando solo por los pasillos durante los recreos. Siempre miedo, mucho más miedo del que sienten Iván y sus compañeros.
Cuando empezamos quinto grado, no sé si tuve miedo, pero sí una angustia inmanejable, que me hizo ponerme a llorar en clase por nada. Cuando me preguntaron qué me pasaba, inventé que un conocido había muerto en un accidente de tren que había sido noticia por esos días. Y cada vez que todos tenían que pasar al frente, el miedo crecía ante la chance cada vez mayor de que me tocara a mí. Seguro que algo se percibía, porque casi siempre me dejaban para el final. Una de las más espantosas fue en séptimo porque cada uno tenía que hablar de sí mismo. ¿¡Qué mierda iba a decir yo de mí?! Recuerdo que después le pregunté a un compañero qué le había parecido mi desempeño, y él se esmeró en corroborar mis miedos diciéndome con tono despreciativo que no se me había entendido nada y que parecía una “porora”.
Fue ese mismo pelotudo, con quien solíamos jugar con los autitos en los recreos, el que se ofendió mortalmente por algo que no recuerdo si pasó, supuestamente un “¡qué hijo de puta!” que dije con mucho de exclamación, y que él necesitó sentir como una ofensa para su madre. Así, me amenazó todo el resto del día con que me iba a pegar a la salida. Y cuando llegó la hora me llevó agarrado del hombro hasta la vereda, mientras yo trataba de hablar, porque hasta se podía hablar: no era la suya una cólera enceguecida, sino algo planeado, una demostración de su condición de niño dominante en esa relación… Y no me acuerdo que pasó después, calculo que hubo apenas un puñete simbólico, pero de ese golpe, si existió, tampoco me acuerdo.
El colegio no fue el único territorio del miedo durante la niñez. El cura que daba misa en la cripta de la iglesia donde me mandaban a catequesis, en una misa cuyo auditorio principal eran niños de ocho años, y sus familias, en ese lugar horrendo con olor a incienso, en el medio del sermón y a cuento de no sé qué –a cuento de nada, salvo de meternos miedo–, mencionó la supuesta historia de una familia en cuya casa habían entrado unos ladrones que los habían dormido y los habían robado sin que ellos se dieran cuenta. Y es el día de hoy que me acuerdo de eso, prueba de la impresión que me causó. Y seguro que cuando rezaba, pedía, entre otras cosas, que no nos pasara algo así.
Hubo miedo a lo que vendrá, a la forma que tomará el escarnio por hacer el ridículo, el primer día que fui a séptimo y me enteré de que las clases habían comenzado una semana antes. ¡Y yo ni sabía! (mi familia tampoco). Así de descolgado/s estába/mos. Algo similar sucedió en primer año, cuando falté el primer día porque aún no se había arreglado la manganeta que me permitió seguir cursando a la mañana después de mi traspié en el examen de ingreso. O cuando volví recuperado del eritema nosécuánto gracias al que pude faltar bastante, y nos habían cambiado de aula, y tuve que sentarme en el último banco, lo cual fue el clavo definitivo en el ataúd de mis notas.
La vez que citaron a mis padres porque había firmado un petitorio para que reincorporaran a un chabón del centro de estudiantes al que habían echado por lo que fuera que les sirvió de excusa a las autoridades, no tuve miedo… porque no me avisaron, y no me enteré hasta que la vi a mi madre ahí. Cuando la profesora nexo con los alumnos de ese primero (que era la de Francés de una mitad del curso, lo cual hacía que a la otra mitad, la que yo integraba, apenas la conociera de nombre –-> esa señora, que debería tener cincuenta y algo, en mi memoria luce como de setenta y tantos) habló conmigo unos minutos antes de entrar a clase y no sé qué boludeces me preguntó, no recuerdo haber tenido miedo. Sólo la certeza de saber que todo eso era muy ridículo, que todo estaba mucho peor que yo si esa era la atención que podían prestarme. Cuando me quedé libre por faltas a raíz de un error del preceptor tampoco tuve miedo. Tal vez un poco de impresión cuando me mandaron a hablar con el rector en su despacho…
Tenía cada vez menos miedos, y, pese a mi escaso cuerpo, hasta le quise pegar a un forrito que me bardeaba regularmente desde la soberbia que le alimentaban el buen pasar económico de su familia y sus relaciones con el mundo del espectáculo, que lo llevaron a ser un fugaz niño actor. Y le hice la gran Muñeco Gallardo a otro que no sé cómo se rio de mí, y se quedó con las marcas de cuatro de mis uñas en una mano.
De estos miedos me acuerdo, los puedo nombrar y desguazar un poco aunque sea. Pero, sin duda, como en mi historia familiar, hay una cotidianeidad que escapa al recuerdo, a la posibilidad de identificación; que se transformó en sedimento.

El miedo de Iván, y de la otra chica, de discurso más articulado y politizado, que anuncia y justifica la toma del colegio, avalada por las autoridades –que juegan su partido político–, y el de todos sus verborrágicos compañeros es antipáticamente/patéticamente autorreferencial: tienen miedo de que se les caiga un pedazo de techo en la cabeza. A ellos. No tienen miedo, en cambio, de que se le caiga a otro, a un obrero, por ejemplo, como ocurrió, en un hecho que le costó la vida. Son tan comprometidos y solidarios que me llama la atención no haber encontrado en sus declaraciones ni una mención de aquel trabajador.
Esto no es óbice para que comparta sus reclamos. Es bastante razonable querer ir al colegio sin tener que preocuparte por el estado del edificio. Más los comparto cuando veo a una docente a la que también se le entrecorta la voz, oponiéndose caricaturescamente a la toma, debatiendo ante un movilero de C5N con un alumno que no tiene más que una sombra de bigote, llamándolo varias veces “señor” con la intención denigrante que se revela al tratar nominalmente como igual a quien no sólo no lo es, sino que es el destinatario de un trato desigual en el resto del diálogo. (Veo a esa joven chota y me aturden los ecos que les dicen “señor” a los niños de siete, ocho, diez años que fuimos). Y más aún ante todos los fachos que asoman y ponen en menos la palabra adolescente.
Y compartir las reivindicaciones no me impide entrever que detrás sí aparece la política partidaria (lo cual no es necesariamente malo ni condenable).
Estos chicos, que consiguen parlantes ( :O ¿dónde?, ¿cómo?, ¿a qué precio?, ¿quién los paga?) que se oyen desde la calle para sus actividades durante la toma, no van a otro colegio: van al mismo. Y lo consideran propio. Como hacen propio el relato de la tradición del colegio, y en esa tradición juntan alimentos para no sé quién, como en mi época se juntaban para los desprotegidos de las fronteras. Como hacen propio el discurso del prestigio del colegio: así, ellos pertenecen a un lugar prestigioso, que al ser mejor que los otros los hace a ellos mejores que a los otros, tanto que son la avanzada del reclamo de todos los estudiantes porteños por sus derechos.
Nada de eso es propio para mí porque esa mierda es la misma de entonces, una mierda a la que nadie puede considerar propia salvo que sea otra mierda, o un forro considerable, de esos que, consentidos por las autoridades, pintan eslogánes gastados en un mural, del mismo modo que ahora adoptan como consigna el “fuera, Macri” y con ella cierran sus comunicados de prensa.
En ese campo de concentración a cargo de impunes torturadores de almas y psiquis infantiles y púberes y adolescentes hay una continuidad nominal, edilicia, ideológica, personal, incluso energética, que es indefendible. De hecho, sus actuales directivos son los profesores de entonces, comenzando por la ex sex symbol que muy pedagógicamente amenazaba a sus alumnos con un uno.
Hasta en el discurso de los compañeros de Iván que salen en “Duro de domar”, llevados por Gvirtz para seguir tirándole tierra a Macri, hay continuidad: repiten que no es lo mismo hacer política que hacer partidismo, y ese versito lo conozco de hace veintitantos años, de cuando Varela se lo dijo a la de Cívica, que no se había dado cuenta de que los militares ya no gobernaban más.
Y como yo no soy esa mierda, ese lugar no es mío. Yo escupo, o meo, cuando paso por ahí, y deseo que se derrumbe de una vez, o que lo demuelan. Pasar y que no esté más.
¿Ves? Eso podrían hacer. Porque, pese a todos los arreglos, no cambió nada desde que yo cursaba ahí, salvo para empeorar: la escalera central ya estaba clausurada, ya se había caído mampostería, Siberia siempre fue Siberia, y los gatos ya aromatizaban la entrada con su meo. Entonces flasheo con que muden el colegio a otra parte –cambiándole el nombre–, demuelan ese edificio y hagan un Espacio de la Memoria que homenajee el sufrimiento cotidiano de miles y miles de niños que pasaron por esas aulas. No ya a los estudiantes desaparecidos buchoneados por profesores, que tienen su debido recuerdo. A cada pobre pendejo cuya alma se estrujó por la saña y la arbitrariedad de esas lacras, por la imposibilidad de hacer lo que pretendían que hiciera, por estar obligado a relacionarse con compañeros que te despreciaban, te marginaban o simplemente no tenían nada que ver con uno, con los que había unas distancias irreductibles, que realimentaban la marginación y el desprecio.
Imagino un gran espacio vacío, de símil mármol. Sin nombres. Sin árboles. Sin senderos ni declives. Sólo un páramo blanco en el medio de la ciudad. Pienso en eso apenas un instante más, y lo veo varios metros bajo el nivel de la vereda (tal vez para asegurarme de haber erradicado ese lugar desde los cimientos). Lo veo sin desagües siquiera: si llueve, que se evapore sola el agua.
Un vacío pulido hasta quedar completamente liso, hermético pese a estar a cielo abierto. Eso veo.

Transgénicos

Entre tanta manipulación genética de los alimentos, ¿todavía ningún científico loco creó un limón que, cuando lo aprietes, lance su jugo sobre el objetivo –digamos, la milanesa de merluza– y no sobre los ojos, el mantel, el plato, la ropa, la mesada…?
De paso, un par de pedidos más: que cuando lo exprimo sobre la ensaladera, además de dar en el blanco, no deje caer las semillas entre las hojas de lechuga. Y que la mano con que lo aprieto no me quede patinosa.
Gracias.

Extracción (II) * Pastillas

Tengo que sacarme sangre. Tengo que ir con ocho horas de ayuno. Pero hay un problema. Hay dos, en realidad. Uno es el de siempre: el ayuno me pega mal. Voy a tener que tomarme un taxi y voy a tener que llevar algo para comer apenas acabe la extracción.
El otro es que me estoy levantando muy de madrugada. Si me despierto a las dos o a las tres, como preveo, a las ocho de la mañana voy a tener más de doce horas de ayuno, y no voy a poder llegar ni a la puerta de calle.
Termino convenciéndome de que se indican ocho horas de ayuno dando por sentado que una estuvo durmiendo seis o siete de esas horas; que se levanta, se viste y va al laboratorio. Pero que si estuviste seis o siete de esas horas despierta, podés comer algo… (Entendé que no llego si no). No te digo un rato antes, pero, en vez de ocho horas, ¿negociamos las seis horas previas sin comer?
Al final, me despierto una y media, me levanto dos y media luego de tratar infructuosamente de reconciliar el sueño, y hago la comida. Pongo las empanadas en el horno mientras desayuno dos naranjas. Cuando están, las saco, las pongo en el freezer para que se enfríen rápido, y, finalmente, las como.
Terminé de comer a las cuatro. Me acosté de nuevo, para hacer tiempo, y hasta me dormí un ratito. Nunca fue un tema el tiempo de ayuno porque atendían hasta las diez, y llegué con las seis horas que preví. El tema es el tiempo que lleva comer. ¡Una hora y media desde que me levanté hasta que estuve operativa! Y, encima, a las pocas horas voy a sentir que tengo que comer más para no decaer… O como un montón, hasta que no me entran más lentejas con ensalada, y aun así siento que algo no cargó en mi cuerpo.
Es en esos momentos cuando, nuevamente, deseo que exista la posibilidad de alimentarme tomando una sola puta pequeña pastilla que contenga las proteínas y los aminoácidos y los minerales y todas las cosas que necesita mi cuerpo. Como dicen que hacen los astronautas.
Quiero que me den una pastilla, tomármela, y saber que no voy a necesitar otra hasta dentro de equis horas. Claro que, aun si existiera la posibilidad técnica, encontrar la pastilla adecuada seguramente se revelaría muy improbable habida cuenta de la poca puntería que tuvieron todos los médicos que me medicaron durante mi primer distrés psicofísico, hace once años, y todos los que me medicaron durante este, que tal vez continúe desde hace dos o tres.
Entonces me lleno con harinas. Con hidratos. Con pan. Y hasta como salame para que la panza me pese, para que la cabeza tome nota de que el estómago está lleno y mande las señales correspondientes, para que la comida se transforme en una energía que traccione y la autonomía dure.

miércoles, 18 de agosto de 2010

No fear, no hope

Max Weber explicaba las causas de la legitimidad de una dominación y decía que “se comprende que, en realidad, condicionan el sometimiento motivos muy poderosos de miedo y esperanza: temor de la venganza de poderes mágicos o del dueño del poder, o esperanza de una recompensa en el otro mundo, o en este…”.
Así las cosas, trato de no tener miedo ni esperanza.
Ni de desear lo que no voy a tener.

DOTA

La empresa DOTA es la prestataria histórica del servicio de la línea 28 de colectivos. Durante los últimos lustros se ha expandido enormemente y se ha convertido en uno de los dos grupos hegemónicos en el autotransporte de pasajeros porteño.
Pero esa es otra historia.
Lo que quiero contar pasó cerca de treinta años atrás, cuando solo operaba la 28, cuando la 28 era verde con marrón y ocre. Supongo que sería una tarde de fin de semana, que habríamos salido a pasear. Estábamos mi madre, mi abuela –su madre– y yo, y tengo la incomprobable certeza de que sucedió en la estación Rivadavia, cerca de la General Paz.
Pasó un 28, y yo leí su razón social pintada en el lateral del coche, debajo de las ventanillas. “DOTA”, dije en voz alta. Y me dieron vuelta la cara de una cachetada (¡oooops! “Dar vuelta la cara” en lugar de “pegar” quizá sea terminología de ese tiempo, de esa gente). No me acuerdo de quién me pegó. Sólo recuerdo que traté de explicar que dije “DOTA”, tal vez a partir de una pregunta retórica como “¿qué dijiste?”. Traté de explicar que dije “DOTA”, y no “loca”, que es lo que habían entendido, pero ya era tarde.
Es raro. Sólo tengo el recuerdo –o el recuerdo del recuerdo– de que me pegaron. No sé quién fue. No sé si lloré ni cuál fue mi reacción más allá de esa respuesta. Como si hubiese una escena ausente, cuyo contenido conozco, pero no recuerdo. Lo mismo me pasa con un par de golpes que creo haber recibido de manos de ellas o de mi padre. Por ejemplo, esa vez en el patio de casa, donde ahora está la maceta de plástico: no tengo presente el golpe, aunque apostaría a que existió. En la memoria se configura un escenario de violencia, de llanto enrojecido y descompuesto, seguramente. Pero el golpe, no. El autor, tampoco.
La otra es más cercana en el tiempo. Yo tendría nueve o diez años, era la hora de la siesta de un domingo que había carrera, y algo despertó a mi viejo. Probablemente fue algo que hice, quizá el elevado volumen del televisor. Se levantó muy enojado, abrió la puerta de la habitación matrimonial, vino por el pasillo hasta donde se abre el living, y me gritó malamente.
Esa tarde la terminamos refugiados en lo de mi abuela. Esa vez hubo consecuencias: el televisor fue desalojado de casa, y tuvo que exiliarse allá. Recompuesta la calma, a veces iba –me llevaban– a ver tele al departamento de ella, hasta que al año siguiente compramos otro.
No sé –no recuerdo– si llegó a pegarme. Igualmente, fue una situación de violencia e indefensión, y así permanece en la memoria. Podría decir, entonces, que de un modo u otro fue un golpe, que dejó marcas. Pero es bastante barata la comparación: es la comparación que hace alguien a quien nunca le hicieron sangrar la nariz de un viandazo.
Cuando era niñx, como castigo, solían encerrarme en el baño. Con la borrosidad y la certidumbre de un recuerdo de la temprana infancia, me veo allí, esperando desesperadx que los carceleros sintieran satisfecha la necesidad de afirmar su poder y volvieran con la llave. De eso sí me acuerdo, pero de los golpes no. Y estoy segurx de que existieron.

Extracción (I) * Trabajo no calificado

Se supone que hay laburos que uno hace porque no le queda otra, y porque la calificación que requieren es ínfima o nula. Pero aun así hay que saber hacerlos bien.
Si querés laburar de puta, andá sabiendo que no alcanza con sacarse la bombacha y abrir las piernas. Ni siquiera con chuparla o con gemir como en una porno.
Si querés trabajar de mucama, sabé que no alcanza con pasar el trapito con fuerza. Sabé que si arrastrás los muebles y rayás el piso al que le vas a pasar la lustradora, no sólo estás laburando para volver a laburar (y tal vez eso sea lo que querés), sino que estás mostrando un profundo desinterés por mis cosas y por mi casa; es decir, por mí.
Y si te creés más que una puta o una mucama porque laburás sacando sangre, sabé que no alcanza con pasar el algodoncito con alcohol, tantear la vena y mandar la aguja.
Eso debería saberlo la chica que me agujereó el brazo el otro día, la otra mañana, en un lugar cuya sala de espera estaba adornada con fotos de autos y con una foto autografiada de la multitatuada estrella deportiva de la zona. En un lugar cuyo consultorio tiene un par de fotos de personas abrazadas, sonriendo mientras posan, seguramente tomadas en algún evento, y, presidiendo la mesa, un diploma enmarcado, sin vidrio, esmeradamente caligrafiado con falsa letra gótica, que acredita una licenciatura en parapsicología científica.
Cumplió el protocolo descripto luego de hacerme sentar y apoyar el brazo sobre la mesa. Sobre un almohadón que estaba sobre la mesa. Se ubicó del otro lado, me pidió que apretara el puño y me pinchó. Todo normal hasta ahí. Pero en un momento siento que mueve la aguja cuando ya está adentro. Y me duele. Y la sensación desagradable es mucho mayor que el dolor. Escribo y se me contrae el brazo por la impresión que causa el recuerdo.
La experiencia me enseñó que duele cuando entra y duele cuando sale. No mientras está adentro. Salvo que te lastimen. Y apenas ocurre, antes de abrir los ojos y mirarla, sé que pasó eso, que su torpeza o su desconsideración me lastimaron, y que no le importa, que ni se da cuenta.
Al terminar su tarea, toma un pequeñísimo trozo de algodón, lo embebe en alcohol y me dice que lo sostenga contra la sangría. Lo aprieto y me descubro haciendo un movimiento como de sana sana para mitigar la sensación horrible que remite a palabras como agresión e indefensión.
Hace malabares con las probetas, anota en una planilla y, un par de minutos más tarde corta cinta adhesiva hipoalergénica y con ella sostiene el mismo algodón en mi brazo. Me dice que puedo irme, y seguramente ve algo en mi cara porque agrega que puedo sentarme en la sala de espera si quiero. Le contesto que no hace falta, que estoy bien, que traje comida porque sé que el ayuno me pega mal.
Vuelvo a casa caminando, y comiendo, con el brazo duro como el de Scioli y sin poder bajarme las remeras ni los buzos. Al llegar, me saco la torunda, que está casi tan roja como blanca, y me descubro un hematoma.
Hace seis días que me sacaron sangre, ahora voy a buscar los resultados, y todavía tengo el moretón en el brazo, culpa de esta forra.
A la camuca –que no tengo– la puedo echar si persiste en su desidia. Con la trola y con la vampira es a cara o cruz. Con las putas últimamente es cruz. Con la chica del lunar protuberante en la mano también fue cruz. Y no tengo modo de hacérselo saber: no hubo una hora de intimidad, terreno fértil para que se me escape el fastidio por el maltrato, ese fastidio al que casi nunca puedo expresar verbalmente con claridad porque no encuentro una forma que considere apropiada y que sea inmediata.
No tengo modo de hacérselo saber a ella ni a su empleador/a, y, como a la puta y a su fiolo/a, no les importaría porque ya pagué. Y ni siquiera hay un sitio como Foro-Escorts para desahogarme.

El Alplax me pega con delay

Se me venía atrasando el sueño. (Siempre se me atrasa). Y si me dormía muy tarde, me iba a levantar muy tarde, con el tiempo justo para comer antes de ir a un recital; quizá sin margen para descansar lo suficiente, lo cual se presentaba especialmente difícil porque este fin de semana venían los hijos del vecino de arriba a pasarlo con su padre.
No me dormía, y decidí tomarme un Alplax Net. Tenía en la memoria que era de 0,50, pero cuando agarré el blíster vi que decía 0,25, y lo tomé entero en lugar de partirlo de un mordisco, como tenía pensado. Más sencillo que ponerme a hacer orfebrería sobre el Rivotril de 2 mg que tengo, tratando de cortarlo en ocho.
En la última despertada no resolví rápidamente si me levantaba a hacer pis o no. Fatal indecisión. Hay que ser expeditivo, automático, en esos casos. Si no, se enciende la cabeza, y cuesta más volver a dormir. O se hace imposible. Me despierto --> meo. Me despierto muchas veces y hace frío --> me llevo una botella a mi pieza y meo en la botella.
Habré dormido siete horas. Poquísimo para mí.
Finalmente, la falta de compañía y la masa de aire polar me hicieron desistir del recital. (Y justo el chabón tocó “Gris atardecer”. Y cerró con “El rosario en el muro”… ¡Larreconnn!). No hice más que boludear con la computadora esa noche, o jugar al sudoku, y me acosté por las seis y media. Me habré dormido a las ocho. Como de costumbre, me desperté incontables veces. Nunca paró de llover. Eso estuvo bueno, le dio una uniformidad al día que impidió la angustia de ver cómo pasa el sol mientras uno se lo pierde tratando de descansar.
Se hizo de noche nuevamente. Se hizo tarde. La última despertada fue a eso de las diez y media. Podría haber seguido durmiendo: la sensación de cansancio lo pedía, pero mi cabeza no concedió más sueño. Me llamó la atención porque ninguna de las despertadas fue especialmente duradera como para justificar dormir tanto.
A las seis o siete de la mañana tenía sueñito otra vez. Hice unas empanadas, esperé a que se enfriaran, las comí, me acosté y me dormí. Bastante rápido para mis estándares. Serían las ocho. Me desperté nueve y cuarto, hice pis, pegué media vuelta, y, muy rápido para mis estándares, me dormí de nuevo, hasta las doce menos cinco. Y podría haber seguido: seguía teniendo sueño.
Me levanté, porque tenía que ir a tres lugares, y en el viaje en bondi hasta el último de ellos, tipo cinco de la tarde, palmaba. No paraba de bostezar. Después me encendí un poco, es cierto: no me dormí en la larga espera que tuvo que comerse mi encarnación delivery, y hasta volví a casa caminando pese al frío. Tuve que esforzarme para bajar lo que había subido no solo por la caminata, sino por encontrar “Estaré” en la tele, y me dormí como a las diez.
Me pasó algo parecido un par de días después. Tomé el Alplax antes de dormirme casi al amanecer para ayudarme un poco, para no perder tiempo dando esas vueltas que encienden más la cabeza, para tratar de darle cohesión a mi sueño. Y ese día, a la tarde, cuando me levanté, creo que anduve bien. El tema, once again, fue el día siguiente: dormí todo el miércoles, doce, quince horas en la cama; muchas despertadas, sí, ya es costumbre, pero ninguna tan larga como para justificar semejante manera de dormir.
Me levanté, hice alguna que otra cosa, y antes de las doce horas palmaba otra vez. Pero palmaba mal… Y la camuca de arriba no me dejó dormir por tres horas con el repiqueteo de sus tacos y el tendal de ruido que deja a su alrededor. Al final, no recuerdo cuándo logré dormirme. Dormir mal, de a pedazos, y levantarse con el descanso incompleto dejó de llamar la atención, y los días y los desvelos se confunden.
Pero la relación “Alplax-cansancio demoledor un día después” fue nuevamente inconfundible. Entonces me rescaté de que dos veces no era casualidad, de que algo pasa con esa pastilla. Y la dejé de lado para siempre. Y de vuelta se me hizo notorio el desparpajo con que nos clavamos las drogas que hay en el cajón, que alguien nos recetó quién sabe cuándo vaya a saberse por qué. Uno se las manda con una liviandad con la que ya no se mandaría otras, pues trata de mantener anclado el estado de conciencia en ese punto que arduamente supimos conseguir, y quizá le esté dando al cuerpo un veneno peor.

Matrimonio (II)

Haciendo alarde de su conservadurismo, alguien dice que “el matrimonio es un contrato suscripto por dos personas que entra en vigor cuando el pene de una de ellas se introduce en la vagina de la otra. Si falta uno de esos elementos –dos personas, un pene, una vagina–, no hay matrimonio; solo hay una parodia, una truchada”.
Me llama la atención la ausencia de la necesariedad del amor o de algún otro sentimiento. Me llama la atención hasta que recuerdo que se trata de quien dijo que “más que ser feliz me preocupaba hacer lo que creía que debía hacer” y que en su matrimonio fue feliz, muy feliz, porque siempre hizo lo que creía que debía hacer.
Hasta que recuerdo que en sus memorias sólo se refiere a su hijx para mencionar las dificultades burocráticas que casi impiden que lx bautizara con un nombre extraño y para comentar las palabras del obstetra luego del parto, a partir de las cuales pronunció su idea sobre la felicidad y el deber ser.
En un caso y en el otro, pareciera que las cosas se conforman y se constituyen de una vez y para siempre. Que los hijos se tienen –porque hay que tenerlos–, y en el nacimiento se agota la xaternidad. Que el pene entra en la vagina y ya tenemos matrimonio –porque hay que casarse–, y no hace falta nada más; ni siquiera que siga entrando, que siga siendo aceptado, que siga siendo deseado.
Bueno, si hago memoria y recuerdo lo que sé de la vida de esa persona desde que se casó, y desde que fue xadre, sí, piensa eso: que con una vez alcanza.

Es igual

¿A dónde va mi soledad buscando compañía?
Por calles va, por parques, ¡ay!, qué insatisfacción.
De tanto andar entre gente se volvió solitaria.
Busca un lugar, un recital, un complejo vacío.

¿A dónde va mi soledad buscando compañía?
Por calles va, por parques, ¡ay!, qué insatisfacción.
Busca un amor, una canción, metáforas dormidas;
drogas, tal vez, o libertad, nadie que la persiga.
Yo no sé lo que tendrás, soledad.

Pasa el tiempo y todo sigue igual,
pasa el tiempo y es igual.
Pasa el tiempo y todo sigue igual,
pasa el tiempo y es igual.

¿A dónde va mi soledad buscando compañía?
Por calles va, por parques, ¡ay!, qué insatisfacción.
Nada que hacer, nada que ver, nada que hacer, lo sabe.
Busca el placer, la perfección, pero no encuentra a nadie.
Yo no sé lo que tendrás, soledad.

Yo no sé lo que tendrás, soledad.

Pasa el tiempo y todo sigue igual,
pasa el tiempo y es igual.
Pasa el tiempo y todo sigue igual,
pasa el tiempo y es igual.
Es igual.

(Loquero * Soledad)