domingo, 23 de julio de 2017

Mala mía

Me voy a hacer una remera que diga "mala mía" y la voy a usar la próxima vez que te vea. Ah, ¿que es demasiado probable que no nos veamos más? Bueno, la voy a hacer igual porque seguro que la voy a necesitar más adelante, con gente a la que aún ni conocí.
Va a decir "mala mía" grande en el pecho y abajo, en un costado, en letra chica, algo así como "todo puede tener su explicación, pero intentarla sería tedioso, intrincado o probablemente te chuparía un huevo". Si no se carga mucho de texto, agregaría que no pediré disculpas, pero que lo lamento y que este error no se repetirá. (Mi contumacia creará otros errores, pero este ya no).
Igual, no fui yo. Era otra persona. Yo no soy ese. ¡Yo no uso diminutivos! ¡Yo no escucho el programa de Andy! Tanto no lo soy que, para que se notara, y como no había espacio para que se notara de otra manera, hice que otro lo fuera, así podía diferenciarme.
Si tuviera la oportunidad de hablar esto con vos, lo negaría todo. No por el consejo de aquella abogada que me dijo que hay que negar todo, siempre: por lo engorroso de la explicación, por la incertidumbre acerca de su comprensión y, sobre todo, por la freakez que revelaría. Esa que yo intentaba maquillar desde que me preguntaste "¿cómo estás?", pregunta social, función fática del lenguaje, no más que eso, y se me escapó un "más o menos", y al toque vi que no, que de esa manera no, que desde el lugar de la persona atribulada no se va a ningún lado, a ningún lado al que yo quiera ir. Traté de enmendar rápido el error, "algunas cosas mejor, otras peor, como todos", y no, no soy como todos. Y se nota. :/
Negar no quiere decir que me crea mi negación. Me molesta, y, si pudiera hacer control zeta, lo haría. Me molesta por el resultado, aunque eso siempre se sabe después (hay minas que dicen haber empezado a salir con un tipo porque las sedujo que él las siguiera no sé cuántas cuadras por la calle, hay gente a la que se levantan con la pregunta del programa ese). Me molesta porque lo miro ahora y resulta tan obvio que era una boludez y que mantenía insalvable el hiato que estaba creando entre virtualidad y realidad. Me molesta más al descubrir por qué usé ese otro nombre y que usarlo fue, seguramente, la torpeza más reveladora.
Me molesta mucho cuando, buscando una explicación, noto que es una consecuencia de no poder decir las cosas: lo no dicho siempre busca una forma de salir. Si hubiera podido decirte, sin atormentarme porque estabas laburando, por la diferencia de edad y de vida, por el temor al desubique irrecuperable, "ey, tus manos", "ey, la expresividad de tu cara", "ey, tu dedo, sin guante, levemente frío, en mi labio"; si hubiera encontrado un lugar para decirlo a salvo de la sombra eterna de la gente forra que se ofendió cuando dije algo, y sin la sombra extra de pensar que si vos te ofendés o despreciás también serás una forra.
Si hubiera podido blanquear la inevitable stalkeada que te pegué y decirte "feliz cumple", no lo habría dicho de ese otro modo. Si el "voy a pensar en vos el 24" hubiera tenido más repercusión, no te habría dicho "feliz navidad" por esa otra vía. Si hubiera podido ser yo un rato…, habría arruinado todo con mi freakez. No, mejor no. ¿Cómo contar mis problemas con el sueño, con la glucemia (o lo que sea), con la sociabilidad? ¿Cómo responder preguntas como "¿qué hacés?" o "¿qué vas a hacer?" sin chirriar de incomodidad ni balbucear un sudor frío? ¿Cómo referir estos agujeros, estos diagnósticos poco confiables o directamente ausentes, esta vida que nunca fue propia? ¿Cómo hablar de lo que hablo acá con gente que no me conoce de acá? ¿Cómo sostener el equilibrio entre lo que (creo que) soy, lo que quiero ser y lo que quiero mostrar (y no mostrar) para no espantar gente?
La explicación se haría más intrincada si dijera que se me hizo necesario parar la maquinita mental de pensar tanto tiempo y tan intensamente en algo que llevaba meses sin moverse y que claramente no iba a arrancar. La manera de hacerlo fue como tirar las sustancias por el inodoro para dejar de consumir. La manera de hacerlo resultó la travesura del niño que inevitablemente deja una pista para que lo descubran.
Lo que no me puedo explicar es por qué hice exactamente lo que había dicho que no iba a hacer. Apenas intuyo una relación entre la pérdida de lo lúdico y lo lúcido del stalkeo y comprender, imprecisa o inconscientemente, que no había lugar para mí, que no había forma de que yo pudiera estar en una de tus fotos públicas del Face, esas que vi tantas veces buscando reencontrarme con algunas de las microexpresiones que me activaron ciertos circuitos neuroquímicos.
No consideré el precio a pagar porque cuando uno hace algo creyendo que no será descubierto no lo evalúa: así de infantil es la cosa (casi lo mismo vale para este post). El precio fue una mala cara, un beso omitido, una despedida evitada con un desmarque oportuno y la dinamitación de la posibilidad ser un buen recuerdo.
Yo, que siempre quiero dejar buenos recuerdos, que siempre quiero que me dejen un buen recuerdo los que se van, debía saber que, finalmente, no iba a poder dejarte más que eso. Lo anticipaste con aquella frase precisa como tu bisturí: vos te ibas a ir y yo iba a desaparecer. Pero quería que ese recuerdo, al producirse, no sé cuándo ni por qué, disparara un rush de neurotransmisores vinculados con algo grato y no el repelús que, me temo, quedará asociado a mi nombre.
Eso es lo que más me molesta, haber dejado una mala imagen. Encima, una imagen espantosamente alejada de la que yo tenía de mí. "Lo importante no es lo que nos pasa, sino cómo lo manejamos" es la frase que tengo para evitar que me sancionen –de nuevo– por lo que me pasa. No hubo ocasión de decirla. Y lo manejé como Chano. Como si al notar que era invisible llevando las cosas así, hubiera elegido dejar de serlo dándoles un punto de giro suicida para chocar la calesita tan torpemente, tan sin revancha, para que fuera otra lápida más sobre mí. Toda mía. A la pared de la incomunicación que me dejaba sin poder decir palabras le respondí con otra más grande, con una que me impidiera seguir pensándolas. Y entre ellas me golpeo la cabeza con las dos mientras muero emparedadx.

Como la segunda persona es un recurso expresivo, pero vos no vas a leer esto y sí otra gente, trashumantes cibernéticos guiados por el azar, los algoritmos de los motores de búsqueda o alguna huella dejada por mí por ahí, considero oportuno decir que no pasó nada demasiado grave. No se murió nadie, no hubo gritos ni reproches, no hubo palabras groseras ni respuestas destempladas, ni otras cosas que no se me ocurren: apenas un mal manejo en las redes sociales. Así son nuestros conflictos en estos tiempos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Entendí
que lo bueno en mí no compensará mis fallas.
Hoy me vi
tan lejos de mí que, la verdad, me espanta.
Entendí
que lo bueno en mí no alcanza...