domingo, 12 de diciembre de 2010

Tiempo y espacio

Estoy despierto un domingo a la mañana, casi al mediodía.
Por la esquina de la facultad pasa un 32. La patente empieza con A y tiene los viejos colores de la línea 21. Atrás viene otro, rojo y gris; el plotter del costado dice 117.
Sé bien dónde estoy. Ya vi que dice 32 encima del parabrisas, ya sé que los ramales a Olimpo cambiaron de dueño.
Sin embargo, la culata tricolor abre una grieta en las coordenadas. Colectivos de las líneas que menos vi en mi vida, un sol ya olvidado iluminando una calle irreconocible con ese tránsito… Esos detalles, unos cambios aleatorios en la escenografía, podrían ser indicios de una alteración espaciotemporal.
Capaz que este es otro barrio, que la vieja General Paz está a un par de cuadras, que la nicotina es la única droga que conocés, que estoy por terminar el colegio y que nosotros podemos ser otros, sin tantos fragores.
(Ya me compré el libro de Pizarnik, y podría ser lo que nos convoque, como fueron los discos con Jagger y Richards).
Una vez en casa, debería orientarme y reconocer el tiempo presente. Pero la biblioteca y los sillones y la mesa con su carpeta verde, y este mismo aire, inalterables por décadas, me siguen confundiendo.