lunes, 31 de octubre de 2011

Ella duerme al lado mío

Y ahora, que la veo de perfil, parece más linda que hace un rato.
La miro en flashes porque se despierta seguido y no quiero que al abrir los ojos encuentre los míos clavados en ella. Se despierta, prueba otra postura y vuelve a dormirse. Su nueva posición le abre el escote, y veo más piel. Veo la piel y cómo respira, cómo se entreabre su boca, y sube y baja su torso con cada respiración.
No sé con quién sueña ahora: separa las piernas flacas y entre ellas queda un espacio en el que quepo perfectamente. Pero se despierta con el mínimo roce de nuestras rodillas. Y me mira. Esa vez u otra, me mira, y sigue durmiendo.
Una intimidad inesperada ha surgido, y mi desconocimiento me hace creer que en ella podrían caber naturalmente palabras, miradas, manos, bocas, o nuestras cabezas apoyadas la una en la otra. Lo que nos separa de ese contacto se me torna difuso e inexplicable, pero, antes de que la imprecisión me juegue una mala pasada, ella se despierta una vez más, mira por la ventanilla, se para y se apura en llegar a la puerta. Estamos en Sordeaux y se baja acá.