lunes, 31 de octubre de 2011

Ella duerme al lado mío

Y ahora, que la veo de perfil, parece más linda que hace un rato.
La miro en flashes porque se despierta seguido y no quiero que al abrir los ojos encuentre los míos clavados en ella. Se despierta, prueba otra postura y vuelve a dormirse. Su nueva posición le abre el escote, y veo más piel. Veo la piel y cómo respira, cómo se entreabre su boca, y sube y baja su torso con cada respiración.
No sé con quién sueña ahora: separa las piernas flacas y entre ellas queda un espacio en el que quepo perfectamente. Pero se despierta con el mínimo roce de nuestras rodillas. Y me mira. Esa vez u otra, me mira, y sigue durmiendo.
Una intimidad inesperada ha surgido, y mi desconocimiento me hace creer que en ella podrían caber naturalmente palabras, miradas, manos, bocas, o nuestras cabezas apoyadas la una en la otra. Lo que nos separa de ese contacto se me torna difuso e inexplicable, pero, antes de que la imprecisión me juegue una mala pasada, se despierta una vez más, mira por la ventanilla, se para y se apura en llegar a la puerta. Estamos en Sordeaux y se baja acá.

Edificios

El 70 % de los chicos juegan al fútbol en el living, afirma un afiche que, pegado en la ventana de una vidriería de mi barrio, anuncia las bondades de cierto vidrio resistente a los pelotazos. Si eso es cierto, también lo saben los arquitectos y los ingenieros. Entonces, me pregunto, ¿por qué mierda no hacen algo para evitar que los del piso de abajo tengamos que padecer a los niños (y a algunos adultos) jugando su diaria final del mundo sobre nuestra cabeza?
Más sencillamente, supongo: ¿por qué no hacen algo para evitar que escuchemos caminar a la mina de arriba cuando se pone tacos? (Ni siquiera tacos de ocho centímetros: un puto taco chino con noséqué cosa sonora). Respuesta: porque no les importa.
Porque quienes diseñan los edificios nunca van a vivir en ellos y porque ya ni siquiera están pensados para los que malvivirán allí. Incluso en los avisos que publican en los diarios, las inmobiliarias se hacen cargo de eso. Más o menos directamente, lo admiten, y dicen: “Reserve su unidad, revalorice su inversión y asegure su renta”.
Ese eslogan aparece en el aviso de un futuro edificio ubicado en Rivadavia al 1900. Y por más ammenities que ofrezcan, por más imágenes de ensueño computadorizado que creen y por más promesas de bienestar y confort que hagan, la verdad ya ha sido dicha: no fue pensado como vivienda, como hábitat, sino como inversión.
De hecho, si hay un lugar donde difícilmente puedan hallarse el bienestar y el confort y la calidad de vida es a una cuadra de Congreso. Es cierto que cada vez hay menos protestas allí, ya sea porque ahora los cortes se hacen en la 9 de Julio o porque vivimos en un país donde los conflictos sociales parecen ser cosa del pasado, como lo fue la inflación en su época. Pero, aun así, no es un lugar donde uno pueda ponerse a salvo de la frecuencia enfermante en la que se ve obligado a vibrar en esta ciudad y entre esta gente del orto.
No recuerdo cuántas ammenities ofrece el edificio, pero es muy probable que, como tantos otros, no tenga persianas. ¿Es más caro una puta persiana o el aire acondicionado, y el gasto de luz y la contaminación que genera? Respuesta: no importa. Respuesta 2: el aire lo garpás vos, y la luz también.
Me cago en las ammenities. Y me cago en los que compran su depto por esas ammenities y les dan legitimidad a los soretes que inventan cosas que no necesitamos. Yo quiero una sola ammenity, una vital: silencio para descansar. Eso es lo fundamental que debería ofrecerte un departamento, una vivienda en general. Descanso. Debería ser acogedora, y no hostil, hospitalaria y no expulsora.
Pero no es así. Más todavía: la vivienda propia no sólo es casi inaccesible, sino que, cuando uno pudiere llegar a ella, va a llegar a una basura como esa: el escalón inferior, ínfimo, de la categoría “propietario”.
Los edificios nuevos, además de ser invivibles, contribuyen con su “invivibilidad” a hacer más hostil el entorno, generando lo que veo como una gran deyección hacia el afuera. Para mitigar la hostilidad de la propia casa, uno se refugia en cosas que degradan aún más lo que nos rodea, de lo que casi no tenemos registro protegidos en nuestra burbuja. Y así mudamos al exterior el invernadero adrede en que los arquitectos convirtieron nuestro living, sumando nuestra medida de CFC y nuestro gasto de energía al calentamiento global.
Son invivibles y también son “intrabajables”. Si uno habla del trabajo en lugar de hablar del ocio, pienso, capaz que toca alguna fibra en la gente que trabaja y se esfuerza y se convence de que todo eso los hace mejores. Lo hago a veces, cuando digo “estoy trabajando” para que los vecinos aflojen con el batifondo, con la esperanza de que les genere más consideración que si digo “quiero dormir” a las once de la mañana (cosa que está muy mal vista).
En verdad, el auge del teletrabajo hace que cada vez más personas trabajen desde su casa, y alguna que otra inmobiliaria se hace eco de esta tendencia. En el aviso sobre un edificio en Villa Urquiza se dice que no solo será paradisíaco vivir allí: también se explicita la posibilidad de trabajar en él, y lo apropiado que es el edificio para eso. Justo en Villa Urquiza, zona de demolición generalizada para construir estos mamotretos espantosos, uno al lado del otro…
Probemos de obtener la concentración necesaria para el laburo mientras demuelen y construyen desde las siete de la mañana. Probémosla mientras el bebé de arriba da sus primeros pasos sobre mi cabeza a partir de la misma hora. Probémosla preguntándonos cuándo van a terminar ese maldito edificio, y encontrando la respuesta, cuando nos tape la vista a la plaza y oigamos las voces que de él provienen.
Probemos de trabajar un mediodía mientras un vecino le grita a su familia: “Si yo no traigo la comida acá, ustedes ¿qué comen? ¡Mierda comen!”. O mientras una vecina hace proselitismo de pasillo y ascensor buscando votos para que la elijan en la comisión de propietarios. O mientras los nenes de arriba corren y los adultos hablan por teléfono en el balcón o los reprenden con vehemencia (“¿Qué querés, hijo? ¡Dejá de llorar!”, grita exasperado el vecino de arriba/abajo/al-lado). O mientras organizamos nuestra vida en función de evitar los horarios más probables de ruidos, voces, música y ladridos provenientes de departamentos cercanos.
Probemos ya no en la trendy Villa Urquiza. Probemos en una calle de barrio, como Colombres, que, en las siete cuadras donde pasa el 7, tiene siete edificios en construcción o casas en venta con su destino sellado.
Todo esto no tiene mucho sentido, es una larga intro fallida para mi pregunta: ¿Dónde vivir? ¿Eh?
¿Dónde hay un lugar donde YO pueda vivir sin enfermedad alrededor y, luego, pronto, y por ende, en MÍ?

Google Earth

El otro día anduve por un lugar desconocido y extraño, y quise saber qué era. La Filcar no me despejó la duda, así que, cuando tuve acceso a una computadora decente, me metí en el Google Earth para ver de qué se trataba.
Instalé el programa, apareció la imagen de la Tierra, con Sudamérica de frente, y sin necesidad de esperar ninguna referencia escrita, empecé a hacer clic en el lugar preciso, una y otra vez, hasta que se fue agrandando y tornándose reconocible.
Lo primero que busqué no fue ni el lugar donde había estado, ni mi casa, ni mi barrio… Lo primero que busqué fue Necochea.
O, tal vez, al niño que fui allí, que no sé por qué se quedó pegado con esa ciudad ni qué significaba para él. Ese niño, al que recuerdo mirando tantas veces el mapa del folleto turístico que hasta podía dibujarlo de memoria, se lo grababa en la cabeza, y cuando la imagen satelital me reencuentra con aquel damero, lo reconozco cuadra a cuadra y calle a calle.

Mi voz

Mi voz, balbuceando cuando me preguntan qué hago, qué hice, qué voy a hacer, quién soy.
Mi voz en el teléfono, y entonces me dicen “no te escucho”, “¿te desperté?” u “hola, hola, no oigo”.
Mi voz en la radio, quejándose de mi equipo y de su DT, baja a la mitad las lucecitas que marcan el nivel de salida y requiere una atención extra para ser audible y no quedar como un silencio entre todos los otros mensajes, como una falla técnica.
Mi voz, cantando en un susurro para no desafinar.
Mi voz, incapaz de explicar todo esto (ni siquiera con la práctica que da el blog).
Mi voz, muda por precaución.
Mi voz, hablando sola para pronunciar el mínimo de palabras que mi cuerpo necesita decir por día. (Mi voz, hablando sola para que yo escuche el mínimo de palabras que mi cuerpo necesita que le digan por día).
Mi voz, inaudible de nuevo, esta vez para quien está enfrente de mí, y tampoco oye.
Mi voz, debiendo repetir mi nombre varias veces para que lo entiendan. (Mi voz, dudando al decir mi nombre, y, a veces, diciendo otro).
Mi voz, gritándoles en vano a los vecinos que no jodan más. Y ellos, sin gritar, solo hablando, parece que estuvieran en el living de casa.
Mi voz, diciendo por su cuenta un nombre.
Mi voz, que nunca aprendió a hablar.
Mi voz, dejándome cansada después de hablar un rato, de leer en voz alta o de hablar sola.
Mi voz y su frecuencia opaca.
Mi voz, que (¿casi?) nunca convenció a nadie de nada.
Mi voz, que sale baja y no sale.
Mi voz en la calle, cuando hablo sola, dejándome en evidencia si me distraigo y no veo que hay gente.
Mi voz en mi casa, cuando hablo sola, y un ruido me recuerda que hay un vecino cerca, y que tal vez me escucha.
Mi voz, comentando con exclamaciones casi cada cosa que hago.
Mi voz, necesitando gritar. Mi voz, no pudiendo gritar.
Mi voz, desalentándome cuando en una grabación lejana reconozco sus inflexiones y esa risita que busca coronar cada cosa presuntamente graciosa que me veo forzada por mí misma a decir, como una autoclaque.
Mi voz, diciendo palabras ajenas que solo de vez en cuando descubro.
Mi voz, ahogada de pudor si llamo a alguien por teléfono.
Mi voz, hablando sola, imaginando una conversación o mi parte de la conversación, como si practicara.
Mi voz, imprescindible cuando estudiaba y me repetía todo el tiempo el fucking resumen que había hecho.
Mi voz, sin poder emitirse apenas me levanto. Mi voz, dando por comenzado el día cuando empieza a hablarme y me actualiza, un rato después de levantarme.
Mi voz, repitiendo las palabras que alguna vez funcionaron.
Mi voz, cuando la escucho grabada y me suena repetida y un poco desagradable.
Mi voz, marcada a fuego por la sintaxis, a cuyo paso marcha inconsciente o gustosa.
Mi voz, perdiéndose en palabras que buscan ser ingeniosas.
Mi voz, harta de mi relato y de lo no performativo de la palabra (salvo para cagarlo, que ahí sí ellas solas lo logran).
Mi voz, seca de impotencia.
Mi voz, muy elocuente si sos una chica sagaz que no necesita más de cinco minutos para darse cuenta.

Perros, dueños de perros…

Quiero fundar una ciudad. Si alguien creía que no tengo intereses, planes, sueños, acá tiene. Quiero fundar una ciudad. Dogless City. Una ciudad libre de ladridos, libre de teresos en las veredas, libre de mordidas, de perros que te husmeen, de gente que diga “no hace nada”… ¡A vos no te hace nada! No importa si es agresivo o no, si tengo un olor que le dispara el ataque –cosa que ni vos ni yo podemos saber–, si literalmente me va a matar o no… Como mínimo, me está haciendo estar pendiente de él porque me ladra, me sigue, me mira, me impide caminar normalmente.
Quiero fundar una ciudad sin perros. Y sin pelotudos que necesiten tener perros. No sé qué puta carencia tratan de paliar algunos teniendo un perro, no sé para qué lo tienen si el bicho ladra dos horas y media sin parar, de ocho a diez y media de la noche, sin que al dueño le importe. No le importa cuando el animal ladra y no le importa después, cuando vuelve a su casa y encuentra el papel que dejé bajo la puerta de la casa para ponerlo al tanto de la situación. No le importa que el perro moleste ni le importa lo que lleva al perro a ladrar, cosa que, con intermitencias, seguirá haciendo hasta la una y poco de la mañana. Todos los días de esta semana.
La verdad, no sé para qué tiene un perro el infeliz ese. Otros tienen razones más evidentes y “adoptan” todos los perros que pueden porque padecen el síndrome Nicole Neumann: son salvadores del mundo (de la parte canina del mundo) en la medida de sus posibilidades. Así, tienen tres, cuatro, cinco perros… Y, por ejemplo, como vi la otra noche, los sacan a pasear a todos juntos. En la plaza, sin correa ni bozal, cinco ropes cagan y mean, y sociabilizan con sus pares, y luego siguen a su dueña en una imagen casi bíblica. Veo eso y me alivia que no sea mi vecina.
Ya bastante tengo con los viejos de enfrente, que tienen cuatro perros a los que sacan a la vereda, de forma que uno debe esquivarlos, a ellos y a sus deposiciones, y a la fila india que a veces forman esos cuatro pequeños perros sucios y agresivos siguiéndote y ladrándote. Esquivarlos o aceptar ser expulsado de la vereda, claudicar por seguridad o comodidad, y darles el placer de confirmar que no sólo son los dueños de los perros y tienen poder sobre ellos, sino que también son los dueños de la vereda y tienen poder sobre ella y sobre el peatón.
La semana pasada tuve que estar media hora en un monoambiente donde vive una persona con tres pequeños perros y dos gatos (¡y dos televisores!). La verdad, me resulta muy intrincado entender el placer que encuentran limpiando la caca de un perro (¡de tres perros!) y relacionándose con seres dependientes, aunque, como el vecino de al lado, atiendan esa dependencia sólo de a ratos, cuando se acuerdan, cuando no interfiere en el resto de su vida.
Cosas como estas me recuerdan casi a diario que si no fundo mi ciudad, me pueden tocar vecinos así. Que si me voy de acá, no sé cuándo, no sé a dónde, en busca del silencio que necesito, es bien probable que me tope con algo de esto. Y pensarlo me desalienta hasta la inacción.
También están quienes creen que los perros son mejores que las personas, y los que creen que son más desvalidos porque “no pueden pedir ayuda”. Y están los que usan a los perros como su brazo armado. Por ejemplo, el infeliz –¡los infelices!– que ponen el cartelito “cuidado con el perro” en la puerta. (A ver, idiota. Si VOS tenés un perro asesino-en-potencia, el que debe tener cuidado con el perro sos VOS). O los bravucones que sacan a su dóberman o a su rottweiler sin correa ni bozal.
El dóberman galopa por la vereda en la oscuridad de la noche y, lleno de confianza, hasta se aventura a bajar a la calzada, con lo cual esta deja de ser un sitio donde un peatón pueda estar a resguardo de una cercanía excesiva por parte del animal. Tenés que cruzar la calle para evitarlo. O esperar. O dar una vuelta a la manzana. La otra noche, en una situación así, le dije a la pelotuda de la otra cuadra: “¿Y si le ponés una correa?”. No me contestó. Ni me miró. Pero seguro que lo disfrutó, que disfrutó su poder y el peligro que infunde.
Otros, en cambio, caminan cerca del perro suelto, marcando un territorio móvil en el cual se sienten invulnerables. Su fiel perro los defenderá de cualquier peligro, piensan, y actúan en consecuencia. El tipo de acá nomás, hace un rato, es el ejemplo epitómico. Camina escribiendo a dos pulgares en su teléfono, mientras el mundo no existe alrededor, neutralizado por su aguerrido adlátere de cuatro patas, que camina pesadamente unos pasos más adelante, moviendo esos 30 ó 40 kilos de violencia potencial.
Esa gente me genera una furia muy grande. Me encantaría mostrarles que no es así, que su querido perro no es todopoderoso y que ellos no son invulnerables. Pero no sé cómo. En cambio, a las desagradabilísimas personas que ocupan todo el ancho de la vereda con la correa totalmente extendida de su perro (o de sus perros) suelo decirles “¡permisooooooo!”. Es lo único que tengo. Y suele no servir, ¡suelen no moverse!
Hay un tipo que lleva aún más allá el mix de invulnerabilidad y desprecio por el entorno. Vive a la vuelta de Psico, en la calle Loria, frente a donde paran las putas. Loria 278 es la dirección exacta. Pueden darse una vuelta y entonces verán un papelito pegado en la puerta, donde dice:
Advertencia responsabilidad civil.
En cumplimiento y salvaguarda de sus derechos legales, el propietario advierte: no toque la puerta y/o la reja. No permita a sus hijos que lo hagan. Los perros son de guardia. Muerden en forma indiscriminada sin control. Sus mordeduras pueden provocar graves daños con riesgo de vida.
Queda usted advertido.
El propietario.

¿El idiota este realmente creerá que con eso se libra de cualquier eventualidad judicial, o sólo lo hace para asustar, él también, al igual que su ovejero frenético? Un disclaimer así tiene menos validez que un pedo en el aire al lado del Riachuelo. Cualquier disclaimer lo tendría, y más aún uno con esos argumentos absurdos y falaces. Si no podés controlar al perro (cosa que no es cierta, porque a vos te discrimina y no te muerde), no deberías tenerlo. Eso deberías hacer, en vez de pegar papelitos leguleyos. En especial si hay un jardín de infantes a veinte metros y dos colegios en la manzana contigua.
Si yo viviera en Dogless City, no me indignaría con soberbios y desaprensivos como el de la calle Loria o con el que sube al ascensor con el dóberman sin correa ni bozal. No contaría los ladridos del perro de al lado (76 en un minuto, por ejemplo; con picos de 46 en medio minuto). Me iría a dormir sin temor a despertarme con los ladridos cercanos de ese perro de mierda o con los ladridos lejanos de no sé cuál otro. No gastaría energía pensando en cómo hacer para terminar con esta situación o en si el dueño es tan agresivo como su perro y se pudre todo la próxima vez que le toque el timbre, porque seguro que el perro me va a atacar a mí, y no a SU dueño, que es quien lo abandona por varias horas y se caga en su sufrimiento (porque así de abyectos son los perros, que defienden al que los maltrata si es SU dueño, y le mueven la cola agradeciéndole cada migaja que les da).
Pero aun así, me quedarían los dueños de perros canalizando en otra cosa su necesidad de ayudar a ciertos desamparados, su violencia o su desconsideración. En realidad, lo pienso ahora, Dogless City sería un paso previo a Noiseless City. En esa, seguro que no entran. Esa estaría mejor… Pero no voy a escribir el post de nuevo.


P. D. del domingo a la mañana.
En una calle casi intransitada, dos albañiles-pintores-algoasí esperan que les abran en la puerta de un edificio. De pronto, oigo ese sonido siniestro de las patas de un perro hollando la vereda y, antes de que pueda reaccionar, una andanada de ladridos acercándose. Me sobresalto, doy dos o tres pasos rápidos hacia adelante y giro. El perro que me ataca es un enano que no mide más de veinte centímetros de alto, pero tiene la moral de un gran danés. Lo enfrento, amago con correrlo yo a él, y se queda quieto. Ahí. A tres o cuatro metros.
Atrás viene una señora joven y muy gorda. La mina pasa a su lado y sigue su camino. El perro la ignora. Ahora pasa la chica que venía cruzando la calle en sentido opuesto: también pasa junto al perro, por el otro lado, entre él y el cordón. Y el perro la ignora.
Y yo, cuando me doy vuelta nuevamente y retomo mi (sin) rumbo, me preguntó ¡por qué! Primero, me pregunto de dónde salió. Y después me pregunto ¡¿por qué mierda el perro se la agarró conmigo!? ¿Por qué conmigo y no con las minas?
En cambio, sé que fue por mi determinación de no bajar a la calzada que ayer, martes, me ladró un perro grande y negro, estirando la correa hasta que su dueña tuvo que hacer notoria fuerza para contenerlo. Su agresividad contagió al otro perro de la mina, uno más pequeño, digamos mediano, que no sólo ladró, sino que se abalanzó sobre mí, obligándola a hacer mucha fuerza también con la otra mano. Una fuerza insuficiente para contener con fimreza a esas dos bestias, que no cejaron en su acercamiento agresivo, hasta que me clavé una rama en la parte de atrás de la rodilla, señal de que no había más espacio para retroceder sobre ese seto vivo. La dueña finalmente dominó la situación, y apenas escupió un “perdón” casi sonriente cuando ya estaba a varios metros.
A ellos les dedico este post. Y al que la otra noche se me trepó por la pierna en la cortada, estirando también él la correa, y a todos los que me van a ladrar ahora, cuando salga a la calle.

(La verdad, me resulta más seguro hacer valer mis derechos de peatón ante los autos, cruzando por la senda para obligarlos a frenar, que ante los perros. Espero poder mantener mi determinación y mi integridad física).

domingo, 23 de octubre de 2011

Había otro mosquito

Anoche me despertó dos veces un mosquito rondando mi oído. Y el pájaro psicótico con su canto agudo y repetitivo me despertó tres veces más. El tipo que pasó con los parlantes del auto a full a las cuatro de la mañana me despertó esa única vez. Y no sé cuántas veces me despertaron los vecinos de arriba, que se levantaron como se levantan los sábados, a las ocho de la mañana, y hablaron en el balcón –a tres metros de mi cabeza–, donde arrastraron y golpearon el ténder, mientras sus niños corrían por el departamento desde esa hora y hasta cerca del mediodía…
Hoy otra vez me despertó un mosquito. En realidad, no sé si fue el mosquito o el incansable ulular de la alarma de un auto, que siguió sonando por más de un hora sin que el dueño del coche interviniera.
La cosa es que cuando me despierto, noto la existencia del mosquito, y su insistente cercanía, y finalmente se me activa la parte del cerebro que se relaciona con la vigilia y la acción. Prendo la luz, me pongo los anteojos y me dispongo a ver si lo veo. Y lo veo de inmediato, una pequeña mancha oscura que se me mueve sobre el fondo blanco gastado de la pared y de las sábanas. Tiro el manotazo con mi mano inhábil y, en el mismo segundo, creo que lo atrapé y llevo el puño contra la almohada, donde abro la mano para aplastarlo.
Veo su cadáver y me siento muy grosa: ¡en cinco segundos resolví el problema! ¡Yeeeeeeeeeees! Todas las cosas tendrían que ser así, todas las cosas tendrían que salirme así. Unas cuantas, al menos… Y te juro que sería otra.
Aprovecho la despertada para hacer pis, vuelvo a la cama, apago la luz, me acuesto… Antes de dormirme, vuelvo a escuchar un zumbido sobre el interminable sonido de la alarma. Si matar al mosquito de esa forma me subió el ánimo equis medidas, oírlo me lo bajó el doble.
No puedo creer que no lo haya matado bien muerto. Tendría que haberlo descuartizado cuando lo vi estampado contra la almohada. Prendo la luz, me vuelvo a poner los anteojos, miro dónde había abierto el puño con el mosquito adentro, y allí está el cadáver. Indudablemente muerto. No moribundo y aleteando, no agonizante y zumbando. Muerto.
Es decir que hay otro mosquito. Me fijo en las paredes, y no lo encuentro. Tampoco en el techo. Sacudo la almohada para que el aire desplazado violentamente lo haga moverse, y así poder verlo, pero eso no ocurre… Pronto me gana la derrota: apago la luz otra vez, trato de taparme bien y procuro reconciliar el sueño.
En una de las despertadas siguientes, producto del pájaro, de los vecinos, de mi vejiga o de mis sueños chotos e intensos, noto que me pica el borde de la oreja derecha. Me sorprendo, hasta que me doy cuenta de que el mosquito me picó allí, en el único lugar que tenía destapado, en el único lugar que no podía taparme por la posición incómoda en la que debo dormir para que no se me salgan los tapones de los oídos.
No hay que ponerse contento antes de tiempo, pienso. No hay que ponerse contento, en general. No hay nada que lo valga, nada lo suficientemente completo y duradero. Nada que yo conozca.

Besos

La otra vez me daba cuenta de que a menudo me pongo la mano sobre el pecho, como una manera de estar en contacto, o de sentirme en contacto, aunque no pueda ser más que conmigo…
Últimamente, a veces me descubro dándome besos. Sobre todo cuando voy a correr alrededor de la plaza de los transas y tengo el cuerpo caliente y sudado.
Cuando el oxígeno escasea y el límite del esfuerzo parece inminente, a veces me sale besarme para seguir esa cuadra y media que me falta. Y cuando me siento bien, cuando el cuerpo manda buenas señales a las piernas y a la cabeza, también me beso.
Lo mismo, cuando llego al banco en el que me despatarro tratando de recuperar el aliento, como un “bien hecho” que podría decirme en voz alta, o simplemente pensándolo. Pero que me resulta necesario poner en acto de esa forma.
La unánime mudez de las bocas que no me hablan ni me besan a veces me hace pensar si soy sordo o si hablo otro idioma. Mientras, me beso para no olvidar cómo es besar, como es que me besen. Para engañar a mi piel y a mi boca. Y a mi cabeza.

Clapton

Cuando vino Clapton en 2001 no fui a verlo. Era la época en la que me sentía mal y ningún médico acertaba el diagnóstico. Me bajaba la presión, o el azúcar, o lo que fuera, y entonces era un bardo salir de casa, porque incluso si me atiborraba de comida, ese combustible duraba muy poco en mi cuerpo.
Aparte, no tenía con quién ir. Y aunque no hubiera sido así, me fastidia mucho sentirme mal cuando estoy con alguien porque la persona no puede saber exactamente cómo estoy, ni cómo voy a estar en un rato, y capaz que se preocupa más de la cuenta. Mucho peor si vamos a un lugar y termino arruinándole la noche (y la posibilidad cierta de que puede arruinarse ya es una forma de arruinarla).
La primera vez que vino, cuando se llevó una novia argentina, tampoco fui. Pensaba que había sido en el 91, en la primera mitad del 91, cuando mis ataques de pánico me limitaban enormemente; pero acabo de ver que fue en el 90. Así que no sé por qué no fui. No recuerdo si no tenía guita, si sólo se debió a que no tenía con quién ir o qué carajo pasó. La cosa es que no fui.
Ahora tampoco pude ir. Otra vez estoy en el medio de un largo tiempo en que el cuerpo no me responde y la vida se me reduce hasta no parecerse a lo que creo que debería ser. Igual, podría haberlo intentado. Si algunas cosas hubieran sido distintas, quizá lo intentaba.
Con un poco más de publicidad, lo habría tenido presente y habría tratado de acomodarme mejor. Pero hubo poca publicidad: menos que para Roger Waters, menos que para Justin Beavis o como se llame, menos incluso que para Rod Stewart. Yo vi un solo aviso en el diario, nada más, hace como cuatro meses. Y para mí “dentro de cuatro meses” es un tiempo tan lejano que me impide hacer planes. Un tiempo tan lejano que, mientras pasaba, me olvidé.
Si hubiera tenido con quién ir, si alguien me lo hubiera recordado, capaz que iba. Al menos, habría estado más cerca de ir. Y si ese viernes me hubiera levantado bien, habría reaccionado distinto cuando al mediodía abrí el diario y vi que hoy, que esta noche, que en un rato toca Clapton. Pero no había descansado, y esa tarde no dio intentar nada, salvo hundirme en el sillón del living y cerrar los ojos un rato sin llegar a dormirme ni, por supuesto, a recuperarme.
Y ahora mismo bajo a la realidad acordándome de que no sé cuánto costaba una entrada para una ubicación decente, ni cómo se compran las entradas por teléfono, ni cuánto tardo en llegar a River, ni…
Cuando me entero de que sólo tocó dieciséis temas y de que el sonido no fue bueno, la desazón se me diluye un poco. Hasta que encuentro esto, y vuelve en forma de frustración. Cuando veo en estas tres cosas todas las que se me pasan sin que me sienta bien, sin que el contexto ayude, sin que sepa, pueda o logre estar ahí, la sensación es la de un blues eterno.

Ejercicio de poder

“A las mascotas hay que castrarlas antes de la madurez sexual”, dice en la tele el Cormillot de los veterinarios. Y me sorprende la naturalidad con la que habla de mutilar a alguien, a alguien a quien se supone que querés.
En la calle, una señora más que sesentona le pega a su perra sobre el lomo cubierto por un abrigo, y le dice “basta, loca”. Ese “loca” tiene un tono agresivo bien lejano del “loco” amistoso que uno dice a menudo. Es un “loco” violento y denigrante, que no sólo manifiesta el dominio del dueño, sino cómo se comporta ese dueño en situaciones de dominio.
Bajo la autopista, la familia homeless que allí vive también tiene un perro, un perro pequeño sujeto a una silla por una correa ínfima, que –no exagero– le impide dar más de tres pasos. En la casa de al lado, en el departamento de abajo, los perros tienen incansables ataques de ladridos, en especial el de al lado, que puede ladrar a 120 ladridos por segundo aproximadamente.
Pero guarda de quejarte, porque te convertís en un desalmado que no quiere a los animales. La vieja los adora, no ves que le compró el abrigo al perro, no ves a toda la gente que va al pet shop y les compra chucherías a sus mascotas gastando en eso más guita de la que yo gasto en todo un mes. No ves que hasta los que no tienen nada tienen un perro y comparten su comida con él. No ves que adoran al bicho porque la existencia del animal les permite ejercer su poder mandando y sintiéndose indispensables, y, de paso, porque está en su naturaleza, disfrutándolo.
Lo que no ven muchas personas es la consecuencia. En realidad, no me ven a mí: hablo con alguien del perro que otra vez me cagó el sueño con sus ladridos, que ladra frenético a las seis y veinte de la mañana, desde las diez y media hasta el mediodía, a las tres de la tarde, a las siete y media de la tarde (esta no falla nunca), a las once de la noche… Hablo del perro para explicar por qué me siento mal, y mi interlocutora dice: “¡Pobrecito!, se ve que lo dejan solo”.
No, pobrecito el perro no. Pobre yo, que pierdo un día tras otro culpa de ese bicho maléfico. Bueno, pobre el perro también si sufre. Pero ahora estás hablando conmigo. Me tenés a mí enfrente tuyo, me tenés hundido en una silla, pálido y agotado, culpa de los ladridos, ¡y el pobrecito es el perro!
En la puerta del edificio me cruzo con el vecino de arriba, que está entrando el cochecito con su bebé a bordo. Hablamos las cordialidades de rigor, y, mientras el niño duerme, el padre me dice que ahora está durmiendo, pero que lloró toda la noche y no lo dejó dormir casi nada, a él que se levanta tan temprano.
“Pero son divinos los chicos”, dice, minimizando la queja, y en una explosión incontrolada de honestidad me sale decirle: “Sí… No sé… Por suerte no tengo”. De inmediato trato de arreglarla, y él me dice que uno pierde cosas con los hijos, es cierto, pero gana otras, y que los disfruta mucho. A todos. A este y a los de su matrimonio anterior.
Lo vieras al vecino, tan sensible con sus hijos. Tipo con hijos seduce. Tipo comprando con los nenes en el súper tira, no me digas que no… Tipo paseando con los pibes un sábado a la tarde despierta miradas y suspiros. Los hombres con hijos tocan un punto difícil de controlar para muchas minas, y esa imagen que combina ternura y experiencia puede ser letal para algunas. Para la jermu del vecino, por ejemplo.
Ella no sé equivocó cuando eligió a su pareja, al padre de su hijo, porque si los chicos son divinos, él también. Es tan divino que seguro no es él quien le grita a una criatura de un año. Quien le grita con ese grito sacado de persona (muy) violenta que me estremece a través de la ventana.
Es un grito que reemplaza al golpe que daría en cualquier otra circunstancia. Lo reemplaza solo físicamente, porque es un golpe. Lo es para mí, que estoy protegido por el techo y las paredes, y más lo será para el niño, a medio metro de distancia. Es una parte del cerebro que deja de irrigarle, o que le irriga en exceso, es alguien desaforado por un bebé de un año que hace lo que hacen los bebés de un año.
No sé a qué edad se empieza a dejar de soportarle todo a un chico y se comienza a quemarle el inconsciente con la idea del portarse mal. Digamos: si te bancás que el pibe llore toda la noche porque lo considerás natural, lógico, normal y esperable, bancate que toquetee todo, que lo manosee, que se le caiga, que se le rompa, que se lleve las manos sucias a la boca, y, en todo caso, decile una y otra vez por qué no debe hacerlo, hasta que finalmente esté en condiciones de entenderlo. Bancatela básicamente porque son cosas del mismo género, y enojarse y agredirlo revela que no entendés nada, y, además, que te va ejercitar tu poder sobre un desvalido.
Y si vas a gritarle, sé coherente. Porque le gritas cuando toca no sé qué cosa, pero cuando golpea el ventanal hasta que me despierta con el previsible fastidio y también con miedo de que lo rompa y se le caiga encima, y muera desangrado, quizá, como le pasó a aquel rival del gordo Domínguez, cuando pasa eso no le decís nada.
Si me quejo, me transformo en la persona intolerante con los niños, “¿no ves que son chicos?”… ¡Si son chicos, explicales! Y dales el ejemplo, de paso, que si vivís insultando es bien comprensible que tu hijo insulte a su hermana diciéndole “gorda” (“gorda lechona”, le dice, y lo más llamativo es que la nena ni siquiera es gorda; ¿o lo llamativo es que ni el padre ni la madre le dicen nada?). Y si son chicos… ¡yo soy grande! Y quiero vivir sin que me agrieten el techo ni el cráneo con su fútbol-en-departamento.
Ahora mismo, a las tres de la tarde del domingo, el rope desata una ráfaga de ladridos. Y hace un par de noches ladró sin parar desde las ocho hasta, mínimo, las diez y media. Onda que te está diciendo algo, dueño del perro. Pero a vos no te importa. No te importa lo que te dice el perro ni te importa lo que te pueda decir yo porque lo único que te importa es tener.
Porque hay que tener, y ellos tienen. Tienen un hijo, tienen un perro… Lo tienen no pensando en el chico o el perro; ni siquiera pensando en ellos y en disfrutarlo estando con él. Lo tienen para tenerlo, para que esté en el inventario, en la lista de cosas que tienen, y que, como la ropa, usan cuando le vienen ganas. El resto del tiempo, al perro lo pasea el paseador, o lo dejan solo y llorando (porque obviamente tienen un perro superdependiente, que no puede estar solo un rato sin llorar de manera incansable); al chico lo cuida la niñera o la abuela, o lo llevan a la guardería a los seis meses. Digo yo, sin valorar todo ese esfuerzo, el esfuerzo que hacen por tener, para tener, en tener…
No es por el perro que se lo castra: es por la comodidad del dueño, a la cual el animal contribuye no sólo con su compañía y las demás cosas que pudiere hacer, sino también con sus genitales. No es por el niño y su bienestar o en orden a una mejor capacidad de relacionarse con las personas que le gritan: es para que sepa quién manda, para que obedezca cuando al adulto le pinta la voluntad de ejercitar su poder.
Yo no necesito presenciar, escribir y releer cada una de las cosas que aquí relato para saber que no quiero tener poder sobre nadie: ni sobre una mascota, ni sobre un hijo, ni sobre un empleado… (Y a veces no sale, que tampoco se puede abolir sin más, pero bien mal que lo vivo cuando me descubro así).
No quiero poder sobre los genitales de una mascota ni sobre la psiquis de un niño, ni sobre su cuerpo, porque, en el caso de mi familia, las conductas y las enfermedades se repiten de generación en generación.

domingo, 9 de octubre de 2011

Lejos

La otra vez, habrá sido en verano porque me acuerdo del aire acondicionado, pasé por la sucursal de Jenny que hay en Caballito y, cuando vi que en la vidriera había unos discos expuestos, me ganó el impulso de entrar y ver qué más tenían. Hacía mucho que no entraba a una disquería, algo que en una época era cosa, literalmente, de todos los días. Pronto me desanimaron esos insufribles armazones de plástico que les ponen a las cajitas de los cds, que hasta impiden ver qué temas traen. Así que crucé el pasillo y miré algunos libros. Incluso hojeé dos o tres, como no me da hacer en la librería donde el año pasado compré un par de veces.
Al poco tiempo, andaba con unos mangos y me vinieron ganas de comprarme la poesía completa de Giannuzzi. Fui a la librería esta, donde no puedo ampararme en la cantidad de gente para leer sin comprar, y no lo tenían. Es más: ni me hablaron de la edición que había visto en la web. Se me ocurrió que quizá podría encontrarla en la librería grande que está en Santa Fe, donde antes había un cine, pero se ve que mi interés no era mucho, porque va a hacer un año y nunca fui.
Antes de que se me acabaran las ganas y la guita, volví a pasar por Jenny, viniendo o yendo a no sé donde, y volví a entrar, y fui derecho a la librería. En los estantes de poesía, me llamó la atención un libro de Carver, y lo leí un poco. (Los poemas largos pierden punch, Raymond, pierden punch y demandan una concentración excesiva. Los cortos te salen mejor, de onda).
El espacio es muy pequeño, y alguien parado obliga a otro que quiera pasar a acomodar el cuerpo. Una mina del lugar, no una vendedora –reconocibles por la sumisión y la ansiedad que delata su lenguaje corporal–, sino tal vez una encargada, pasó apurada y musitó algo que entendí como que no se podía leer ahí. No lo dijo claramente, y entonces no me hice cargo por completo y seguí leyendo, aunque con un ojo atento a si volvía a verla para regresar el libro a su lugar rápidamente, sin darle tiempo a acercárseme.
Como “esto no es bibliotecas”, tal cual advirtió Apu, tampoco sé si da ponerse a leer en uno de los sillones que hay a un costado. No sé cómo son las cosas, no tienen un cartel que te diga cómo proceder, y apenas puedo tratar de mimetizarme, y saco un libro del estante porque hay otras personas que ya lo hicieron, mientras trato de demostrar la seguridad y la determinación suficientes como para que ningún vendedor me encare y me pregunte qué estoy buscando.
No tenían nada de Giannuzzi. Tampoco de Fabián Casas. Igual, seguí mirando, más bien por mirar, y descubrí con muchísima sorpresa un libro en el que yo había trabajado. Un libro que aún hoy tengo en la computadora. Busco el archivo de Word, y acá está: ahora lo abro, y hay algo en esa dualidad espacial que me sigue pasmando.
Había varios ejemplares (es más: no recuerdo que hubiera tantos ejemplares de un mismo título en esa sección), y obviamente saqué uno de su lugar y lo hojeé. Esa coma la puse yo, ese ordenamiento cronológico lo decidí yo, ese poema aparece porque avisé que se habían olvidado de ponerlo aunque lo mencionaban en el prólogo, todo eso lo tipeé yo…
Me impresionó encontrar algo mío en ese lugar y, también, casi hasta el sofoco, que sólo yo supiese que en ese libro había algo (tiempo y energía) mío. Ese pasar inadvertido no fue, evidentemente, el que vive Piñón Fijo cuando va a un lugar sin maquillaje y nadie sabe que es él quien está ahí. Fue la comprobación de que aun tratándose de algo concreto –no de mis (supuestas) potencialidades, no de lo que existe solo en mi PC, sino de un objeto, que estaba en papel, impreso, tangible y comprable–, yo y lo que yo hago no habían cambiado nada de mi realidad ni de lo que me rodea.
Ahora que lo recuerdo, lo que me impresiona es lo lejos que quedó eso. Otro libro del mismo autor y/o compilador se publicó no sólo sin que yo trabajara en él: sin que me avisaran. Y otro más, el último, lo corrigió un “corrector profesional”, según me dijeron cuando vi las pruebas sobre una mesa un día que habré ido a entregar un trabajo o a cobrar.
A ese corrector profesional se le pasaron algunos errores que salvé esa tarde, mientras esperaba, como despuntado el vicio o la obsesión, y se le pasaron otros, que descubro apenas hojeo el libro ya publicado. Cuando los noto, no puedo decirme “yo lo habría hecho mejor” porque el único trabajo fijo que tengo, la gacetilla mensual de equis lugar vinculado con toda esa gente, salió con un error la última vez. Con un error tonto, y por eso mismo más irritante. (Con un error que fue rápidamente advertido, a diferencia de los del corrector profesional…). Con un error que revela la imposibilidad de concentrarme que tengo.
No puedo fijar la cabeza en ningún lado. Tal vez, lo pienso ahora, porque intuyo, o preveo, o sé, que ninguna de esas cosas en las que no puedo concentrarme me va a llevar a un lugar mejor. De todos modos, me fastidia y me frustra mucho no tener la concentración ni la tensión ni las ganas necesarias para hacer un laburo así, tanto como ver lo lejos que quedaron.
Igual de lejos quedó sentir molestia o bronca por el ninguneo de mi trabajo. Ni un “espero que lo haga mejor que yo” pude decirles cuando me dijeron lo del profesional. No sé si porque ya me chupa un huevo, porque no me siento en condiciones de hacerlo (porque un pequeño trabajo una vez al mes me resulta un esfuerzo enorme), porque en algún lugar acepto su menosprecio y no puedo defender mi trabajo o porque es al pedo hacerlo. Por lo que sea, no se me ocurrió decirles nada. Y por lo que sea, recién ahora me doy cuenta…
Más seguido noto lo lejos que han ido quedando ya no el vivir en un lugar sano, sino la mera posibilidad de pensar en eso. Como queda lejos lo que me hacía seguir este blog; como quedó aún más lejos la página web que tenía, a la que no actualizo hace dos años. Como quedó lejos la costumbre de anotar mis gastos y mis ingresos para saber exactamente cuánta guita tengo (en eso sí reparé un par de veces, y supongo que ocurre desde que siento que esos 600, 800, ¡1200! mangos no van a cambiar nada significativo en mi vida).
Como queda lejos el cuerpo que tuve, y este, más viejo, me pasa facturas, mientras yo todavía espero al otro, tal vez para no abatirme con la comprobación de lo que ya sé, que se pasó una mitad de mi vida, la más vital. Como quedó lejos la facultad, tan lejos que, cuando me acuerdo, no puedo creer que yo haya podido cursar dos años y pico.
Como quedaron lejos las palabras con las que trataba de decirle a mi entorno su enfermedad, que me contagió y me llevó puestx. No sé si es por la renovada agonía de mi padre, por la fuerza de las programaciones de control mental de mi madre y por sus rezos (ella siempre creerá que es por eso) o porque comprobé su inutilidad, pero no puedo pensar nada lúcido sobre este rollo. No tengo más ideas ni palabras, ni propias ni ajenas.
Callo, entonces, y parece que me gana la dinámica de la quietud cultivada por esta gente, que espera nosésabequé, una manifestación divina quizá, mientras el tiempo pasa y parece que no lo registran. Es muy improbable que las cosas cambien solas, sin que hagas nada. Y si no sabés qué hacer, ¡por lo menos desesperate un poco! Pero la pasividad patológica que “pone lo difícil en manos de dios”, como dice un libro que hay acá, me apabulla de irritación y de impotencia.
Todo queda tan lejos que tengo que recordarme que no añoro un buen lugar, sino apenas uno en el cual parecía posible intentar algo, a ver si mejoraba. O intentar intentarlo. Lo único que queda cerca, que parece una cosa de hace muy poco tiempo, es la época en que me enfermé y dejé la facultad y, luego, el trabajo que tenía, mientras por dos o tres años rebotaba de médico en médico sin encontrar soluciones ante la indiferencia de mi entorno.
De nuevo (se me) pasan los años frente a una indiferencia similar, pasan día tras día, los veo pasar cada vez que me levanto sin haber logrado descansar, cada vez que el agotamiento físico y mental me impide hacer lo que quiero, cada vez que me siento bien y no puedo hacer nada con eso, y todo queda tan lejos que no sé cómo se vuelve.